
La muerte de al-Hakam
II en 976, y la subida al trono de su hijo Hisham II, aún
niño, hizo que su tutor Muhammad ibn Abi Amir, perteneciente
a la esfera militar, tomase las riendas del poder. Terminó
apartando al propio príncipe y acabó creando una verdadera
dictadura militar, cargada de tintes populistas, en la que
él mismo intentó emular a los califas. Así, imitando al gran
Abd al-Rahman III, fundó su propia ciudad, llamada Madina
al-Zahira, en la parte oriental de Córdoba, y al igual que
aquéllos decidió ampliar una vez más la mezquita aljama.
Sus grandes victorias
sobre los cristianos y sus algaras en el norte de la península,
saqueando ciudades tan importantes como Barcelona o Santiago
de Compostela, hicieron que se le conociese con el apelativo
de Almanzor, nombre que viene de la expresión árabe
«al-Mansur bi-llah», es decir, el victorioso de Dios.
Murió en el año 1002
en la población soriana de Medinaceli por las heridas que
recibió en la batalla de Calatañazor, según las crónicas cristianas.
Tras su desaparición, el Califato de Córdoba quedó sumido
en la agonía, lo que permitió que, a partir del año
1031 e incluso antes, los diferentes gobernantes de las provincias
se declarasen independientes; esto supuso el final de dos
siglos de gobierno omeya en la Península Ibérica y el nacimiento
de los denominados reinos de Taifas, entre los que destacaron
los de Zaragoza, Sevilla, Toledo, Granada, etcétera.

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