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Características del Diccionario de uso del español


Como es obvio, para utilizar adecuadamente un diccionario, resulta indispensable conocer sus características, puesto que —aunque sea una verdad de Perogrullo— los diccionarios no son todos iguales, porque cada uno ha sido concebido para resolver un determinado o unos determinados tipos de dudas. No es lógico, por ejemplo, que a un diccionario monolingüe común le exijamos, como a veces se hace, información sobre una determinada cuestión científica, pues ello correspondería a una enciclopedia, o sobre un vocablo perteneciente a una terminología muy concreta, porque para eso tendríamos que consultar un diccionario terminológico específico. En definitiva cada diccionario posee unas metas y fines específicos, que no pueden de ningún modo ser desconocidos ni olvidados por el usuario. A continuación, por ello, voy a referirme a las características más sobresalientes y específicas del  de María Moliner.

1. Carácter semasiológico y onomasiológico

El primer rasgo característico y fundamental del María Moliner nos viene dado ya por su propio título, no siempre correctamente interpretado. Se llama diccionario «de uso», expresión que en este caso no significa lo que a veces se cree, esto es, «diccionario descriptivo y sincrónico que selecciona y define las palabras más corrientes entre los hablantes de una comunidad», según la definición de Martínez de Sousa [1]. No quiero decir que el DUE no cumpla las condiciones de semejante definición y no sea, por lo tanto, en este sentido un verdadero diccionario de uso, característica que sin embargo le niega G. Haensch [2], sino que la intención de la autora con este título no fue aludir precisamente a esta condición, sino al hecho de que su obra está concebida «para guiar en el uso del español tanto a los que lo tienen como idioma propio como a aquellos que lo aprenden y han llegado en el conocimiento de él a ese punto en que el diccionario bilingüe puede y debe ser sustituido por el diccionario en el propio idioma que se aprende. Y ello, en primer lugar, trayendo a la mano del usuario todos los recursos de que el idioma dispone para nombrar una cosa, para expresar una idea con la máxima precisión o para realizar verbalmente cualquier acto expresivo. Y, en segundo lugar, resolviendo sus dudas acerca de la legitimidad o ilegitimidad de una expresión, de la manera correcta de resolver cierto caso de construcción, etc.» [3].

Es decir que, aunque a primera vista no lo parezca, el Diccionario de María Moliner no es exclusivamente un diccionario para la interpretación o descifrado de enunciados, sino para el uso, esto es, para el cifrado de mensajes, lo que significa ante todo que, utilizando términos más técnicos, nos hallamos ante un diccionario que a su carácter semasiológico, común a la generalidad de los diccionarios alfabéticos monolingües, añade el de onomasiológico, propio de los también denominados diccionarios ideológicos y de sinónimos.

He aquí, pues, la primera y más fundamental originalidad del DUE, a la que, al pasar desapercibida por gran número —por no decir la mayoría— de los usuarios, éstos no saben sacarle el debido partido. Lo mismo que ocurre con el DRAE y otros diccionarios del español actual, en la mayor parte de lo casos el María Moliner es consultado para resolver dudas de interpretación, generalmente relativas al significado o significados de una palabra, y, en el cifrado de mensajes, se utilizará casi exclusivamente para consultas relativas a la ortografía de palabras y sólo en contadas ocasiones para buscar un sinónimo (en este caso se preferiría seguramente un diccionario de sinónimos) o un vocablo más preciso y ajustado a la idea que se quiere expresar, circunstancia esta última en que se acudiría más bien a un diccionario exclusivamente ideológico como puede ser el ya clásico y conocido de J. Casares. Se olvida —o se desconoce— que el Diccionario de M.ª Moliner es también, a la vez que alfabético, un verdadero diccionario ideológico y de sinónimos.

Esta doble finalidad, semasiológica, asociada al carácter alfabético, y onomasiológica o ideológica, hace que la microestructura de los artículos lexicográficos se establezca en torno a dos ejes: por una parte el correspondiente a la organización en acepciones, el cual representa el aspecto estrictamente semasiológico, en el que se da cuenta, fundamentalmente, del significado o significados de la palabra-entrada, y, por otra, la inclusión de listas de palabras, donde se ofrecen, distribuidos en series, diversos grupos de vocablos semánticamente relacionados con la entrada, característica que permite, por una parte la búsqueda de sinónimos y, por otra, la del vocablo más adecuado a lo que queramos decir en un momento determinado.

