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Augusto (Tito) Monterroso está ligado por el tópico y la vocación al cuento breve. En Literatura y vida él mismo dedica un elogioso capítulo de esta miscelánea al tamaño escogido, junto con otro, pariente cercano suyo: el ensayo. Son, seguramente, las zonas de la prosa más cercanas al poema. No sólo por la concisión que impone su económico flujo, sino por algo menos y algo más: son formas residuales de escribir, donde se llega al fondo del lenguaje, fuera de la dictadura de los géneros, como género propio. Tito lo dice con un adjetivo certero, ajeno al sinónimo: el cuento breve es inasible. De ahí la importancia que adquiere este escritor de brevedades porque también la vida es breve y no se deja asir. La iluminación instantánea que no invoca precedencias ni establece prolongación, equivale a la intermitencia de nuestra visión del vivir como presencia. Punto, instante, fogonazo de luz helada o de hoguera. El cuento, en definitiva, no es un intento menor de la narrativa sino, por el contrario, es la narrativa misma, el contar lo que cabe y se puede contar. A menudo lo olvidamos por la desdeñosa mirada que le dirigen editores y críticos, acaso sin tener en cuenta que, en español, estamos contando cortedades desde el Infante Juan Manuel y Juan de Timoneda, según insiste Monterroso.
Al tocar el turno a su animal favorito, Monterroso opta por la pulga. No porque pique ni porque en México sea comestible, sino por su valor simbólico: porque se instala detrás de la oreja y promueve sospechas, incertidumbres y perplejidades. Es algo corriente (corrijo: alguien corriente) que nos impulsa hacia lo extraordinario. Como Tito, escritor mexicano nacido en Honduras y criado en Guatemala. La pulga en la oreja, misión de todo escritor que, como las pulgas, es de todas partes y de ninguna. |
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NOTA |
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