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Desde mediados de los años ochenta, tal como ha sucedido en muchos otros países, en España se ha realizado un proceso de profunda renovación y transformación de los museos. Después de la Segunda Guerra Mundial, la nueva museología empezó a otorgar un papel activo al espectador, convirtiéndolo en el nuevo protagonista. Esto implicó cambios en los espacios de los museos y una más intensa participación de los arquitectos que, con su obra, conformaban la primera gran pieza hermenéutica: el contenedor. España también se ha incorporado a la eclosión de los nuevos museos, que responden a una nueva generación y que son muy distintos
a los tradicionales; hemos pasado del académico museo institución al contemporáneo museo activo.
En este proceso de renovación y eclosión museística destacan muchos fenómenos, entre ellos la consolidación de los cuatro museos nacionales de arte de España, dos de ellos nuevos, complementando la primacía de la pinacoteca del Museo del Prado, es decir, el Reina Sofía (MNCARS) y el Thyssen-Bornemisza, y un cuarto en Barcelona, el Museu Nacional d'Art de Catalunya (MNAC), resituado en el Palacio Nacional y remodelado a lo largo de veinte años, entre 1985 y 2005.
Otro hecho muy destacable es la proliferación de museos de arte contemporáneo en muchas capitales españolas, ya sean estos de nueva planta o ya se hayan realizado rehabilitando edificios históricos.
España, por lo que respecta al coleccionismo de arte histórico, es uno de los países con unas mejores colecciones. En cambio, el coleccionismo de arte contemporáneo es bastante insuficiente. Este terreno de la contemporaneidad viene compensado por la calidad de la arquitectura española, que ha generado edificios tan representativos como el Museo Guggenheim en Bilbao, de Frank Gehry, y toda una larga serie de museos entre los cuales los más destacables posiblemente sean el Museo de Altamira, de Juan Navarro Baldeweg, y el Museo de Arte Romano en Mérida, de Rafael Moneo, las realizaciones de arquitectura de museos de mayor calidad en España, instituciones que han tenido una gran influencia social, y obras de dos autores expertos en arquitectura de museos.
Para tratar la arquitectura de los museos de arte contemporáneo, y algunos casos afines, los vamos a dividir en: reutilizaciones, ampliaciones y museos de nueva planta.
Reutilizaciones
Otro fenómeno destacable, símbolo de la condición posmoderna, es la rehabilitación de edificios patrimoniales como contenedores de museos, convirtiendo antiguos palacios, fortificaciones o conjuntos industriales en recintos para conservar y presentar colecciones. Podríamos decir que las políticas de rescatar el patrimonio arquitectónico han sintonizado muchas veces con el programa de usos de un museo, ya sean de historia o de arte.
Un
primer caso digno de tener en cuenta es la Fundació Antoni Tàpies,
que se sitúa en la antigua editorial Montaner y Simon, en el ensanche
de Barcelona, proyectada por Lluís Domènech i Montaner en 1879,
que fue remodelada al efecto por Lluís Domènech y Roser Amadó.
En su cubierta está la escultura Núvol i cadira, de Tàpies.
En este caso se explora con acierto el contraste entre la histórica
arquitectura modernista y el contrapunto del arte contemporáneo:
las formas y texturas de las obras de Antoni Tàpies.
Un ejemplo emblemático de reutilización inteligente es el del
Tinglado 2, un antiguo almacén neoclásico en el puerto de Tarragona,
que en vez de remodelarse para el consumo se ha dedicado a
exposiciones de artistas invitados —como Eva Lootz o Anne y Patrick
Poirier—, que se instalan por unos meses y presentan su propia
interpretación del espacio, junto al mar.
