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Augusto Monterroso

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Por Concepción Bados Ciria
Ensayista y crítica literaria (Universidad de Alcalá de Henares, Madrid)

Con García Márquez, Coyoacán, 1973Conocí a Augusto Monterroso en diciembre de 1989 con ocasión de una visita que realicé a Ciudad de México, por motivos obviamente literarios: a la sazón era yo estudiante de doctorado en Estados Unidos y un profesor me había pedido que le llevara a Monterroso un libro. Este encuentro fue el primero de otros muchos que se sucedieron hasta la muerte del autor, bien en México, bien en España, pues he tenido el honor de contar con su amistad y cariño durante todos estos años. Era un generoso y ameno interlocutor, que me transmitió sus afanes e inquietudes literarias: me pedía que le pusiera al corriente de los eventos que se desarrollaban en las instituciones académicas en torno a la literatura, particularmente en lengua española; le gustaba estar al día y, a menudo, bromeaba (siempre con respeto y a veces con sorpresa) sobre las reseñas y artículos que aparecían en revistas literarias y exponían opiniones sobre su obra. Tito, como le gustaba que lo llamaran sus amigos, era un excelente conversador y evocador de anécdotas y, con emoción, recuerdo las que me contó a propósito de otros escritores latinoamericanos como Julio Cortázar, Pablo Neruda, o Jorge Luis Borges, a quienes admiraba y apreciaba en extremo. Se puede decir que había leído casi todos los libros, pues eran inagotables las referencias, de diversas lenguas y culturas, que el autor mencionaba en sus conversaciones (en las que predominaba el tono reflexivo, pausado, hasta cierto punto erudito y muchas veces nostálgico).

En una ocasión me mostró la pequeña habitación que le servía de estudio, en el jardín, a la entrada de su casa de Chimalistac, en el barrio de San Ángel, en Ciudad de México: me emocionó porque más bien parecía un habitación monacal, al estilo de las celdas de los monjes carmelitas; eso sí, presidía el recinto un antiguo tocadiscos y, a su alrededor, se apilaban los incontables discos de música clásica, pues, como se sabe, era un melómano consumado. Imaginé que mientras escribía se hacía acompañar de la música que había empezado a amar siendo todavía niño, allá en Guatemala.

He compartido mesa con él en varias ocasiones, ya en su casa, en compañía de su esposa Bárbara, con quien mantengo una afectuosa amistad, ya en casa de amigos comunes, ya en hoteles, cuando se prestaba la ocasión, por hallarse de viaje en España. Solía alojarse en el hotel Wellington de la calle Velázquez, en Madrid, y allí recibía a sus amigos, para conversar, bien durante el desayuno, bien durante la comida o la cena. En octubre de 2001 estuvo por última vez en este país, coincidiendo con la entrega de los premios Príncipe de Asturias, ya que en el año 2000 había sido premiado con el correspondiente a las Letras. Fueron días muy emocionantes para él, que se sintió profundamente reconocido con los actos y homenajes celebrados con tal ocasión.

En agosto de 2002, con motivo de mi estancia en México, lo visité varias veces. Por en esa época se comenzaban a apreciar en el escritor signos de cansancio, aunque acababa de publicar Pájaros de Hispanoamérica y su ánimo e interés por diferentes aspectos de la actualidad permanecían firmes y vivos. Siempre recordaré la ternura y el respeto con los que hablaba de sus colegas, de España, de la literatura del Siglo de Oro, que conocía ampliamente. Una noche del 7 de febrero de 2003 se marchó, pero sus palabras permanecen vivas y luminosas entre las páginas de sus libros. Lo recordaremos siempre por su excepcional honestidad y su brillante sencillez.

 

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