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Se trata de la primera y única novela de Augusto Monterroso. Publicada en
1978, narra la vida de Eduardo Torres, sometido a una construcción
apócrifa en la que destacan diversas textualidades, entre ellas: los
testimonios de sus amigos y colegas, también el de su esposa, Carmen, que
constituyen la primera parte de la novela. La segunda parte comienza con
unos escritos del propio Torres, que incluyen ensayos de tipo académico
sobre El Quijote, los problemas de la traducción, el análisis de un
poema de Góngora y culminan con un «Decálogo del escritor», además de una
carta de Torres a un editor muy conocido de una revista mexicana.
Completan esta parte unos dibujos de animales para celebrar el día mundial
del animal viviente, que se complementan con un ensayo titulado «De
animales y hombres». Asimismo, en la segunda parte, se incluye una
ponencia de Torres que enlaza con el «Decálogo del escritor» y versa sobre
problemas en torno a la educación y la enseñanza de la literatura. La
tercera parte consta de una selección de aforismos, dichos, refranes y
apotegmas publicados en el suplemento dominical de El Heraldo de San
Blas, ciudad en la que vive el doctor Torres. Concluye con un
Addendum, que explica los procedimientos seguidos para la publicación
de este libro que, en palabras de su propio autor, Eduardo Torres,
constituye la biografía fragmentada de sí mismo. En «Punto final», Torres
declara dejar plena libertad a los lectores para juzgar su obra, una obra
que no pretende competir con la de otros sabios hispanistas, aunque sí
asegura, que ofrece la posibilidad de suscitar la polémica y las envidias.
Como consecuencia, queda retratado en múltiples y fragmentarias facetas,
un personaje ficticio, inexistente, pero verosímil y posible; un
personaje ambiguo, porque se representa como estúpido e inteligente al
mismo tiempo, también sagaz y meticuloso, observador y erudito, brillante
y simple. Sin duda, para Monterroso, Eduardo Torres es un dispositivo, tan
eficaz como en su día lo fueron las fábulas, pergeñado con el fin de
elaborar y expresar una sátira mordaz contra los engaños del mundo
intelectual, además de atacar la estupidez humana y reflexionar sobre
temas un tanto eruditos, sin caer en la pedantería libresca, todo ello
envuelto en la ironía más sutil a la par que en la sencillez léxica más
sofisticada.¿Quién es en realidad el Dr. Torres? ¿Es el alter-ego de Augusto Monterroso? En la novela aparece como un hombre ya maduro, casado, con hijos también casados; aunque el escritor provinciano es una gloria local, lo más sorprendente, es que goza de mucho poder en el mundo editorial y literario. Si bien la vida privada del autor queda detallada minuciosamente —de manera que se nos dan detalles de su carácter en tanto que esposo, padre o amigo— lo que llama la atención de los lectores, en definitiva, es la faceta ambigua, doblemente irrisoria de una entidad literaria muy curiosa, que interesa por el modo en que está construida. Sabido es que a Monterroso hay que leerlo con las manos en alto, y como esta novela es una crónica burlesca de la coherencia imaginativa ejercida sobre el oficio de escritor, tenemos que acordar que el autor Monterroso construye una autobiografía ficticia de sí mismo con agudeza, ingenio, originalidad, y también con sentido del humor. Para que el lector la deconstruya y la haga suya. |
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