La mayor parte de los usuarios, sin embargo, han visto siempre en estas listas un conglomerado bastante heterogéneo y anárquico de elementos que más estorban la consulta del diccionario que la facilitan. Solo una parte de razón hay en este juicio, al encontrarse las listas o catálogos incluidos entre las acepciones, problema que se ha resuelto por cierto en la nueva edición, donde dichos catálogos se colocan al final del artículo [4], en el cual quedan así perfectamente separadas las dos partes, semasiológica y onomasiológica. Compárese, por ejemplo, el artículo armonía tal como aparece en la antigua y en la nueva edición.

Ahora bien, este carácter activo, cifrador o, según prefiere calificarlo la autora del DUE, «de uso» se manifiesta no solo en su vertiente onomasiológica, sino a su vez en otras características, entre las cuales merece destacarse la frecuente información sintáctica sobre el régimen preposicional de los verbos y, en general, sobre la combinatoria de la palabra-entrada cuando ésta suele aparecer acompañada de cierto o ciertos vocablos. Piénsese a este último respecto, por ejemplo, en el caso de risa, que, según se informa en el DUE, se combina, entre otros, con los adjetivos sardónica y retozona o con verbos como troncharse, mondarse, mearse, etc., o en ira, que se usa frecuentemente con encenderse, llenarse, descargar, ciego de. De acuerdo con esto, el Diccionario de María Moliner puede utilizarse muy bien como un verdadero diccionario sintáctico, finalidad a la que contribuye asimismo otra peculiaridad no menos destacable, representada por los frecuentes ejemplos de uso que la autora incluye después de las definiciones. De ellos nos dice la lexicógrafa que «ponen ante el lector el valor de uso de las palabras, no siempre claro aun conociendo su valor lógico»[5].

Es decir, los ejemplos sirven no solo para corroborar al lector lo dicho en la definición y explicaciones complementarias, sino al mismo tiempo para dar una clave para el uso del vocablo en cuestión.


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2. La macro y la microestructura

En la descripción de todo diccionario siempre hay que tener en cuenta dos aspectos básicos o fundamentales: el relativo, por una parte, a lo que ha dado en llamarse macroestructura, esto es, la organización externa de los artículos lexicográficos, esto es, en su relación mutua, junto, por otro lado, al correspondiente a la microestructura o estructuración interna de esos artículos. La organización de los artículos entre sí dentro de la obra lexicográfica se realiza atendiendo exclusivamente a los vocablos que sirven de entrada, los cuales aparecen normalmente dispuestos en orden alfabético; la estructuración, por su parte, correspondiente a la microestructura depende, como es lógico, del tipo de diccionario de que se trate y, desde luego, cada obra lexicográfica presenta a este respecto unas peculiaridades o características propias. El Diccionario de María Moliner, como no podía ser menos, posee tanto en uno como en otro aspecto características también especiales de las que me voy a ocupar a continuación.

Aun cuando la nomenclatura o conjunto de entradas no puede, en principio, constituir ninguna originalidad en este Diccionario de uso, pues, como observa su autora, es la misma que la del DRAE —aunque con ciertas exclusiones y adiciones—, deben destacarse, no obstante, algunos extremos que, probablemente, pasan desapercibidos a muchos de quienes con más o menos frecuencia utilizan esta obra.

Para empezar, las entradas del DUE no están representadas exclusivamente por vocablos, ni siquiera por vocablos pertenecientes al sistema léxico del español, si bien esto sea, lógicamente, lo normal. Quiero decir que María Moliner incluye en la nomenclatura de su Diccionario, por ejemplo, raíces y afijos (cfr., entre otros, -antropo-, anfi-, necro-, post-, -miento, -mienta, re-, sobre-, super- y tantos otros), junto con sonidos o grupos de sonidos que ni siquiera son palabras (tipo chiss, mmm), letras del alfabeto (P, T, R, etc.) —cosa por cierto común a todos los diccionarios—, junto con símbolos químicos (por ejemplo, Al, Bk, Cm) y nombres científicos correspondientes a la flora y fauna (Barbus barbus, Perdix perdix, Pinus uncinata, etc.). Esto último ha sido objeto de críticas negativas, lo que ha llevado en la nueva edición a eliminar de la nomenclatura tales símbolos y terminología científica latina, si bien ésta se incluye en apéndice aparte, con lo que se cumple así también la finalidad perseguida por la autora de proporcionar al usuario la posibilidad de conocer todos los nombres vulgares utilizados en español para una determinada especie animal o vegetal y, a su vez, poder establecer las equivalencias de esos nombres con los de otras lenguas [6].

