El suelo de las naves de la mezquita, desde la
primera hasta la última ampliación, fue simplemente de tierra apisonada y estucada con
almagre. Sobre él se colocaban esteras, las cuales cubrían también la parte inferior de
los fustes de las columnas; se evitaba así el contacto con el frío mármol. Todo ello
responde a una necesidad del culto, puesto que en el desarrollo de la oración los
musulmanes se arrodillan en el suelo. El mihrab, en cambio, tenía un solado de mármol,
que indicaba también su importancia dentro de la mezquita. |
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El área
inmediata a él, la macsura, pudo tener baldosas de barro (como
sucede en la mezquita de Madina al-Zahra, la ciudad palatina
cercana a Córdoba), cubiertas seguramente con alfombras,
como corresponde al carácter de este ámbito reservado al soberano.
El patio de la mezquita tenía losas de pizarra y
de caliza de color vinoso, interrumpidas a trechos por los alcorques de los árboles. Bajo
él corren canalizaciones de desagüe y hay un gran aljibe que construyó Almanzor en la
parte de su ampliación.

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