Un magnífico ejemplo por su arquitectura y por su actividad es la
Casa Encendida de Madrid, promovida por Caja Madrid, que se inauguró
a finales del año 2002, según proyecto de Carlos Manzano, quien
reconvirtió el edificio eclecticista diseñado por el arquitecto
Fernando Arbós (e inaugurado en 1902) en un centro dedicado a
diversos contenidos multidisciplinares y artísticos dirigidos a un
público amplio. En el caso de la Casa Encendida, más que la calidad
arquitectónica de la intervención, lo que destaca es el contraste
entre el edificio eclecticista y la fuerza e innovación de las
actividades de vanguardia que allí se desarrollan. La Casa Encendida
se encuentra en la Ronda de Valencia, cerca del eje de los museos de
Madrid que, desde la plaza de la Cibeles, llega hasta el Reina Sofía
y puede prolongarse hasta este centro de arte y cultura.
El Museo de Arte Contemporáneo Español Patio Herreriano de
Valladolid (2000-2002), según proyecto de Juan Carlos Arnuncio y
Javier Blanco, se sitúa junto a dicho espacio renacentista de Juan de
Ribero Rada, con una excelente colección de arte contemporáneo
español y un magnífico programa de actividades. Sin embargo, el nuevo
sistema de salas creado, lamentablemente, es demasiado cerrado y
genera un espacio neutralizado y sin cualidades.
El
Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC) en Sevilla, se sitúa
en los magníficos espacios de la antigua cartuja y se desarrolla
en planta baja en un amplio recorrido. Y el CAC, Centro de
Arte Contemporáneo de Málaga, fue inaugurado en el 2003 y se ha
instalado en el antiguo Mercado de Mayoristas, en el centro de
la ciudad de Málaga y junto a la desembocadura del río Guadalmedina.
Es Baluard o Museo de Arte Moderno y Contemporáneo, en Palma de
Mallorca, se ubica dentro del baluarte de la muralla renacentista del
mar, generando preciosos espacios públicos alrededor de la entrada y
unas salas longitudinales iluminadas cenitalmente que van
descendiendo hacia las bases de la fortificación. Inaugurado en el
año 2003, es obra del arquitecto Luis García Ruiz, ha sido construido
con fondos públicos y sirve para presentar la colección privada del
editor de prensa Pedro Serra.
El
Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM), en Las Palmas de Gran
Canaria, fue inaugurado en 1989 y proyectado por Francisco Javier
Sáenz de Oiza, inscribiendo los nuevos espacios blancos del museo
de arte dentro de una casona colonial del siglo
XVIII, situada
en el barrio histórico de Vegueta. Sáenz de Oiza introdujo en
el interior un nuevo sistema de salas con luz natural mediante
una estructura metálica ligera, que se organiza en torno a un
patio central.
Otra obra sumamente interesante es la reconversión del convento de
las Capuchinas en Museo de Bellas Artes de La Coruña (1989-1995)
según proyecto de Manuel Gallego, que consigue introducir con
sabiduría un programa espacial muy complejo dentro de los límites
históricos del convento.
En
1998, los arquitectos Felipe Artengo, Fernando M. Menis y José
María Rodríguez-Pastrana remodelaron los antiguos tanques de Cepsa
en el barrio de Cabo Llanos en Santa Cruz de Tenerife como centro
de arte, y el Espacio Cultural Tanque, creando un nuevo acceso
con una base semienterrada de hormigón armado.
En Malpartida, cerca de Cáceres, en un entorno natural fascinante y
aprovechando un antiguo lavadero de lanas de la transhumancia, el
artista alemán Wolf Vostell (1932-1998) fundó en 1976 el Museo
Vostell Malpartida. Vostell, miembro del movimiento Fluxus, instaló
inicialmente obras suyas en el interior y las espació por el paisaje.
Los fondos fueron ampliados con la Colección de Artistas Conceptuales
y con la Colección Fluxus, donada por Gino di Maggio en 1996 e
inaugurada en 1998. Situada en el paisaje, con la arquitectura
existente y con sus obras, Vostell planteó un magnífico lugar de
encuentro entre arte, vida y naturaleza.
