
Nacido en Toledo en
el año 792, tomó las riendas del emirato omeya treinta años
después, al morir su padre al-Hakam I. Su gobierno se extiende
hasta 852 y constituye un período de gran apogeo cultural
en el devenir de la historia de al-Andalus, e incluso no faltaron
cristianos que como Eulogio alabaron su política. Además de
pacificar sus territorios, de ser un gran estadista y de saber
organizar todo el aparato de la administración tomando como
modelo el oriental, fue un constructor entusiasta, realizándose
bajo su gobierno importantes obras en Mérida, Jaén, Sevilla,
Murcia, etcétera.
Durante el emirato
de Abd al-Rahman II la ciudad de Córdoba recibió un
gran impulso: se arreglaron calzadas, su mezquita aljama fue
ampliada y restaurada, al igual que el alcázar, y se
condujo a ella el agua corriente desde la sierra, la cual
fue incluso utilizada en una gran fuente decorativa erigida
junto al palacio omeya. Así mismo llegaron a la capital
libros, maestros y músicos de Oriente que permitieron
el florecimiento de la cultura y el arte cordobeses.

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