El personal se dividía entre los que tenían funciones
religiosas y los que estaban encargados de las tareas
domésticas o de mantenimiento. En tiempos de Almanzor,
dicen las crónicas, había en total 159 personas al servicio
de la mezquita aljama de Córdoba.
El personal religioso está compuesto por un imán, un jatib,
varios almuédanos y los lectores del Corán o mucríes. |
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El imán es el
jefe o guía de la oración, para lo cual se coloca delante de la primera fila de orantes,
junto al mihrab y el almimbar. Se trata de un personaje cultivado en materia de religión
y con una excelente reputación de hombre piadoso. Es elegido por el califa, que es el
imán supremo.
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El
jatib es el predicador, aquél que pronuncia
el sermón. Se coloca en pie sobre el almimbar con un bastón
en la mano, símbolo de mando heredado del profeta Mahoma.
El sermón o jutba es pronunciado en la oración
de los viernes a mediodía y en algunas festividades especiales.
Se pronuncia en nombre del califa y contiene proclamas
religiosas e incluso políticas.
Los almuédanos se
turnaban en la labor de llamar a la oración a los fieles cinco veces al día. Para ello
subían a la terraza superior del alminar y gritaban dos veces seguidas una serie de
fórmulas religiosas: «Alá es más grande, testifico que no hay más dios que Alá,
testifico que Mahoma es el enviado de Alá, venid a la oración, venid a la salvación, no
hay otro dios sino Alá». Estas personas, dotadas de una voz potente, debían estar muy
atentos a las horas precisas de cada oración. Los viernes también se colocaban
almuédanos en las puertas de la aljama para hacer una segunda llamada y prevenir a los
fieles del inicio inmediato del oficio.
Los lectores del Corán
se encargaban de recitar las suras del Corán en las festividades religiosas y las noches
de Ramadán, el mes de ayuno.
El personal de servicio o los «domésticos» (qawama)
de la mezquita se ocupaban de mantenerla limpia y de su vigilancia. Tenían que barrerla,
sacudir las esteras o alfombras y sustituirlas cuando fuese necesario; los faroleros
tenían que lavar los candiles o lámparas y rellenarlos de aceite, reponer las velas y,
además, encenderlos y apagarlos; los porteros y vigilantes cuidaban del orden en el
interior y guardaban las puertas y el tesoro. Además, había en plantilla albañiles para
reparar lo que hiciera falta en la mezquita y en las salas de abluciones. Cerca de la
mezquita existía una Casa de los Qawama.

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