Ampliaciones
Entre las reutilizaciones de edificios históricos y los museos de
nueva planta se sitúan condiciones intermedias e híbridas: museos en
edificios históricos que luego se amplían, como el MNCARS, o
edificios de nueva planta que requieren paulatinas ampliaciones, como
es el caso de IVAM, Institut Valencià d'Art Modern de Valencia.
Creado en 1984 e inaugurado en 1989 como un edificio de nueva planta
proyectado por Emilio Giménez, V. García, J. Murcia, Carlos Salvador
y Chimo Sanchis, ha necesitado de una ampliación en los años noventa
y tiene un proyecto de crecimiento como cubo gigante, muy discutible,
de Kazuyo Sejima.
El MNCARS, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, después de
diversas intervenciones titubeantes, se ha ido consolidando como
centro de arte en tres fases. La primera transformación fue a raíz
del proyecto de restauración de Antonio Fernández Alba entre 1980 y
1986, y la segunda transformación, a partir de 1987, bajo los
criterios de Antonio Vázquez de Castro y José Luis Íñiguez de Onzoño,
que fue inaugurada en 1992. Todo este proceso paulatino de
remodelación se centró en el antiguo e incompleto Hospital General de
San Carlos proyectado por Francisco Sabatini a finales del siglo
XVIII, organizado en torno al
gigantesco patio. En la segunda fase de intervención se añadieron dos
torres de ascensores, con formas transparentes y de alta tecnología,
obra del arquitecto británico Ian Ritchie, situados en la fachada
principal como elementos representativos. Los fondos iniciales del
Reina Sofía, constituido como organismo autónomo en 1990, fueron los
del antiguo Museo Español de Arte Contemporáneo (MEAC), junto a
colecciones que se han ido adjuntando, como las de Dalí y Miró, y a
la pieza singular del Guernica, de Picasso.
Más tarde se ha realizado una tercera intervención: la ampliación
proyectada por Jean Nouvel, para incluir más salas y, sobre todo,
introducir los servicios modernos que un gran museo necesita. La
opción presentada por Jean Nouvel, ganadora del concurso
internacional convocado en 1999, consiste en un gran contenedor,
similar a los que ya ha realizado en otros contextos, como el centro
comercial de Euralille, en Francia. Se trata de una gigantesca y
megaestructural marquesina triangular que articula la fachada oeste y
la espalda del gran claustro del hospicio hacia el resto de la ciudad
y que crea un gran patio cubierto, iluminado por lucernarios
rectangulares que potencian auténticos pozos de luz. La gran cubierta
en voladizo alberga debajo de ella los módulos de los espacios
dedicados a tres funciones en tres grandes volúmenes:
biblioteca-centro de documentación, auditorio-cafetería y salas para
exposiciones temporales, en torno al gran patio. El proyecto
realizado expresa las cualidades de la obra de Nouvel y la potencia
de su arquitectura, sin embargo este nuevo contenedor tiene algo de
desproporcionado y brusco. El sobrediseño y dureza de los espacios de
circulación contrasta con el cuidado tratamiento y adecuada
proporción de las salas de exposición temporal.
La opción de la ampliación del Reina Sofía es la del museo entendido
como gran contenedor, como caja megaestructural de alta tecnología en
cuyo interior es posible ir introduciendo cambios y mejoras. El museo
como contenedor aporta un espacio neutro, de alta implementación
tecnológica, de máxima plurifuncionalidad y capacidad de
transformación, ya que se considera que esta es la mejor respuesta al
carácter cambiante del museo.
Museos de nueva planta
Entre los museos de nueva planta destacan cuatro obras maestras.
En primer lugar, el Museo de Arte Romano, dentro del conjunto
arqueológico monumental de Mérida (1980-1986) proyectado por Rafael
Moneo, que constituyó la ocasión culminante para redefinir el museo
como síntesis tanto de la recreación tipológica mediante un sistema
repetitivo de naves, salas y pasarelas, como de la capacidad de
expresión del contenido, por su forma de almacén de restos
arqueológicos, sus referencias a las grandes dimensiones de los arcos
romanos y su textura inspirada en los muros de ladrillo. Además, en
este caso se consiguió una obra maestra en la ajustada y adecuada
relación entre la forma de los espacios, la museografía de vitrinas,
peanas y soportes, y las cualidades de las piezas arqueológicas.
