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Si hay un aspecto de la narrativa monterroseana destacado
constantemente en los estudios sobre su obra, éste ha sido el del humor.
Inserto en la tradición de la risa restringida que arranca del último
tercio del siglo XIX y que cuenta entre sus exponentes con más autores
británicos que hispánicos, Augusto Monterroso se remonta sin embargo a la
figura de Miguel de Cervantes y al Quijote como hito básico en su
concepto de humor, ingrediente fundamental de su literatura vinculado
constantemente a la ironía, caracterizado por su carácter indirecto y,
sobre todo, porque sirve primordialmente al autor para mostrarse
comprensivo con los defectos que descubre en la humanidad.
Desde este punto de vista, podemos hablar de la tristeza de su humor, que él define de acuerdo con la expresión que aparece bajo el término humorismo en el Diccionario la Real Academia Española: «el estilo literario en que se hermanan la gracia con la ironía y lo alegre con lo triste». A veces, la sonrisa es el arma de defensa de los que han perdido toda esperanza de mejorar el mundo. Su proclamado escepticismo le hace reconocer la inutilidad del principio castigare ridendo mores. De ahí que la sátira que permea toda su obra sea de nuevo cuño. A través de ella descubre el lado ridículo de la vida pero no pretende solucionar nada. Como ha señalado en más de una ocasión, no es necesario confundir literatura con política, porque el artista no puede ser un reformador. La capacidad de apreciar la vis cómica de cualquier situación, condición innata a sus observaciones, lo lleva a considerarse a sí mismo como un autor realista. De ahí que defina al humorismo en Movimiento perpetuo como «el realismo llevado a sus últimas consecuencias» (pág. 113) y que, en su opinión y salvando las diferencias, su caso se parezca al de Kafka, pero al revés: nadie supo ver el excelente humorista que era el checo, y en muchos casos no se aprecia debidamente el trasfondo amargo de los textos monterroseanos. «Siempre he rechazado la idea de que soy un humorista, y de que lo que escribo pretende hacer reír. Sostengo que simplemente soy realista», confiesa en Viaje al centro de la fábula (pág. 94), y en el mismo libro comenta a José Miguel Oviedo: «Encuentro que la mayor parte de lo poco que he publicado es más bien triste o, por lo menos, carece de intención humorística. Íntimamente, yo no me considero un humorista y hasta en ocasiones me molesta que lo pueda ser sin darme cuenta» (págs. 36 y 37). A lo largo de su trayectoria literaria, el humor de Monterroso ha ido cambiando: desde el comprometido con circunstancias políticas y sociales concretas de Obras completas y otros cuentos (1959) y La oveja negra y demás fábulas (1969) al cada vez más alegórico, indirecto y relacionado con la condición humana que comienza a darse en Movimiento perpetuo (1972) y que hace del mundillo literario uno de sus principales blancos en Lo demás es silencio (1978), La palabra mágica (1983), La letra e (1987) y La vaca (1998). De este modo el humor, «la actitud más cierta ante la efimeridad de la vida que nos lo devuelve todo macerado, confuso, patas arriba» según Ramón Gómez de la Serna, funciona como mecanismo de defensa en los textos de Monterroso para no sucumbir ante un mundo irracional y deshumanizado, en el que la noción de verdad ha perdido su valor absoluto. Bibliografía Movimiento perpetuo,
México, Joaquín Mortiz, 1972. |
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