
La gran población que alcanzó la ciudad de
Córdoba a finales del siglo X hizo necesario que se iniciase una nueva ampliación del
edificio, a pesar de que las obras de al-Hakam II se habían realizado pocas décadas
antes.
Si hasta ahora lo normal fue derribar siempre el
muro de alquibla para ampliar las once naves del templo hacia el sur, esta fórmula ya no
era posible ante el desnivel del terreno y la cercanía del lecho del río Guadalquivir,
por lo que fue necesario buscar otra solución; afortunadamente gracias a ello la gran
obra de al-Hakam II se ha conservado. Hacia el lado occidental no podía crecer el
edificio pues junto a la vía pública se hallaba el palacio califal y en su parte norte
se encontraba el patio, por lo que finalmente sólo quedó la opción de aumentar el
edificio hacia el este, a pesar de encontrarse allí casas y calles. Las fuentes escritas
nos hablan de todo ello e incluso relatan preciosas anécdotas. Por ejemplo, entre las
múltiples casas que hubo que expropiar, el cronista del siglo XII, Ibn
Bashkuwal, haciéndose eco de la obra de Ibn Hayyan, relata cómo una señora se negó a
dejar su vivienda hasta que se le diera otra que tuviese en su patio una palmera, al igual
que la suya, condición a la que finalmente accedió Almanzor.
Las obras de ampliación tuvieron
lugar a lo largo de la última década del siglo X
y consistieron en añadir ocho naves al este de la sala de
oración, en toda su longitud, así como en aumentar en igual
anchura el patio. Aunque se trata de la etapa más amplia realizada
en la mezquita aljama cordobesa, artísticamente no tiene un
valor especial frente a los episodios constructivos anteriores,
ya que técnicamente se repite el mismo tipo de arquerías.
A diferencia de lo ocurrido en la gran obra de al-Hakam II,
tampoco hubo aquí especial cuidado en introducir materiales
ricos u otros detalles preciosistas.

|