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Como es
obvio, para utilizar adecuadamente un diccionario, resulta indispensable conocer sus
características, puesto que aunque sea una verdad de Perogrullo los
diccionarios no son todos iguales, porque cada uno ha sido concebido para resolver un
determinado o unos determinados tipos de dudas. No es lógico, por ejemplo, que a un
diccionario monolingüe común le exijamos, como a veces se hace, información sobre una
determinada cuestión científica, pues ello correspondería a una enciclopedia, o sobre
un vocablo perteneciente a una terminología muy concreta, porque para eso tendríamos que
consultar un diccionario terminológico específico. En definitiva cada diccionario posee
unas metas y fines específicos, que no pueden de ningún modo ser desconocidos ni
olvidados por el usuario. A continuación, por ello, voy a referirme a las
características más sobresalientes y específicas del de María Moliner.1. Carácter semasiológico y onomasiológico
El primer rasgo característico y fundamental del María
Moliner nos viene dado ya por su propio título, no siempre correctamente
interpretado. Se llama diccionario «de uso», expresión que en este caso no significa lo
que a veces se cree, esto es, «diccionario descriptivo y sincrónico que selecciona y
define las palabras más corrientes entre los hablantes de una comunidad», según la
definición de Martínez de Sousa [1]. No
quiero decir que el DUE no cumpla las condiciones de semejante definición y no sea, por
lo tanto, en este sentido un verdadero diccionario de uso, característica que sin embargo
le niega G. Haensch [2], sino que la
intención de la autora con este título no fue aludir precisamente a esta condición,
sino al hecho de que su obra está concebida «para guiar en el uso del español tanto a
los que lo tienen como idioma propio como a aquellos que lo aprenden y han llegado en el
conocimiento de él a ese punto en que el diccionario bilingüe puede y debe ser
sustituido por el diccionario en el propio idioma que se aprende. Y ello, en primer lugar,
trayendo a la mano del usuario todos los recursos de que el idioma dispone para nombrar
una cosa, para expresar una idea con la máxima precisión o para realizar verbalmente
cualquier acto expresivo. Y, en segundo lugar, resolviendo sus dudas acerca de la
legitimidad o ilegitimidad de una expresión, de la manera correcta de resolver cierto
caso de construcción, etc.» [3].
Es decir que, aunque a primera vista no lo parezca, el Diccionario
de María Moliner no es exclusivamente un diccionario para la interpretación o descifrado
de enunciados, sino para el uso, esto es, para el cifrado de mensajes, lo que
significa ante todo que, utilizando términos más técnicos, nos hallamos ante un
diccionario que a su carácter semasiológico, común a la generalidad de los diccionarios
alfabéticos monolingües, añade el de onomasiológico, propio de los también
denominados diccionarios ideológicos y de sinónimos.
He aquí, pues, la primera y más fundamental originalidad
del DUE, a la que, al pasar desapercibida por gran número por no decir la
mayoría de los usuarios, éstos no saben sacarle el debido partido. Lo mismo que
ocurre con el DRAE y otros diccionarios del español actual, en la mayor parte de lo casos
el María Moliner es consultado para resolver dudas de interpretación,
generalmente relativas al significado o significados de una palabra, y, en el cifrado de
mensajes, se utilizará casi exclusivamente para consultas relativas a la ortografía de
palabras y sólo en contadas ocasiones para buscar un sinónimo (en este caso se
preferiría seguramente un diccionario de sinónimos) o un vocablo más preciso y ajustado
a la idea que se quiere expresar, circunstancia esta última en que se acudiría más bien
a un diccionario exclusivamente ideológico como puede ser el ya clásico y conocido de J.
Casares. Se olvida o se desconoce que el Diccionario de M.ª Moliner es
también, a la vez que alfabético, un verdadero diccionario ideológico y de sinónimos.
Esta doble finalidad, semasiológica, asociada al
carácter alfabético, y onomasiológica o ideológica, hace que la microestructura de los
artículos lexicográficos se establezca en torno a dos ejes: por una parte el
correspondiente a la organización en acepciones, el cual representa el aspecto
estrictamente semasiológico, en el que se da cuenta, fundamentalmente, del significado o
significados de la palabra-entrada, y, por otra, la inclusión de listas de palabras,
donde se ofrecen, distribuidos en series, diversos grupos de vocablos semánticamente
relacionados con la entrada, característica que permite, por una parte la búsqueda de
sinónimos y, por otra, la del vocablo más adecuado a lo que queramos decir en un momento
determinado.
