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Augusto Monterroso

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Los buscadores de oroEn las primeras páginas de Los buscadores de oro (1998), la voz narrativa declara: «hoy, dieciocho de mayo de 1988, dos años más tarde, en la soledad de mi estudio en la casa número 53 de Fray Rafael Checa del barrio de Chimalistac, San Ángel, de la Ciudad de México, a las once y quince de la mañana, emprendo la historia que no podía contar in extenso aquella tarde primaveral e inolvidable de la Toscaza» (pág.12). De manera que Monterroso se dispone a enfrentarse, esta vez definitivamente, a la tarea de reconstruir su vida, es decir, a retornar una y otra vez al centro evasivo de una identidad enterrada en el inconsciente, hecho que constituye la escritura autobiográfica. Monterroso advierte, sin embargo: «Mi interés por las genealogías es nulo. Por línea inglesa directa todos descendemos de Darwin». Una afirmación que contradice la recuperación detallada de sus ancestros: sus abuelos, sus padres, sus hermanos, sus tíos, sus primeros maestros; junto a ellos, la evocación emocionada y nostálgica de una serie de personajes que frecuentaban la casa paterna, «toreros, prestidigitadores, cantantes, magos o pintores, la mayoría fracasados y nostálgicos de éxitos imaginarios del pasado, pero al fin artistas» (pág. 107). Ellos fueron los que dirigieron los pasos del niño hacia los territorios de la creación literaria.

Las diversas metáforas con las que Monterroso conforma su yo antinormativo y antitotalitario, son, en cierto modo, la inscripción del deseo del autor por desentrañar lo conocido hurgando en lo desconocido, base psicológica del proceso metafórico en relación con la escritura autobiográfica. El escritor es imaginativo, construye imágenes y, de este modo, realiza el salto metafórico que une el presente al pasado. Monterroso se hace presente tal como se imagina en el momento que recuerda por medio de imágenes simbólicas o de metáforas imagísticas y, en este sentido, dos de ellas destacan sobre las demás: la de la ensoñación y la del exilio perpetuo.

En el capítulo II se anota un sueño del autor, que bajo los efectos de la fiebre, se identifica como uno de los tres niños buscadores de oro, una premonición de los viajes, las exploraciones, las aventuras que aguardan al niño que vive al lado de ese río portador de riquezas inconmensurables. Junto a la metáfora de la ensoñación, que posibilita la idealización de la infancia, destaca otra de tonos más dramáticos: la del «exilio perpetuo», que ha sido considerada como una especie de guía ética para cualquier creador que se ve obligado a vivir fuera de su lugar de origen. Monterroso desmitifica con ironía su condición de exiliado cuando afirma que nunca se ha sentido extranjero ni en Centroamérica ni en otro lugar, y asegura que no tiene raíces, que no es una planta y que para él, como escritor, ser ciudadano del planeta tierra es lo esencial.

El libro termina con una visión del autor al cumplir los quince años: unos negros zopilotes vuelan por entre las nubes inmaculadas y tranquilas de Tegucigalpa, de manera que plasman, de forma metafórica, la tristeza con la que el autor se despide de su infancia, pues la infancia ha dominado esta autobiografía que subvierte la norma y la disciplina inherentes al género. No en vano, culmina el relato de su vida al cumplir los quince años. Lo que no deja de ser un reto al lector y a la literatura.

 

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