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Amo las cosas que nunca
tuve
con las otras que ya no tengo
En el hermoso ensayo Chile y la piedra Gabriela Mistral celebra, desde su condición de mujer del norte chileno, «la
materia porfiada y ácida» que es para ella «criatura familiar». La
fascinación por este componente basamental de la naturaleza parece estar en
los fundamentos de una poética desnuda en el contacto con las cosas. En sus
prosas de «Elogio de las materias» se detiene no sólo en las materias
esenciales («El fuego», «El cristal», «El agua»), sino también en esas otras
materias más elementales como el aceite («más pausada que la lágrima y
también más que la sangre»), el vino («el de los pobres diablos»), la sal
(«absoluta y pura como la muerte») y, en fin, en esas materias culturales
como las artesanías o la cueca, que le hablaban del mundo americano. La poesía de Gabriela Mistral se funda en una de sus vertientes principales en esta dimensión experiencial básica. Ya en Desolación (1922), aparece en sus «Paisajes de la Patagonia» este afán redentor de los elementos naturales («Árbol muerto», «Tres árboles») y explora juguetonamente en las materias y las pequeñas cosas en ese notable libro que es Ternura (1924), que quiere ser poesía escolar «estremecida de soplo del alma» como dice en una carta dirigida a Eugenio Labarca. Así nos encontramos con el agua, las montañas, las casas o la tierra. Pero será en Tala (1938) donde veremos la alucinación por la materia, la que según Jaime Quezada «tiene alma e idioma y habla con el lenguaje de la infancia o con el verbo de la pasión» (Gabriela Mistral: Poesía y Prosa. Ayacucho, 1993, pág. XXXII). Aquí la hablante que es a un tiempo sacerdotisa, sibila, loca o voz de América (cf. Adriana Valdés: Composición de Lugar. «Editorial», «Cordillera»), sino, y sobre todo, en los elementos como ocurre en la sección «Materias» («Pan», «Sal», «Agua», «El aire»), donde las cosas parecen adquirir una dimensión divinizada, pero siempre vistas desde la experiencia vital. Porque no es la abstracta trascendencia de los objetos lo que interesa, sino el roce, el tacto, el olor, el pálpito de las cosas que se le aparecen nuevas o como no vistas. Así el aire es juego vivificador; el agua, materia en la memoria personal («Hay países que yo recuerdo / como recuerdo mis infancias. / Son países de mar o río, / de postales de vegas y aguas»); y el pan huele a madre («Dejaron un pan en la mesa / mitad quemado, mitad blanco, / pellizcado encima y abierto / en unos migajones de ampo»).
Es la poesía mistraliana más de la tierra que del aire y a ella le cabe un rol fundamental en esta dimensión poética hispanoamericana en la que Tala constituye una referencia de primera importancia para comprender este desarrollo que transitarán tantos de nuestros poetas. Porque las geografías, el paisaje, la flora y fauna, los objetos de esta poesía de la mirada son parte de la imaginación de un continente. |
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