La mayor parte de los usuarios, sin embargo, han visto
siempre en estas listas un conglomerado bastante heterogéneo y anárquico de elementos
que más estorban la consulta del diccionario que la facilitan. Solo una parte de razón
hay en este juicio, al encontrarse las listas o catálogos incluidos entre las acepciones,
problema que se ha resuelto por cierto en la nueva edición, donde dichos catálogos se
colocan al final del artículo [4], en el
cual quedan así perfectamente separadas las dos partes, semasiológica y onomasiológica.
Compárese, por ejemplo, el artículo armonía tal como aparece en la antigua y en la nueva
edición.
Ahora bien, este carácter activo, cifrador o, según
prefiere calificarlo la autora del DUE, «de uso» se manifiesta no solo en su
vertiente onomasiológica, sino a su vez en otras características, entre las cuales
merece destacarse la frecuente información sintáctica sobre el régimen preposicional de
los verbos y, en general, sobre la combinatoria de la palabra-entrada cuando ésta suele
aparecer acompañada de cierto o ciertos vocablos. Piénsese a este último respecto, por
ejemplo, en el caso de risa, que, según se informa en el DUE, se combina,
entre otros, con los adjetivos sardónica y retozona o con verbos como troncharse,
mondarse, mearse, etc., o en ira, que se usa frecuentemente con encenderse,
llenarse, descargar, ciego de. De acuerdo con esto, el Diccionario de María
Moliner puede utilizarse muy bien como un verdadero diccionario sintáctico, finalidad a
la que contribuye asimismo otra peculiaridad no menos destacable, representada por los
frecuentes ejemplos de uso que la autora incluye después de las definiciones. De ellos
nos dice la lexicógrafa que «ponen ante el lector el valor de uso de las
palabras, no siempre claro aun conociendo su valor lógico»[5].
Es decir, los ejemplos sirven no solo para corroborar al
lector lo dicho en la definición y explicaciones complementarias, sino al mismo tiempo
para dar una clave para el uso del vocablo en cuestión. |

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2. La macro y la microestructuraEn la
descripción de todo diccionario siempre hay que tener en cuenta dos aspectos básicos o
fundamentales: el relativo, por una parte, a lo que ha dado en llamarse macroestructura,
esto es, la organización externa de los artículos lexicográficos, esto es, en su
relación mutua, junto, por otro lado, al correspondiente a la microestructura o
estructuración interna de esos artículos. La organización de los artículos entre sí
dentro de la obra lexicográfica se realiza atendiendo exclusivamente a los vocablos que
sirven de entrada, los cuales aparecen normalmente dispuestos en orden alfabético; la
estructuración, por su parte, correspondiente a la microestructura depende, como es
lógico, del tipo de diccionario de que se trate y, desde luego, cada obra lexicográfica
presenta a este respecto unas peculiaridades o características propias. El Diccionario
de María Moliner, como no podía ser menos, posee tanto en uno como en otro aspecto
características también especiales de las que me voy a ocupar a continuación.
Aun cuando la nomenclatura o conjunto de entradas
no puede, en principio, constituir ninguna originalidad en este Diccionario de uso,
pues, como observa su autora, es la misma que la del DRAE aunque con ciertas
exclusiones y adiciones, deben destacarse, no obstante, algunos extremos que,
probablemente, pasan desapercibidos a muchos de quienes con más o menos frecuencia
utilizan esta obra.
