El sabat Volver al índice
 

El sabat cordobés era un pasadizo de comunicación entre el alcázar y la mezquita aljama utilizado exclusivamente por los emires y los califas. Tenía dos partes, una visible desde el exterior, consistente en un puente apoyado en tres arcos que salvaba la calle, lo que permitía el tránsito normal por la calzada, y otra parte oculta en el interior de la mezquita, detrás de su muro de la alquibla. El pasadizo se dividía en ocho habitaciones, cinco en la mezquita y otras tres en el puente, cubiertas con bóvedas simples y separadas por ocho puertas forradas de bronce y hierro.

Interior del sabat, hoy Archivo Catedralicio. (Pulse en la imagen para ampliarla).

Las puertas de la alquibla se abrían hacia occidente y las otras hacia oriente, de manera que se pudiese cortar el paso desde el alcázar. Todas las estancias recibían luz por unas ventanas con celosías, incluidas las del puente, el cual tenía tres vanos a cada lado. En el extremo oriental del corredor se abría la puerta a la macsura, situada a la derecha del mihrab y decorada también con mosaicos. Las inscripciones indican su función: «El imán al-Mustansir, al-Hakam, Príncipe de los Creyentes, mandó hacer este acceso a su lugar de oración a su chambelán Ya‘far». Eran los años 970-972. ¿Qué se conserva de todo este complejo dispositivo destruido en el siglo XVII? Pervive la parte correspondiente a la mezquita, con la puerta de acceso a la macsura y la puerta donde se unía el puente, visible hoy desde la calle, en el extremo del muro occidental.

No fue éste el primer sabat de la mezquita de Córdoba. Ya el devoto emir ‘Abd Allah (888-912) había instalado uno. Recreación del sabat (dibujo de M. Sobrino). (Pulse en la imagen para ampliarla).Consistía también en un puente sobre la calzada aunque, a diferencia del de al-Hakam, aquél no tenía continuación en el interior de la sala de oración. Entre la puerta exterior de la mezquita y la macsura sólo se dispuso una pantalla, seguramente de madera. La razón que le llevó a construirlo fue que cada vez que acudía a la mezquita a rezar (y lo hacía a diario) las gentes interrumpían sus oraciones y se levantaban. Ante algunas protestas de los alfaquíes, decidió ocultarse de las miradas de los fieles mediante este paso privado.

El sabat sin embargo no era un mero pasillo. Según cuentan las crónicas, ‘Abd Allah se sentaba allí tras la oración del viernes para observar a los transeúntes sin ser visto; escuchaba sus conversaciones y así se enteraba de sus problemas cotidianos y de las injusticias que se cometían en la ciudad. Al-Hakam, por su parte, acostumbraba a sentarse ese mismo día en una de las estancias para recibir en audiencia a sus visires o a algún personaje importante de visita en Córdoba.

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