| Ambas actividades se
desarrollaban en el interior de la mezquita aljama en las horas en que no había oración. El cadí o juez mayor de la ciudad, nombrado por el
califa, tenía su sede en la mezquita mayor. De esa manera se aseguraba que todo musulmán
tuviera acceso a la justicia. Habitualmente se sentaba en un lugar próximo al almimbar,
ya que determinados juramentos sólo eran válidos si se prestaban junto a la alquibla y
el mihrab. Allí celebraba sus sesiones, asistido por magistrados menores y ujieres. El
cadí también se encargaba de custodiar el tesoro de habices guardado en la mezquita. |
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En el siglo X, Córdoba era la capital del saber
en al-Andalus y una de las de mayor reputación en el mundo islámico. De la misma forma
que los andalusíes viajaban a Oriente en busca de saber, algunos orientales acudían a
Córdoba a escuchar las enseñanzas de maestros famosos. Había en la ciudad ricas
bibliotecas, como la espléndida de al-Hakam II en el alcázar. Se decía que cuando un
sabio moría, sus libros eran llevados a Córdoba, mientras que si lo hacía un músico
sus instrumentos eran enviados a Sevilla.
Precisamente la mezquita aljama de Córdoba era
el centro de estudios superiores de más renombre, algo así como la mejor universidad de
la época. Allí se encontraban los maestros más célebres en todo tipo de materias,
tanto religiosas como científicas, desde la teología y la jurisprudencia hasta la
medicina o la aritmética, pasando por la literatura y la poesía. Cada sabio se sentaba
en un lugar de la mezquita, a veces en un rincón o en las galerías del patio, apoyando
su espalda en la pared o en una columna; a su alrededor se formaba un corro de estudiantes
que escuchaban cada día sus enseñanzas. El maestro se encargaba de transmitir las obras
que él mismo había escuchado de boca de sus autores o de otros maestros, tanto en
al-Andalus como en Qayrawan, El Cairo, Medina, Damasco o Bagdad. Para ejercer la docencia
tenían antes que obtener de sus maestros un título o licencia llamado iyaza.
En las galerías del patio también se podían
encontrar escuelas coránicas para los niños, que aprendían a leer con el Texto Sagrado.
Se recomendaba situarlas en el patio por el bullicio que conllevaban.

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