Al-Hakam II continuó la labor de su padre Abd al-Rahman III en la construcción del
Estado califal. Al-Andalus era, a mediados del siglo X, una potencia mediterránea cuyo
único enemigo fuerte era el Egipto fatimí. A la capital llegaban embajadas de Bizancio,
de los emperadores otónidas, de los reinos cristianos del norte de la península, de los
jefes beréberes del Norte de África. En sus puertos comerciales se intercambiaban
mercancías de todo tipo y origen. Córdoba y, en menor medida, otras ciudades andalusíes
eran grandes centros culturales y artísticos. |
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Al-Hakam era una persona
erudita y amante de los libros. Su biblioteca fue una de las
mayores conocidas en la Edad Media. Durante la construcción
de la ciudad palacio de Madinat al-Zahra, comenzada
por su padre, el todavía príncipe se encargó de dirigir los
trabajos. Después, siguiendo el programa constructivo de aquél,
que había levantado un nuevo alminar y ensanchado el patio,
al-Hakam, ya como califa, emprendió una nueva ampliación de
la mezquita aljama de Córdoba. Para ello reunió a los arquitectos
cordobeses y fue con ellos hasta la mezquita para trazar los
detalles de la construcción. Dicen los cronistas que algunos
alfaquíes pidieron que se aprovecharan las obras para corregir
la orientación de la alquibla, demasiado al sur. Las gentes
de Córdoba se opusieron porque aquello significaba romper
con la tradición, así que al-Hakam respetó la dirección de
la venerada mezquita de Abd al-Rahman I. Cuentan igualmente
esos textos que, una vez acabada la ampliación, las gentes
de Córdoba, al ver tanta riqueza, se negaron a entrar en ella
a rezar. Sospechaban que se había utilizado dinero de procedencia
ilícita en su construcción. Al-Hakam tuvo que jurarles junto
a la alquibla que sólo había usado el quinto del botín tomado
a los cristianos, como habían hecho sus predecesores. Para
el mantenimiento del edificio, el califa hizo también numerosas
donaciones.

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