Pese a que la ordenación alfabética —ese instrumento maravilloso, al decir de María Moliner, que merecería figurar entre los descubrimientos casi milagrosos como el del propio alfabeto o el de la numeración [7]— representa la forma más sencilla y, por ende, más fácil de efectuar la consulta de un diccionario, no hay que olvidar que también en esto el DUE presenta algunas peculiaridades que conviene tener en cuenta, a saber:

a) La primera es que, adelantándose a la decisión reciente de la Academia, que a partir de ahora adoptará idéntico criterio en las próximas ediciones de sus diccionarios, María Moliner no considera, como es sabido, los dígrafos CH y LL como letras independientes, sino que los incluye, respectivamente, dentro de la C y la L, como ha sido siempre el proceder de la ordenación alfabética internacional.

b) Por otra parte, algo que, por el contrario, pasa seguramente desapercibido a la generalidad de los usuarios es la forma de aplicar el orden alfabético a entradas del tipo mmm, chsss, pufff, cuya última letra repetida se toma alfabéticamente como una sola. Por eso, por ejemplo, la primera de esas entradas aparece antes —no después— de mano.

c) Pero en lo que el Diccionario de María Moliner presenta la peculiaridad más llamativa respecto a la organización de las entradas es sin duda en la utilización, dentro del orden alfabético, de otro tipo de ordenación: la morfo-semántica o por familias. Se trata, repito, de una ordenación secundaria, consistente en agrupar bajo una palabra o raíz toda una familia de vocablos que comienzan por esa misma raíz o por la de la palabra que aparece como cabeza. Así, obsérvense, por ejemplo, las familias registradas bajo la raíz antrop-  o bajo la palabra coadyuvar. Como puede verse, las palabras agrupadas bajo la que hace de cabeza —que no es necesariamente la primitiva o punto de partida de las demás, sino la más cercana a la etimología o la más representativa— se hallan sangradas y dispuestas entre sí a su vez por orden alfabético; por lo demás, cuando el agrupamiento de estas palabras sangradas implica la alteración del orden alfabético general, se realiza la correspondiente remisión en el lugar alfabéticamente correspondiente. Nótese, por ejemplo, cómo consorcio aparece dos veces: una en posición no sangrada delante de consorte, y otra sangrada después de ésta, que hace de cabeza.

d) Con la adopción de esta ordenación secundaria de tipo morfológico en combinación con la alfabética, María Moliner [8] se proponía crear en el lector un sentido etimológico que le ayudase al manejo consciente de los vocablos e incluso, tratándose de extranjeros, a su retención. La experiencia, sin embargo, no ha sido positiva, ya que en la práctica creaba algunos inconvenientes en el manejo del Diccionario, que han sido puestos reiteradamente de manifiesto por algunos estudiosos [9], lo que ha llevado a los preparadores de la nueva edición a eliminar esta agrupación por familias, que además suponía una cierta dosis de subjetividad. Esto determina, además, que en la nueva versión no aparezcan registradas como entradas las raíces léxicas [10].

En comparación por cierto con la primera edición, la recientemente publicada presenta, según observan sus propios editores, un incremento en el número de entradas que supera el diez por cierto, dándose, por ejemplo, mayor acogida a los americanismos, insuficientemente representados en la primitiva edición, y registrándose, en fin, multitud de palabras que han ido siendo adoptadas por el español en los últimos años. Se trata de vocablos pertenecientes sobre todo al mundo de la economía —así, mibor, PIB, leasing o el desafortunado y no menos famoso pelotazo—; de la biología, como Ecología junto con ecológico, ecologista, o clon y clonar, o de la informática tales como disco duro, ciberespacio, mailing, etc. En definitiva se puede afirmar que el nuevo DUE se ha puesto realmente al día no solo con el aumento de la nomenclatura propiamente dicha, sino con la inclusión en los artículos de palabras ya registradas de nuevas acepciones que asimismo se han ido creando desde la publicación de la primera edición en 1966-1967.