Para empezar, las entradas del DUE no están representadas
exclusivamente por vocablos, ni siquiera por vocablos pertenecientes al sistema léxico
del español, si bien esto sea, lógicamente, lo normal. Quiero decir que María Moliner
incluye en la nomenclatura de su Diccionario, por ejemplo, raíces y afijos (cfr.,
entre otros, -antropo-, anfi-, necro-, post-, -miento, -mienta, re-, sobre-,
super- y tantos otros), junto con sonidos o grupos de sonidos que ni siquiera son
palabras (tipo chiss, mmm), letras del alfabeto (P, T, R, etc.) cosa
por cierto común a todos los diccionarios, junto con símbolos químicos (por
ejemplo, Al, Bk, Cm) y nombres científicos correspondientes a la flora y
fauna (Barbus barbus, Perdix perdix, Pinus uncinata, etc.). Esto último ha sido
objeto de críticas negativas, lo que ha llevado en la nueva edición a eliminar de la
nomenclatura tales símbolos y terminología científica latina, si bien ésta se incluye
en apéndice aparte, con lo que se cumple así también la finalidad perseguida por la
autora de proporcionar al usuario la posibilidad de conocer todos los nombres vulgares
utilizados en español para una determinada especie animal o vegetal y, a su vez, poder
establecer las equivalencias de esos nombres con los de otras lenguas [6].
Pese a que la ordenación alfabética ese
instrumento maravilloso, al decir de María Moliner, que merecería figurar entre los
descubrimientos casi milagrosos como el del propio alfabeto o el de la numeración [7] representa la forma más sencilla y,
por ende, más fácil de efectuar la consulta de un diccionario, no hay que olvidar que
también en esto el DUE presenta algunas peculiaridades que conviene tener en
cuenta, a saber:
a) La primera es que, adelantándose a la
decisión reciente de la Academia, que a partir de ahora adoptará idéntico criterio en
las próximas ediciones de sus diccionarios, María Moliner no considera, como es sabido,
los dígrafos CH y LL como letras independientes, sino que los incluye,
respectivamente, dentro de la C y la L, como ha sido siempre el proceder de
la ordenación alfabética internacional.
b) Por otra parte, algo que, por el contrario,
pasa seguramente desapercibido a la generalidad de los usuarios es la forma de aplicar el
orden alfabético a entradas del tipo mmm, chsss, pufff, cuya última letra
repetida se toma alfabéticamente como una sola. Por eso, por ejemplo, la primera de esas
entradas aparece antes no después de mano.
c) Pero en lo que el Diccionario de María
Moliner presenta la peculiaridad más llamativa respecto a la organización de las
entradas es sin duda en la utilización, dentro del orden alfabético, de otro tipo de
ordenación: la morfo-semántica o por familias. Se trata, repito, de una ordenación
secundaria, consistente en agrupar bajo una palabra o raíz toda una familia de vocablos
que comienzan por esa misma raíz o por la de la palabra que aparece como cabeza. Así,
obsérvense, por ejemplo, las familias registradas bajo la raíz antrop- o bajo la palabra coadyuvar. Como puede verse, las palabras
agrupadas bajo la que hace de cabeza que no es necesariamente la primitiva o punto
de partida de las demás, sino la más cercana a la etimología o la más
representativa se hallan sangradas y dispuestas entre sí a su vez por orden
alfabético; por lo demás, cuando el agrupamiento de estas palabras sangradas implica la
alteración del orden alfabético general, se realiza la correspondiente remisión en el
lugar alfabéticamente correspondiente. Nótese, por ejemplo, cómo consorcio
aparece dos veces: una en posición no sangrada
delante de consorte, y otra sangrada después
de ésta, que hace de cabeza.
d) Con la adopción de esta ordenación
secundaria de tipo morfológico en combinación con la alfabética, María Moliner [8] se proponía crear en el lector un sentido
etimológico que le ayudase al manejo consciente de los vocablos e incluso, tratándose de
extranjeros, a su retención. La experiencia, sin embargo, no ha sido positiva, ya que en
la práctica creaba algunos inconvenientes en el manejo del Diccionario, que han
sido puestos reiteradamente de manifiesto por algunos estudiosos [9], lo que ha llevado a los preparadores de la
nueva edición a eliminar esta agrupación por familias, que además suponía una cierta
dosis de subjetividad. Esto determina, además, que en la nueva versión no aparezcan
registradas como entradas las raíces léxicas [10].
