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Actos culturales

  El jardín andalusí

  Jardines de la Córdoba califal

 
 

 

En Córdoba existían jardines y parques públicos que servían de espacio de recreo a todos los ciudadanos. Uno de los más famosos era el llamado Hayr al-Zayyali, situado al exterior de la Puerta de los Judíos, al norte de Córdoba, no lejos del cementerio de Umm Salama. Se trataba de una finca que había pertenecido a Abu Marwan al-Zayyalí, un personaje rico y culto que, a su muerte, la legó a la ciudad para que se convirtiera en un jardín público, abierto a todos los cordobeses. El parque recibía su nombre de un bello pabellón o quiosco (hayr) que había en él. Según la descripción de Ibn Jaqan el pabellón era el más admirable y hermoso de los lugares de recreo, y el más completo y perfecto desde el punto de vista estético. Su patio era de mármol de un blanco muy puro; un arroyuelo lo atravesaba como una serpiente de vivos movimientos; un aljibe recogía esas limpias aguas. El techo de ese pabellón estaba decorado con oro y lapislázuli y zócalos de los mismos materiales cubrían los muros y los vanos. El jardín (rawd) tenía avenidas de árboles armoniosamente trazadas y sus flores sonreían dulcemente en los capullos; el sol no podía ver la tierra y la brisa se cargaba de perfumes al soplar desde el jardín.

El parque era también famoso por las dos tumbas que albergaba: la del propio al-Zayyalí y la del célebre poeta Ibn Suhayd, quienes quisieron prolongar su amistad enterrándose juntos en el lugar donde tantas veces se habían reunido a charlar y pasear.

La presencia de estas tumbas en un jardín no ha de extrañarnos, como ya dijimos a propósito de la Rawda Califal, puesto que los propios cementerios cordobeses servían de lugar de esparcimiento en días festivos. Según relatan las fuentes eso sucedía sobre todo en el Cementerio del Arrabal, situado al otro lado del Guadalquivir, cuya visita constituía una actividad de carácter lúdico muy apreciada por los cordobeses. Se trataba de un lugar agradable puesto que muchas de las tumbas de personajes importantes estaban rodeadas de recintos ajardinados, denominados rawdas. Así, cada viernes después de la oración del mediodía, todos los cordobeses, mujeres y hombres, cruzaban el puente y acudían al cementerio, donde, con la excusa de



JARDINES DEL ALCÁZAR CRISTIANO DE CÓRDOBA



CÓRDOBA. ALBOLAFIA O NORIA DEL GUADALQUIVIR

De hecho, esta actividad llegó a ser denunciada por los alfaquíes y los defensores de la moral en Sevilla en el siglo XII, porque se llegaba a vender vino y las mujeres eran acosadas por seductores y libertinos. En Málaga, el cementerio de Gibralfaro parecía un auténtico vergel, según indican algunos autores árabes. 

Este fenómeno se reproducía en otros lugares, como en Fustat, el Viejo Cairo. En el cementerio de al-Qarafa, en época fatimí (siglos X-XI), los mausoleos de ciertos importantes miembros de la familia fatimí, de sabios o de compañeros y descendientes del Profeta, contenían jardines, albercas y habitaciones acondicionadas para los vivos; alguno tenía incluso un baño. Esto hace sospechar que servían como lugar de solaz y recreo de los notables, quienes así escapaban de las apreturas de El Cairo.

Por las orillas del Guadalquivir, al igual que en el resto de los ríos de Al Ándalus, había diseminadas multitud de norias fluviales, ruedas hidráulicas o aceñas, azudas y molinos, ingenios que, accionados con ayuda de animales o por la corriente del río, extraían agua para regar campos y jardines. Todos esos lugares de la ribera, dentro y fuera de la ciudad, al igual que las ruinas y los jardines de las almunias emirales o califales, se convirtieron en los siglos XI y XII en lugares de paseo y de esparcimiento muy estimados por los cordobeses. Ibn Zaydun, un poeta del siglo XI, recuerda sus citas amorosas junto a las albercas y azudas de aquellas almunias y en uno de sus versos cita la más famosa:

Que las flores de al-Rusafa no dejen jamás de ser regadas por las lágrimas de una nube.

 
     


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