Rafael Moneo es el arquitecto español más experto en proyectar museos
y es autor, entre otras obras, de la Fundació Pilar i Joan Miró en
Palma de Mallorca y de la ampliación del Museo del Prado, en Madrid,
a punto de culminarse.
El Centro Gallego de Arte Contemporáneo en Santiago de Compostela
(1988-1993), de Álvaro Siza Vieira, partía de la indeterminación del
programa y adoptó una forma de planta triangular que le permite
enroscarse sobre sí mismo, adaptarse a la memoria de la ciudad
aportando sus muros de piedra y situarse en el jardín histórico
existente, remodelado por el mismo Siza, junto al convento de Santo
Domingo de Bonaval.
El Museo Guggenheim de Bilbao, promovido por el Gobierno
Vasco y
proyectado por Frank Gehry, es una de las más impresionantes apuestas
arquitectónicas de los últimos años en España. El edificio puede ser
considerado el resultado de tres posiciones artísticas: el organicismo,
el surrealismo y el pop art. De hecho, existe una línea de
influencias que va del objeto encontrado de Duchamp, pasa por las
iconologías de objetos de consumo del pop art norteamericano y
llega hasta las obras de Frank Gehry. Tras el aparente caos de
formas, se puede descubrir, sin embargo, que los espacios del museo
de Bilbao son una síntesis explícita de los diversos tipos de
concepción museográfica que han confluido a finales del siglo
XX: el mantenimiento de las
salas tradicionales en enfilada para exponer los formatos
tradicionales de los cuadros del arte moderno; la recreación del
ámbito del taller del artista en la sala gigante en planta baja que
se inauguró con un diálogo con la obra de Richard Serra y que puede
albergar obras de gran formato del pop y del minimal;
la definición de espacios de doble altura y forma singular para
instalaciones, colecciones concretas o muestras individuales; el uso
de rincones o lugares de paso para instalaciones artísticas
singulares, colecciones de fotografía o vídeo instalaciones; y la
configuración de grandes salas neutras en planta baja para
exposiciones temporales de visita masiva. Con esto se demuestra la
habilidad de Frank Gehry para situar dentro del gran complejo
arquitectónico la mayor diversidad de tipos de espacios museísticos,
para albergar los muy diversos formatos que adoptan las exposiciones
de arte contemporáneo.
El Museo de las Cuevas de Altamira en Santillana del Mar (1995-2001)
de Juan Navarro Baldeweg, que alberga la réplica de la cueva
originaria, la llamada «neocueva», y que posee una forma escalonada
que no quiere interferir en el paisaje, que quiere ser cueva
sumergiéndose en la tierra, que adopta una estructura que quiere
desmaterializarse al máximo. El museo no sólo se hunde en el terreno,
sino que sus materiales, piedra natural y revoco de color ocre,
mimetizan la materialidad del entorno, y su cubierta, escalonada y
protegida con hierba, sigue las pendientes naturales. El espacio
interior del museo está caracterizado por los ejes de los lucernarios,
y en su punto culminante, en la entrada a la réplica de la cueva, en
el lugar donde se observa el exterior del paisaje desde el interior
de la reproducción de las pinturas primitivas a través de un cristal,
el museo muestra su carácter de marco o gran espejo, puerta o
ventana, un filtro que relaciona dos paisajes: el exterior —natural y
real— y el interior como réplica artificial de la cueva y de los
remotos inicios del arte.