En comparación por cierto con la primera edición, la
recientemente publicada presenta, según observan sus propios editores, un incremento en
el número de entradas que supera el diez por cierto, dándose, por ejemplo, mayor acogida
a los americanismos, insuficientemente representados en la primitiva edición, y
registrándose, en fin, multitud de palabras que han ido siendo adoptadas por el español
en los últimos años. Se trata de vocablos pertenecientes sobre todo al mundo de la
economía así, mibor, PIB, leasing o el desafortunado y no menos famoso pelotazo;
de la biología, como Ecología junto con ecológico, ecologista, o clon
y clonar, o de la informática tales como disco duro, ciberespacio, mailing,
etc. En definitiva se puede afirmar que el nuevo DUE se ha puesto realmente al día no
solo con el aumento de la nomenclatura propiamente dicha, sino con la inclusión en los
artículos de palabras ya registradas de nuevas acepciones que asimismo se han ido creando
desde la publicación de la primera edición en 1966-1967.
Y dicho esto, paso a ocuparme de la microestructura u
organización de los artículos en el Diccionario de María Moliner,
microestructura que, aunque, obviamente, difiere de unos a otros casos, responde, como es
lógico, a unos modelos básicos. Y digo modelos, porque, aun cuando los contenidos
registrados en los artículos son prácticamente idénticos en las dos ediciones, no se
puede decir lo mismo respecto a la organización u orden en que aparecen. En términos
generales, como en cualquier otro diccionario, tanto en la edición de 1966-1967 como en
la reciente de 1999, el artículo lexicográfico se halla estructurado en dos partes
fundamentales: el enunciado, representado por la entrada junto con un paréntesis,
llamado «paréntesis inicial», y el cuerpo, en que se da cuenta, entre otras
cosas, del significado o significados de la palabra. Y es precisamente en el cuerpo donde
se detecta una importante diferencia entre la nueva edición y la anterior, pues mientras
en ésta aparece mezclado lo onomasiológico, representado fundamentalmente por los
catálogos de voces afines incluidas en el artículo, con el semasiológico o conjunto de
acepciones y subacepciones, en la reciente edición, los catálogos aparecen normalmente
al final, constituyendo un apartado especial o apéndice, procedimiento que
facilita sin duda la consulta del Diccionario. Para documentarlo, basta ver el
artículo de beneficiar en la primera edición
y compararlo con el de la edición nueva.
En primer lugar el enunciado está constituido,
como digo, ante todo por la entrada, que aparece en letra negrita, y está a su vez
integrada por el lema, esto es, la parte de la entrada sometida a orden
alfabético, y variantes gramaticales o incluso gráficas y fónicas (esto último cuando
las diferencias son mínimas; por ejemplo de acento; así, bajo el artículo beréber
aparece la entrada beréber o berebere). En cuanto al paréntesis inicial,
sirve para registrar cuestiones generales relacionadas con la palabra tales como
etimología, cuestiones morfológicas o sintácticas generales, variantes puramente
ortográficas, etc.
La mayor complicación, como es natural, se encuentra en
el cuerpo del artículo, organizado básicamente, según es habitual en un diccionario
monolingüe, en torno a una serie de acepciones o significados, que se ordenan
genéticamente, esto es, a partir de la acepción más próxima a la etimología y, a la
vez, de acuerdo con el ámbito o grado de difusión del vocablo, colocando en primer lugar
la o las correspondientes al léxico común y, finalmente, como hace el DRAE, las
pertenecientes a dialectos y variedades especiales. Por su parte cada acepción, numerada
mediante un guarismo inscrito en un circulito puede estar integrada por los siguientes
elementos o apartados:
a) Un paréntesis de acepción, donde se
hace constar, entre otras cosas, categorización gramatical y otras indicaciones relativas
al uso,
b) sinónimos, que se presentan entre
comillas,
c) la definición,
d) uno o varios ejemplos situados entre
comitas sencillas,
e) y, finalmente, un catálogo de voces
afines.
A su vez la acepción puede ir particularizada en una
serie de subacepciones, las cuales aparecen introducidas por un circulito con un
punto en su interior. No hay por qué señalar que las subacepciones pueden, a su vez,
constar de los mismos apartados que las acepciones, excepto de catálogo. En la reciente
edición recordemos que el catálogo se coloca al final del artículo bajo el epígrafe
CATÁLOGO precedido por el signo ; no obstante, si el catálogo en cuestión es muy corto, éste
sigue apareciendo en el cuerpo de artículo, después de la correspondiente acepción y
con la indicación =>. Otra innovación, por cierto, consiste en cambiar el orden de
aparición de los sinónimos, que ahora lo hacen después de la definición, introducidos
por el signo @.