Y dicho esto, paso a ocuparme de la microestructura u organización de los artículos en el Diccionario de María Moliner, microestructura que, aunque, obviamente, difiere de unos a otros casos, responde, como es lógico, a unos modelos básicos. Y digo modelos, porque, aun cuando los contenidos registrados en los artículos son prácticamente idénticos en las dos ediciones, no se puede decir lo mismo respecto a la organización u orden en que aparecen. En términos generales, como en cualquier otro diccionario, tanto en la edición de 1966-1967 como en la reciente de 1999, el artículo lexicográfico se halla estructurado en dos partes fundamentales: el enunciado, representado por la entrada junto con un paréntesis, llamado «paréntesis inicial», y el cuerpo, en que se da cuenta, entre otras cosas, del significado o significados de la palabra. Y es precisamente en el cuerpo donde se detecta una importante diferencia entre la nueva edición y la anterior, pues mientras en ésta aparece mezclado lo onomasiológico, representado fundamentalmente por los catálogos de voces afines incluidas en el artículo, con el semasiológico o conjunto de acepciones y subacepciones, en la reciente edición, los catálogos aparecen normalmente al final, constituyendo un apartado especial o apéndice, procedimiento que facilita sin duda la consulta del Diccionario. Para documentarlo, basta ver el artículo de beneficiar en la primera edición y compararlo con el de la edición nueva.

En primer lugar el enunciado está constituido, como digo, ante todo por la entrada, que aparece en letra negrita, y está a su vez integrada por el lema, esto es, la parte de la entrada sometida a orden alfabético, y variantes gramaticales o incluso gráficas y fónicas (esto último cuando las diferencias son mínimas; por ejemplo de acento; así, bajo el artículo beréber aparece la entrada beréber o berebere). En cuanto al paréntesis inicial, sirve para registrar cuestiones generales relacionadas con la palabra tales como etimología, cuestiones morfológicas o sintácticas generales, variantes puramente ortográficas, etc.

La mayor complicación, como es natural, se encuentra en el cuerpo del artículo, organizado básicamente, según es habitual en un diccionario monolingüe, en torno a una serie de acepciones o significados, que se ordenan genéticamente, esto es, a partir de la acepción más próxima a la etimología y, a la vez, de acuerdo con el ámbito o grado de difusión del vocablo, colocando en primer lugar la o las correspondientes al léxico común y, finalmente, como hace el DRAE, las pertenecientes a dialectos y variedades especiales. Por su parte cada acepción, numerada mediante un guarismo inscrito en un circulito puede estar integrada por los siguientes elementos o apartados:

a) Un paréntesis de acepción, donde se hace constar, entre otras cosas, categorización gramatical y otras indicaciones relativas al uso,

b) sinónimos, que se presentan entre comillas,

c) la definición,

d) uno o varios ejemplos situados entre comitas sencillas,

e) y, finalmente, un catálogo de voces afines.

A su vez la acepción puede ir particularizada en una serie de subacepciones, las cuales aparecen introducidas por un circulito con un punto en su interior. No hay por qué señalar que las subacepciones pueden, a su vez, constar de los mismos apartados que las acepciones, excepto de catálogo. En la reciente edición recordemos que el catálogo se coloca al final del artículo bajo el epígrafe CATÁLOGO precedido por el signo ; no obstante, si el catálogo en cuestión es muy corto, éste sigue apareciendo en el cuerpo de artículo, después de la correspondiente acepción y con la indicación =>. Otra innovación, por cierto, consiste en cambiar el orden de aparición de los sinónimos, que ahora lo hacen después de la definición, introducidos por el signo @.

Siguiendo con el capítulo de innovaciones, la nueva edición del DUE no solo presenta como apéndice los catálogos de palabras, sino a veces indicaciones suplementarias; por ejemplo, particularidades de la conjugación de los verbos, notas de uso o formas de expresión, siempre introducidas mediante el signo de apéndice o nota . Véanse a este respecto, por ejemplo, los artículos correspondientes a preguntar, presentir y color.

Finalmente, entre los apartados que constituyen el cuerpo de los artículos, merece quizá destacarse especialmente el sistema de definiciones utilizados por M.ª Moliner. Su Diccionario, en efecto, es uno de los pocos prácticamente exentos de circularidades, sencillamente porque, según la autora, se sigue lo que ella llama un «procedimiento ascensional», consistente en la utilización de la típica definición lógica constituida por un género próximo, representado aquí por una palabra de contenido más general que el definido —esto es, un archilexema, como diríamos en Semántica—, y una diferencia específica, constituida por una serie de notas semánticas adicionales. Evidentemente, como no siempre es posible la adopción de este tipo de definición, cabe todavía, según la autora, en ese caso utilizar una perífrasis o explicación, esto es, lo que nosotros llamaríamos una definición de tipo relacional (por ejemplo, polícromo es igual a ‘de varios colores’, circunstancia que permitirá llegar al final de la cadena, esto es, a la cúspide de lo que María Moliner llama «cono léxico», sin que se produzcan las circularidades típicas de prácticamente todos los diccionarios monolingües. En el caso, naturalmente, de los últimos eslabones de la cadena, esto es, de las palabras-cumbre —pensemos en cosa o ser— no cabrá otra solución que dar una explicación para suministrar una idea intuitiva del definido [11].

