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Augusto Monterroso

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19211921

Si bien es cierto que nació el 21 de diciembre de 1921 en Tegucigalpa (Honduras) y que sus padres fueron la hondureña Amelia Bonilla y el guatemalteco Vicente Monterroso, pasó parte de su infancia y juventud en Guatemala y se estableció en México. Por esta peculiar procedencia, en más de una ocasión bromeó sobre su «múltiple nacionalidad».

19241924

Pasa sus años infantiles en Honduras y Guatemala, periodo del que guarda un grato recuerdo y que no influye para nada en la elección de la nacionalidad guatemalteca, cuando alcanzó la mayoría de edad, ya que siempre se sintió plenamente centroamericano. A este respecto, declaraba en Los buscadores de oro:

En casa del abuelo, Guatemala, 1925.Lo más probable es que mi nacionalidad fuera ahora hondureña si hubiera alcanzado la mayoría de edad en Tegucigalpa. Tiempo y azar. No he vuelto a ver aquella ciudad desde que entré en la adolescencia; pero guardo por ella un hondo afecto que ha ido acrecentándose con el paso de los años. Ciertos recuerdos de la niñez se acendran y me hacen verme en sus calles y alrededores como protagonista de una historia lejana y ajena y, a la vez, de hoy, propia e intensamente mía. Por otra parte, cuando a partir del triunfo sandinista he estado en varias ocasiones en Nicaragua, en ningún momento ha pasado por mi mente que yo sea allí un extranjero. Y he sentido lo mismo en Costa Rica y en El Salvador.

19281928

De los primeros años de su infancia Monterroso recordará la imperante bohemia que reinaba en la casa familiar. Este ambiente hizo de él un niño soñador, fantasioso y, porqué no, también tímido e introvertido; un niño que disfrutaba viendo cómo en la imprenta familiar, en la que se editaba el periódico Sucesos, se plasmaban letras en una página en blanco.

En sus memorias, mientras reflexiona acerca del contraste entre los primitivos y los modernos modos de impresión, asegura:

Prefiero volver a los días de inocencia en que por mis manos pasaban en la imprenta de mi padre aquellos pequeños objetos de peso mucho mayor que el que correspondería a su tamaño comparado con las dimensiones relativamente enormes de los cubos de madera desparramados al pie de mi cama, con la A negra, la E blanca, La I roja, la U verde, y la O azul de la poesía y de los sueños, y que arreglados de otro modo pueden ser los de una realidad áspera u horrible en la prosa de los decretos, o aburrida de los reglamentos municipales; entonces pienso en Marshall McLuhan y en su Galaxia de Gutenberg alejándose, con nosotros adentro, hacia el pasado infinito, para dejar su lugar a la Galaxia Marconi con sus sonidos extraños y sus rápidas imágenes camino de otro infinito hacia el futuro; y entonces, por fin, espero que de manera milagrosa las cuarenta y dos líneas por página de la Biblia latina de Gutenberg y el delfín de Aldo Manucio sensualmente enrollado en su ancla vuelva a aparecérsenos de pronto a la vuelta de la esquina, dentro de las leyes, esperanzadoras o siniestras, del eterno retorno.

19321932

A la edad de 11 años, abandona por voluntad propia la escuela y se entrega a la lectura, al tiempo que estudia diversas disciplinas, como la música. De la época escolar recuerda el libro Lecturas para colegios, preparado por el educador costarricense Moisés Vincenzi, que le abrió los caminos de la literatura. De este manual señala Monterroso varias influencias; por un lado un título: Libros que leo sentado y libros que leo de pie, del mexicano José Vasconcelos; por otro lado, un trozo de lectura: Elogio del maíz, del ecuatoriano Juan Montalvo; y, finalmente, un ensayo: La cerámica griega, y dos poemas: Los elfos, de Leconte de Lisle y la Refacción preparada, de Albert Samain.Con sus amigos en Honduras, en 1936.

19361936

Es el año en que el autor declara como el del término de su infancia; la familia Monterroso Bonilla se instala definitivamente en Ciudad de Guatemala.

19371937

Comienza a trabajar en una carnicería, hecho que influiría de manera notable en sus intereses literarios pues su dueño, el señor Alfonso Sáenz, lo anima a leer a autores tan diversos como Shakespeare, Lord Cherterfield, Juvenal o Victor Hugo, entre otros. En esta época se entrega al estudio del latín y de los autores clásicos, al tiempo que frecuenta la Biblioteca Nacional, donde lee a Cervantes, a don Juan Manuel, al Arcipreste de Hita, Baltasar Gracián y Calderón de la Barca, entre otros muchos clásicos españoles.

19401940

Participa en actividades literarias y funda la Asociación de artistas y escritores jóvenes de Guatemala, conocida como «La generación del cuarenta» a la que pertenecen, entre otros, Carlos Illescas y Otto Raúl González.

19411941

Publica sus primeros cuentos en la revista Acento y en el periódico El Imparcial, mientras trabaja clandestinamente contra la dictadura de Jorge Ubico.

19441944

Firma el Memorial de los 311, en el que se pide la renuncia de Ubico; después de la caída del dictador, funda con otros escritores el diario El Espectador. Finalmente es detenido por orden del general Federico Ponce Valdés. Llega a México el 9 de septiembre, tras solicitar asilo, y poco después, el 20 de ese mismo mes, triunfa en Guatemala el gobierno revolucionario de Jacobo Arbenz, con lo que Monterroso es nombrado para un cargo menor en la embajada de Guatemala en México.

Publica sus primeros cuentos y algunas reseñas bibliográficas principalmente en Revista de Guatemala, dirigida por el también guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, con quien se reencontrará años más tarde en Ciudad de de México y con el que mantendrá una profunda amistad a lo largo de toda su vida.

