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De todos los escritores que he conocido
personalmente, ninguno me produjo la impresión de ser dichoso, pese a
todas las ineludibles melancolías que genera el tiempo, salvo Augusto Monterroso, el inolvidable Tito. Hay escritores que viven pendientes de no
resbalarse de su pedestal, los hay que se apostaron frente a un simbólico
juzgado de guardia para demandar de inmediato a quienes atenten contra su
fama; a muchos les atormentan los honores ajenos, nunca tan merecidos como
los propios, y unos cuantos, aunque no numerosos, se han resignado a su
puesto en el escalafón que, eso sí, defenderán con sátiras y sonetos —los
cultivadores del endecasílabo son los que peor llevan, sin cicatrizar
siempre, las heridas de la literatura— contra los advenedizos que
pretendan usurpar su rincón en la cuarta fila de la foto de la posteridad.
Sin embargo, tengo la impresión de que Tito es de los pocos, tan pocos que
a bote pronto me cuesta localizar a otro, que en sus textos confiesa
padecer deficiencias morales con las que nosotros jamás le habríamos
adjetivado. Así, en el prefacio de La letra e declara a propósito
de su libro que «escribiéndolo me encontré con diversas partes de mí mismo
que quizá conocía pero que había preferido desconocer: el envidioso, el
tímido, el vengativo, el vanidoso y el amargado».
Dejemos a un lado la
timidez y en esa enumeración descubriremos los atributos de la mayoría de
los ciudadanos de la República de las Letras. «Es falso que entre
escritores exista la camaradería, es decir que se traten con amistad y
confianza», le dice a su mujer Bárbara Jacobs en uno de los diálogos que
ésta reproduce en Vida con mi amigo. Mis recuerdos de Tito
contradicen de forma radical, en lo que a él atañe, la anterior
afirmación; incluso en conversaciones privadas y vinosas, cuando los
autores aquilatan su veneno, era generoso con los colegas o, en el peor de
los casos, irónico sin acritud. Para mí su personalidad y su obra
resultaban de una insólita combinación de inteligencia, humor y
escepticismo. Amaba los libros —no he olvidado la mezcla de sensualidad y
orgullo con que me mostró su primera edición de Cantos de vida y
esperanza—, había leído mucho y muy agudamente pero, tal vez por ser
inocente de pedantería, carecía del exhibicionismo cultural al que tan
propenso es el gremio. De mis encuentros con él y con Bárbara lo que más
me gusta evocar son las risas. Nos reímos en Chicago y muchas veces en
Nueva York, nos reímos durante una noche memorable cerca del Zócalo en
México y aquella tarde en casa de Álvaro Mutis recitando nuestros pésimos
poemas favoritos. En el año 2002 estábamos citados en Cádiz y en París
pero la reunión no fue posible. Ahora que sé que no volveremos a reírnos
juntos no quiero repetir el juicio, ya inapelable, del magisterio de su
obra. Fue un gran escritor y algo mucho más difícil: un escritor feliz. |
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