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Augusto Monterroso

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La vacaEn Viaje al centro de la fábula, en 1981, Monterroso manifiesta su predilección por el ensayo breve e informal a la hora escribir. Tal afirmación queda corroborada con la publicación en 1998 de La vaca, una miscelánea de ensayos que tienen como denominador común el escribir propio y el ajeno, que es, por cierto, como ya es sabido por sus lectores, una constante en la obra de Monterroso. En este sentido, se hace eco de los postulados de Edward Saïd, quien retoma las propuestas de Giovanni Battista Vico, acerca de la repetición como modo de representación, y asegura que la repetición restaura el pasado al investigador, además de insertarlo en una línea de afiliación genealógica, en cualquier campo de la expresión.

La vaca (1998), sugiere múltiples resonancias textuales, tanto de los autores que Monterroso admira como de sus propias y anteriores obras: en título de esta obra remite a un cuento que escribió en Chile en 1954 y que luego publicó en Obras completas (y otros cuentos) en 1959; pero también restaura la primera vaca que se convierte en símbolo literario: se trata de la protagonista de un cuento de Leopoldo Alias Clarín, titulado «Adiós, cordera», que lo conmovió enormemente en su adolescencia; siguiendo con otras evocaciones de la vaca como objeto literario, menciona la de Rubén Darío, la de la fábula de Fedro, la del poeta Esenin y concluye con la vaca de Maiakosvski que da cornadas a la locomotora como imagen de ruptura, de apertura a nuevas formas de representación, pero que, inevitablemente evocan afiliaciones o sus contrarios. No hay mejor símbolo de innovación y originalidad, partiendo de la repetición, que la de apuntar a la vaca como título de una recolección de ensayos.

Prosiguiendo con su interés por las genealogías y afiliaciones literarias, Monterroso escribe a partir de otros textos, los de sus coetáneos, vale decir, Luis Cardoza y Aragón, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Pedro Henríquez Ureña, o Juan Carlos Onetti, a quienes dedica sendos ensayos. En estos ensayos diserta sobre las que considera sus influencias literarias más notables: los clásicos latinos, los cronistas y Cervantes, entre los autores del pasado, Oscar Wilde, Italo Calvino y Julian Barnes, entre los contemporáneos; dos textos son especialmente recomendados por él a los lectores: se trata de las escuetas biografías de Desiderio Erasmo y de Tomás Moro, que confiesa haber traducido con delectación.

Monterroso afirma sus afiliaciones literarias por medio del artificio de la repetición, término que los académicos relacionan con el conocido como campo intertextual, y lo hace para desplegar su propio imaginario y hacer de los textos anteriores un homenaje a la fecundidad en la escritura, si bien La vaca se inaugura con un paradójico epígrafe de Mallarmé: «Toda abundancia es estéril». Sin duda, en Monterroso la escritura se manifiesta como paradoja, por un lado en tanto que fuerza creativa y poderosa, por otro lado en tanto que temor y angustia ante la desconfianza del propio hecho de la creación literaria. Para terminar, quiero destacar el texto titulado «Influencias» donde el autor declara abiertamente que las ha tenido desde muy joven y que se entrega cada día, con respeto, a la aprobación de las mismas, porque, en definitiva, reconocer sus influencias es un acto de conocimiento y de aceptación de sí mismo como creador.

 

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