19451945

Entre 1945 y 1952, en la Universidad Nacional Autónoma de México, entabla amistad con los más importantes escritores e intelectuales mexicanos, así como con un grupo de hispanoamericanos establecidos en la capital azteca, como Gilberto Cantón, Fedro Guillén, Rosario Castellanos, Ernesto Cardenal, José Durand, Ernesto Mejía Sánchez, Rubén Bonifaz Nuño, Jaime Sabines, Enrique González Casanova, Eduardo Lizalde, Marco Antonio Montes de Oca, Juan José Arreola y Juan Rulfo. Son los años en que numerosos intelectuales republicanos españoles llegan exiliados a México. Se relaciona de manera muy estrecha con el grupo de creadores que incluye a Otaola, Juan Rejano, Francisco Giner de los Ríos, Joaquín Díez-Canedo, Ramón Xirau, Pedro Garfia, José de la Colina, Elvira Gascón y Arturo Souto, entre otros.

19521952

Participa en diversas tertulias literarias y en diferentes quehaceres editoriales; se vincula intensamente a la actividad cultural y a la política hispanoamericana. Publica en México «El concierto» y «El eclipse», dos cuentos breves que lo iniciarán en su labor como escritor, pues ese mismo año recibe en Guatemala el premio nacional de cuento Saker Ti.

19531953

Publica dos cuentos más: «Uno de cada tres» y «El centenario». Se casa con la mexicana Dolores Yáñez, con quien tiene una hija: Marcela, nacida unos años más tarde en Ciudad de México. Se traslada a Bolivia al ser nombrado cónsul de Guatemala en La Paz.

19541954

Cuando Jacobo Arbenz es derrocado en Guatemala, gracias a la ayuda de la intervención norteamericana, renuncia a su cargo de cónsul de Guatemala en La Paz y se traslada a Santiago de Chile.

19551955

Publica en el diario chileno El Siglo, el cuento «Míster Taylor», que había escrito en La Paz. En el país andino trabó amistad con Pablo Neruda, a quien visitó en Isla Negra y con quien colaboró en la Gaceta de Chile, revista que dirigía el poeta chileno. Monterroso evoca la etapa chilena como una de las más precarias de su existencia y confiesa, no sin humor, que le recomendaron en un trabajo como traductor, pero que lo abandonó al cabo de cinco días porque sentía que las traducciones que le ofrecían eran irrelevantes y él prefería pasar su tiempo leyendo, hablando con los amigos, en suma, intentando escribir su propia obra literaria. En Llorar orillas del río Mapocho dirá:

[...] el lunes, cuando resuelto a morirme de hambre antes que seguir traduciendo aquello me presenté a devolverle para siempre su revista, y sin importarme más su virginidad salí a la calle bajo el sol deslumbrante y me encaminé al río Mapocho que pasa por ahí, y me senté en la orilla y lloré de humillación hasta que, siendo benditamente otra vez las doce, me incorporé y fui a la venta de vino más cercana y una copa de vino tras otra me volvieron a la vida y a la idea de que todo estaba bien, de lo más bien.

Estos son años de exilio compartido con numerosos escritores latinoamericanos. En una entrevista realizada para la televisión de la Universidad de Stanford donde pasó tres meses en 1993 como profesor invitado del Departamento de Español, decía que en los en los años de exilio, en México primero, luego en Chile y nuevamente, en México, se situaba en el lado privilegiado de los intelectuales que, en su opinión, se enriquecían con el exilio. A este respecto añadía:

El exilio de un joven, el exilio de un intelectual, dentro de nuestros países, no es tan terrible. Los exilios terribles son los de los obreros, los campesinos, los trabajadores. ¿Te imaginas el exilio de sesenta mil campesinos indígenas guatemaltecos, que pasan durante los últimos años de Guatemala a México? Cuando son gentes que están tan arraigados a su tierra, a sus animales, a su ambiente, a su pequeño clima, todo esto y esas cantidades tan terribles que han tenido que enfrentar el exilio, bueno, eso es muy serio, ese no es el que yo estoy diciendo que deberías convertir en una actividad, en una experiencia positiva. Para terminar con esto, sí, fue algo que considero valioso, y jamás he hecho un problema de que yo soy un exiliado, jamás he escrito una línea quejándome del exilio, ni mucho menos. Lo converso a veces, pero nunca quejándome.

19561956

Regresa definitivamente a la Ciudad de México y desde entonces trabaja en diferentes cargos relacionados con el mundo académico y editorial: profesor del curso «Cervantes y el Quijote» en la UNAM; investigador del Instituto de Investigaciones Filológicas y profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, codirector y posteriormente director de la colección «Nuestros clásicos», jefe de redacción de la Revista de la Universidad de México y becario de El Colegio de México para estudios de Filología. Años más tarde, y en relación con su pasión por la lectura y los complicados entresijos de la escritura, evocaría con ironía su etapa como profesor:

Fausto Vega, Monterroso, E. Mejía Sánchez, Rubén Bonifaz Nuño, J. J. Arreola, Tomás Segovia, M.ª Teresa Armendáriz, México, 1957 En la época en que tenía alumnos, les aconsejaba que de las dieciséis horas útiles del día dedicaran doce a leer, dos a pensar y dos a no escribir, y que a medida que pasaran los años procuraran invertir ese orden y dedicaran las dos horas para pensar en no hacer nada, pues con el tiempo habrían pensado ya tanto que su problema consistiría en deshacerse de lo pensado, y las otras dos a emborronar algo hasta convertirlas en catorce. Algo complicado, pero así era.


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