Realmente, todas estas ideas de María Moliner sobre la definición lexicográfica no constituyen en sí ninguna novedad, pues la realidad es que todos estos tipos de definición —y otros— aparecen en todos los diccionarios; la novedad está más en haber aplicado con racionalidad este criterio, esto es, evitando en todo momento cerrar la cadena antes de tiempo cayendo así en el tan temido círculo vicioso. Otra virtud, por cierto, de las definiciones del María Moliner es su sencillez y claridad, al estar escritas en un lenguaje actual y comprensible, exento del retoricismo y retorcimiento tan frecuente también en los diccionarios.


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3. La marcación

Y a propósito de la redacción del DUE, una característica sin duda muy importante viene representada por la marcación o utilización de marcadores o indicaciones sobre la naturaleza, uso, extensión o vigencia de palabras o acepciones de palabra. Es cierto que todos los diccionarios sin excepción utilizan este recurso, consistente en la mayor parte de los casos en todo un sistema de abreviaturas o expresiones estereotipadas como tr., m., poco usado, Amér., coloq., etc., cuya finalidad no es otra que dar el máximo de información en el mínimo espacio posible [12]. Pero notemos que el María Moliner lo utiliza en mucha mayor medida, adoptando para ello diversas soluciones, consistentes unas veces también en abreviaturas, y otras —lo que es sin duda más novedoso— en signos especiales o, asimismo, en diversos tipos y tamaños de letra. Esta proliferación de marcadores puede parecer a primera vista a quien no conoce suficientemente este diccionario un engorro innecesario; pero en realidad no es así, ya que su conocimiento compensa con creces el esfuerzo que supone su aprendizaje, en absoluto difícil.

Un caso muy característico de marcación corresponde al contorno de la definición de verbos transitivos, al señalar mediante una flechita inclinada, colocada delante, el sustantivo de la definición que en el uso del verbo definido o entrada funciona como complemento u objeto directo. Así, por poner dos de los múltiples ejemplos que podrían citarse, considérense las definiciones correspondientes a calcular, derrochar. Junto a este signo diacrítico es importante también tener en cuenta la marcación consistente en un asterisco (*), que con gran proliferación aparece, en el interior de los artículos, delante de algunas palabras; su función es indicar que de ellas existe en su correspondiente artículo un catálogo de palabras o lista de sinónimos.

Procedimiento original es el consistente, como he dicho, en la utilización de diversos tipos o cuerpos de letra. Y así, en la primera edición del DUE, los artículos registrados en un cuerpo menor se refieren siempre a palabras caídas en desuso, característica que cuando se refiere tan solo a una acepción, la correspondiente definición aparece en letra cursiva.

Este último recurso se mantiene en la última edición, en la cual, sin embargo, todos los artículos, incluso los referentes a palabras desusadas, aparecen todos en el mismo cuerpo de letra, probablemente porque en aquéllos el uso de letra más pequeña era redundante con la utilización de la cursiva en las definiciones. Compárense, por ejemplo, los artículos de las dos ediciones correspondientes a cachirulo: como puede observarse, en la primera edición la letra pequeña significa exactamente lo mismo que la cursiva en la última.

El uso, por otro lado, de versalitas, que en la nueva edición ha quedado reducido a la indicación, en los catálogos, de la palabra de una expresión fija bajo la cual se estudia ésta, en la primera se emplean también para indicar frases o modismos usuales dentro del artículo donde se tratan (los poco usuales aparecen en redonda). Finalmente, las versalitas, de cuerpo mayor, se utilizan también en la nueva edición del Diccionario, aunque ya sin valor marcativo, en el epígrafe introductorio de los apéndices: CATÁLOGO, CONJUG., etc.


