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Aunque quizá para un visitante desprevenido la Mezquita-Catedral de
Córdoba no sea impactante en un primer vistazo, un paseo por sus alrededores
y su interior cambiará enseguida esa primera impresión. Sin duda la
catedral, el edificio del siglo XVI
levantado en su ombligo, o el campanario, que recubrió como una funda
su alminar, han contribuido a quitarle una pequeña parte de su embrujo.
Pero una vez que el viajero se interna en su espacio, avanza al ritmo
de sus columnas, dirigido por la luz que débilmente entra por las
celosías o por las cúpulas, de forma instantánea queda atrapado en
ella. Ahora siente que, verdaderamente, está en un lugar único, un
edificio levantado hace diez siglos que conserva aún todo su carácter
original: se halla en la mezquita aljama de Córdoba, en la capital del
califato omeya de Occidente.
Su asombro y su sorpresa irán in crescendo a
medida que prosiga su visita en dirección sur, hacia el fondo de esa inmensa sala poblada
de fustes de mármol que se ramifican en arcos blancos y rojos. Sin saber cómo, cada vez
encuentra en su camino motivos nuevos, materiales cada vez más ricos y mejor labrados,
arcos que se desdoblan y se entrecruzan desafiando las leyes de la gravedad y de la
estática. Una primera cúpula anuncia que se ha entrado en la nave principal, en el área
más noble de la mezquita, en la vía que conduce al mihrab ante el que se invoca la
misericordia divina; a la macsura, el lugar privilegiado donde hacía sus rezos el emir o
el califa cordobés.
Casi nada podrá hacer ya el viajero para escapar
a la belleza de este lugar, de sus mosaicos de colorido desbordante y reflejos dorados, de
la abundante vegetación, de los arabescos que se enlazan sin fin y con orden, de las
letras que se deslizan entre cintas de hojas irisadas. La luz cenital atraerá su mirada
hacia arriba, observará con deleite una cúpula magnífica decorada también con mosaicos
brillantes como el firmamento o como la luz del día.
Y lo más increíble es que el visitante del
nuevo milenio experimentará en parte las mismas emociones, la misma admiración que
sintieron los contemporáneos, aquellos cordobeses del siglo X que
asistían a las oraciones diarias en este santuario sagrado; lo mismo que sintieron los
viajeros, sabios, reyes, comerciantes o embajadores que llegaban a Córdoba llamados por
la fama de este edificio en todo el mundo medieval.
Si algo hemos perdido o transformado
ha sido el significado mítico que para los andalusíes tuvo por
su origen, por sus reliquias, por sus constructores y por sus riquezas
esta venerada aljama. Sin embargo, la Mezquita-Catedral ha ido adquiriendo
a lo largo de los siglos otra pátina de veneración: la del tiempo,
la de un pasado diferente y único del que este edificio es, sin
duda, uno de sus signos de gloria. En sus manos está descubrirlo.
NOTA
SOBRE LA RECREACIÓN VIRTUAL DE LA MEZQUITA ALJAMA DE CÓRDOBA
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