Siguiendo con el capítulo de innovaciones, la nueva
edición del DUE no solo presenta como apéndice los catálogos de palabras, sino a veces
indicaciones suplementarias; por ejemplo, particularidades de la conjugación de los
verbos, notas de uso o formas de expresión, siempre introducidas mediante el signo de
apéndice o nota . Véanse a este respecto, por ejemplo, los artículos
correspondientes a preguntar, presentir y color.
Finalmente, entre los apartados que constituyen el cuerpo
de los artículos, merece quizá destacarse especialmente el sistema de definiciones
utilizados por M.ª Moliner. Su Diccionario, en efecto, es uno de los pocos
prácticamente exentos de circularidades, sencillamente porque, según la autora, se sigue
lo que ella llama un «procedimiento ascensional», consistente en la utilización de la
típica definición lógica constituida por un género próximo,
representado aquí por una palabra de contenido más general que el definido esto
es, un archilexema, como diríamos en Semántica, y una diferencia
específica, constituida por una serie de notas semánticas adicionales.
Evidentemente, como no siempre es posible la adopción de este tipo de definición, cabe
todavía, según la autora, en ese caso utilizar una perífrasis o explicación, esto es,
lo que nosotros llamaríamos una definición de tipo relacional (por ejemplo, polícromo
es igual a de varios colores, circunstancia que permitirá llegar al final de
la cadena, esto es, a la cúspide de lo que María Moliner llama «cono léxico», sin que
se produzcan las circularidades típicas de prácticamente todos los diccionarios
monolingües. En el caso, naturalmente, de los últimos eslabones de la cadena, esto es,
de las palabras-cumbre pensemos en cosa o ser no cabrá otra
solución que dar una explicación para suministrar una idea intuitiva del definido [11].
Realmente, todas estas ideas de María Moliner sobre la
definición lexicográfica no constituyen en sí ninguna novedad, pues la realidad es que
todos estos tipos de definición y otros aparecen en todos los diccionarios;
la novedad está más en haber aplicado con racionalidad este criterio, esto es, evitando
en todo momento cerrar la cadena antes de tiempo cayendo así en el tan temido círculo
vicioso. Otra virtud, por cierto, de las definiciones del María Moliner es su
sencillez y claridad, al estar escritas en un lenguaje actual y comprensible, exento del
retoricismo y retorcimiento tan frecuente también en los diccionarios. |

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3. La marcaciónY a propósito
de la redacción del DUE, una característica sin duda muy importante viene
representada por la marcación o utilización de marcadores o indicaciones sobre la
naturaleza, uso, extensión o vigencia de palabras o acepciones de palabra. Es cierto que
todos los diccionarios sin excepción utilizan este recurso, consistente en la mayor parte
de los casos en todo un sistema de abreviaturas o expresiones estereotipadas como tr.,
m., poco usado, Amér., coloq., etc., cuya finalidad no es otra que dar el máximo de
información en el mínimo espacio posible [12].
Pero notemos que el María Moliner lo utiliza en mucha mayor medida, adoptando para
ello diversas soluciones, consistentes unas veces también en abreviaturas, y otras
lo que es sin duda más novedoso en signos especiales o, asimismo, en diversos
tipos y tamaños de letra. Esta proliferación de marcadores puede parecer a primera vista
a quien no conoce suficientemente este diccionario un engorro innecesario; pero en
realidad no es así, ya que su conocimiento compensa con creces el esfuerzo que supone su
aprendizaje, en absoluto difícil.
Un caso muy característico de marcación corresponde al
contorno de la definición de verbos transitivos, al señalar mediante una flechita
inclinada, colocada delante, el sustantivo de la definición que en el uso del verbo
definido o entrada funciona como complemento u objeto directo. Así, por poner dos de los
múltiples ejemplos que podrían citarse, considérense las definiciones correspondientes
a calcular, derrochar.