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Otras marcaciones consisten, como es habitual, en el uso de abreviaturas, que unas veces se refieren a aspectos gramaticales, como tr. (transitivo), recípr. (recíproco), fut. (futuro), n. (nombre), etc., que aparecen inmediatamente después del número de acepción, y otras características que tienen más que ver con el uso o difusión del vocablo. A este último respecto, pueden destacarse las siguientes marcaciones o marcas:

a) Marca cronológica, representada por la abreviatura ant. (anticuado), que no hay que confundir con la marcación, ya aludida, realizada por medio de letra cursiva, pues ésta indica que la palabra se usa poco o ha caído en desuso con posterioridad al siglo XVIII, mientras que ant. quiere decir que el vocablo en cuestión dejó de usarse ya antes de ese siglo.

b) Marca de localización geográfica, cuya misión es indicar el ámbito geográfico del vocablo. Entre otras, pertenecen a este tipo indicaciones como Ur. (Uruguay), Filip. (Filipinas), Sev. (Sevilla), Antill. (Antillas), etc.

c) Marca de registro o nivel lingüístico, que, evidentemente, se refiere al registro lingüístico, esto es, al tipo de lenguaje utilizado de acuerdo con la situación de comunicación. En relación con este tipo de marca cabe destacar las abreviaturas form. (formal), inf. (informal), lit. (literario), vulg. (vulgar), etc.

d) Muy próxima a la anterior hay que situar la marca de variedad sociolingüística, como la indicación de pop. (popular) o argot, así como la marca de valoración, relativa al carácter irónico (irón.), despectivo (desp.), ponderativo (pond.), hiperb. (hiperbólico), etc.

e) Finalmente, la marca de especialidad, que aparece inmediatamente después de la indicación de la marcación de categoría gramatical, del tipo Bot. (Botánica), Mil. (Milicia), Econ. (Economía), Electr. (Electricidad), Cine. (Cinematografía), Dep. (Deportes), Fort. (Fortificación), etc.

En la primera edición del DUE se utilizan también, como es habitual en los diccionarios, las marcas de nivel de sentido, representadas por la abreviatura fig. (esto es, «sentido figurado») y su ausencia, equivalente a «sentido recto». La indicación ha sido eliminada en la nueva edición, lo que constituye sin duda una decisión novedosa pero correcta, por cuanto que tal indicación se refiere a un proceso diacrónico o evolutivo, de formación de nuevos signos, y, por lo tanto, no pinta nada en un diccionario de tipo sincrónico como el de María Moliner.

 

Notas

1. Cfr. J. MARTÍNEZ DE SOUSA,  Diccionario de lexicografía práctica, Vox,
Bibliograf, 1995, s. v. Diccionario de uso.Arriba

2. Cfr. G. HAENSCH, La lexicografía, Gredos, Madrid, 1982,  pág. 156. Arriba

3. Cfr. DUE, pág. IX. Arriba

4. Esto produce, sin embargo, otro problema no tenido en cuenta por los redactores de esta nueva edición: el no saberse muchas veces a qué acepción del artículo corresponden estos catálogos, cosa que se podría haber obviado muy fácilmente, haciendo una señal con un numerito o letra; por ejemplo CATÁLOGO 1 para la acep. 1, CATÁLOGO 2 para la 2, etc.Arriba

5. Cfr.DUE, pág. IX. Arriba

6. Cfr. DUE, pág. XIII.Arriba

7. Ibíd., pág. XXIX.Arriba

8. Ibid., pág. XXVIII.Arriba

9. Como señala M. Alvar Ezquerra (Lexicología y lexicografía, Almar, 1983, pág. 223), la presentación por familias «se convierte, debido a la tipografía de la obra, en un engorro más que en una ayuda para el lector; algunas veces se acumulan tantos derivados en una misma familia que el usuario, en la columna vertical, al pasar de la columna o página ya no sabe si sigue en la nomenclatura de la obra o en el interior de un artículo». También M. Seco (Estudios de lexicografía española, Paraninfo, Madrid, 1987, pág. 303) señala que el procedimiento «constituye un factor de confusión y un notable escollo en la consulta de uno de los diccionarios más importantes de nuestro siglo».Arriba

10. Cfr. DUE, 1999, pág. XIV.Arriba

11. Cfr. DUE, pág. XIV y ss.Arriba

12. Sobre el concepto y oportunidad de las marcas véase A. FAJARDO, «Las marcas lexicográficas: concepto y aplicación práctica en la lexicografía española», Lexicografía, III (1996-1997), págs. 31-57.Arriba


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