Entre los museos de arte de nueva planta están, además, el MACBA,
Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, que representa el extremo
del museo de nueva planta que muy poco tiene que ver con su entorno y
que se refiere, esencialmente, a sí mismo. Obra de Richard Meyer y
proyectado en 1988, se asemeja a toda la obra del arquitecto y la
inspiración en el maestro Le Corbusier en este caso se toma del
convento de La Tourette, cerca de Lyon, como referente. Tras años de
indefinición museística, el MACBA empezó a funcionar con energía a
partir de finales de los años noventa, bajo la dirección de Manuel
Borja-Vilell.
Y el MUSAC, Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León,
proyectado por Emilio Tuñón y Luis Moreno Mansilla, dispone de un
exceso de metros cuadrados y de volumen, con unos espacios poco
adecuados para funcionar como museo o sala de exposiciones, pero que
por una capacidad inusitada desde su dirección para generar
actividades de vanguardia se ha convertido en un referente.
Artium, el Centro-Museo Vasco de Arte Contemporáneo, en Vitoria, fue
proyectado por José Luis Catón en el centro de la ciudad, con una
arquitectura convencional que crea una gran plaza pública sobre sus
salas semihundidas.
Conclusiones
En este período posmoderno ha predominado la tendencia al retorno
a los centros históricos y a la recuperación de los viejos
contenedores, remodelando y ampliando los museos históricos,
reutilizando palacios o iglesias para integrarlos a los museos e
incorporando fábricas, almacenes, estaciones y otros edificios de la
arquitectura industrial y del hierro como contenedores de nuevos
museos.
En definitiva, todos estos ejemplos y muchos otros que podríamos
analizar nos demuestran que el museo actual es totalmente distinto
del clásico. Por la forma del museo, que ha variado completamente,
pasando a ser más compleja y dispersa, llena de actividades, en el
que lo que se expone es una pequeña parte de lo que se conserva y en
el que la parte destinada a exposiciones es pequeña en relación a los
espacios dedicados a administración, reserva y almacén, restauración
y catalogación, sala de conferencias, salas de exposiciones
temporales, talleres, bar-cafetería-restaurante y tiendas. Se ha
producido una total mutación tipológica de esta institución. Por la
relación con el público, el museo ahora es activo, genera nuevas
actitudes en el espectador, pide la máxima intervención de los
visitantes y sus contenidos se van renovando continuamente; el museo
es cada vez más un lugar de influencia social. Por la relación del
museo con la ciudad, el entorno y la sociedad, es generador de
espacios urbanos y polo de atracción e influencia para visitantes,
expertos, escolares y turistas.
Con el tiempo, la clave de los museos ha consistido en aportar
urbanidad, enriquecer la representatividad y fomentar la vida
colectiva. Los museos y las colecciones se han convertido en el polo
de atracción turístico más decisivo, pero también, por su voluntad
social y pedagógica, se han consolidado como el elemento básico para
conseguir que los ciudadanos se sientan miembros de ciudades que
tienen cultura y capacidad creativa. La definitiva mutación
tipológica del museo ya es irreversible: ha dejado de ser una
organización estática y académica, y ha pasado a ser un lugar en
continua transformación, con unos principios siempre relativos y
revisables, una multiplicidad de modelos y formas que tantísimo tiene
que ver con el carácter diverso, poliédrico y multicultural de las
sociedades del siglo XXI. Por ello, los museos de las ciudades españolas constituyen,
en la mayoría de los casos, piezas de atracción para visitantes y de
satisfacción y orgullo para su ciudadanía.
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Josep Maria Montaner (Barcelona, 1954) es doctor arquitecto y catedrático de la Escuela
de Arquitectura de Barcelona, de la Universitat Politècnica de
Catalunya. Es director del máster «Laboratorio de la vivienda del
siglo XXI» y autor, entre otros libros, de Después del movimiento moderno. Arquitectura de
la segunda mitad del siglo XX (5.ª edición, 2002); La modernidad superada. Arquitectura, arte y
pensamiento del siglo XX,
(4.ª edición, 2002); Las formas del siglo
XX, (2002); y Museos
para el siglo XXI (2003), todos ellos publicados por la
editorial Gustavo Gili de Barcelona. |
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