Junto a este signo diacrítico es importante también tener en cuenta la marcación
consistente en un asterisco (*), que con gran proliferación aparece, en el interior de
los artículos, delante de algunas palabras; su función es indicar que de ellas existe en
su correspondiente artículo un catálogo de palabras o lista de sinónimos.
Procedimiento original es el consistente, como he dicho,
en la utilización de diversos tipos o cuerpos de letra. Y así, en la primera edición
del DUE, los artículos registrados en un cuerpo menor se refieren siempre a palabras
caídas en desuso, característica que cuando se refiere tan solo a una acepción, la
correspondiente definición aparece en letra cursiva.
Este último recurso se mantiene en la última edición,
en la cual, sin embargo, todos los artículos, incluso los referentes a palabras
desusadas, aparecen todos en el mismo cuerpo de letra, probablemente porque en aquéllos
el uso de letra más pequeña era redundante con la utilización de la cursiva en las
definiciones. Compárense, por ejemplo, los artículos de las dos ediciones
correspondientes a cachirulo: como puede observarse, en la primera edición la letra pequeña significa
exactamente lo mismo que la cursiva en la última.
El uso, por otro lado, de versalitas, que en la nueva
edición ha quedado reducido a la indicación, en los catálogos, de la palabra de una
expresión fija bajo la cual se estudia ésta, en la primera se emplean también para
indicar frases o modismos usuales dentro del artículo donde se tratan (los poco usuales
aparecen en redonda). Finalmente, las versalitas, de cuerpo mayor, se utilizan también en
la nueva edición del Diccionario, aunque ya sin valor marcativo, en el epígrafe
introductorio de los apéndices: CATÁLOGO, CONJUG., etc. |
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Otras marcaciones consisten, como es habitual, en el uso de abreviaturas, que unas veces
se refieren a aspectos gramaticales, como tr. (transitivo), recípr.
(recíproco), fut. (futuro), n. (nombre), etc., que aparecen inmediatamente
después del número de acepción, y otras características que tienen más que ver con el
uso o difusión del vocablo. A este último respecto, pueden destacarse las siguientes
marcaciones o marcas:
a) Marca cronológica, representada por la
abreviatura ant. (anticuado), que no hay que confundir con la marcación, ya
aludida, realizada por medio de letra cursiva, pues ésta indica que la palabra se usa
poco o ha caído en desuso con posterioridad al siglo XVIII,
mientras que ant. quiere decir que el vocablo en cuestión dejó de usarse ya antes
de ese siglo.
b) Marca de localización geográfica,
cuya misión es indicar el ámbito geográfico del vocablo. Entre otras, pertenecen a este
tipo indicaciones como Ur. (Uruguay), Filip. (Filipinas), Sev.
(Sevilla), Antill. (Antillas), etc.
c) Marca de registro o nivel lingüístico,
que, evidentemente, se refiere al registro lingüístico, esto es, al tipo de lenguaje
utilizado de acuerdo con la situación de comunicación. En relación con este tipo de
marca cabe destacar las abreviaturas form. (formal), inf. (informal), lit.
(literario), vulg. (vulgar), etc.
d) Muy próxima a la anterior hay que situar la marca
de variedad sociolingüística, como la indicación de pop. (popular) o argot,
así como la marca de valoración, relativa al carácter irónico (irón.),
despectivo (desp.), ponderativo (pond.), hiperb. (hiperbólico), etc.
e) Finalmente, la marca de especialidad,
que aparece inmediatamente después de la indicación de la marcación de categoría
gramatical, del tipo Bot. (Botánica), Mil. (Milicia), Econ. (Economía),
Electr. (Electricidad), Cine. (Cinematografía), Dep. (Deportes),
Fort. (Fortificación), etc.
En la primera edición del DUE se utilizan también, como
es habitual en los diccionarios, las marcas de nivel de sentido, representadas por la
abreviatura fig. (esto es, «sentido figurado») y su ausencia, equivalente a
«sentido recto». La indicación ha sido eliminada en la nueva edición, lo que
constituye sin duda una decisión novedosa pero correcta, por cuanto que tal indicación
se refiere a un proceso diacrónico o evolutivo, de formación de nuevos signos, y, por lo
tanto, no pinta nada en un diccionario de tipo sincrónico como el de María Moliner. |
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