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Las almunias eran
residencias campestres, a veces verdaderos palacios, situados
a las afueras de la ciudad. No eran sólo grandes fincas de
recreo rodeadas de extensos jardines bien irrigados, sino
también importantes explotaciones agrícolas o ganaderas que
producían cuantiosos beneficios al propietario. Una de las
más antiguas de Córdoba era la almunia al-Rusafa, edificada
por el emir Abd al-Rahman I (756-788) al norte de la capital.
En ella, según las fuentes, se plantaron plantas exóticas
y árboles traídos de Siria y otras regiones por los agentes
del emir, entre ellos una palmera y unos granados que daban
gruesos frutos, variedad que fue conocida desde entonces como
granada rusafí, por proceder de la Rusafa siria, o
granada safarí, en recuerdo de Safar, la persona que,
al parecer, la introdujo en la provincia de Málaga. Esas nuevas
especies, incluida dicha granada, se aclimataron en esta almunia
y después se expandieron por la Península.
Otra almunia muy famosa fue la
de al-Na‘ura o de la Noria, construida por el
emir Abd Allah (888-912). Ésta fue ampliada y embellecida
en el siglo X por Abd al-Rahman III, que la convirtió en su
residencia preferida antes de construir Madinat al-Zahra’.
Pertenecían a ella los restos encontrados por D. Félix Hernández
en 1957 en el Cortijo del Alcaide y otros encontrados recientemente
cerca de allí. Sus jardines estaban irrigados por el agua
que una gran noria extraía del Guadalquivir.
El mismo emir
construyó la almunia al-Nasr o de la Victoria, situada
asimismo junto al río. Toda la orilla estaba plantada de olivos
y servía de paseo a los elegantes, según las fuentes:
«siempre
había gente paseando bajo las sombras de los árboles por la
frescura del lugar».
Durri el Chico,
el fatá o gran oficial de origen esclavo de al-Hakam II, construyó
una almunia llamada al-Rumaniyya, que regaló luego
al califa al-Hakam (en 973). Según los autores árabes, ésta
había sido una «creación personal suya, su lugar de retiro
y la inversión de todo su caudal».
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MINIATURA DEL MANUSCRITO DE
LA HISTORIA DE BAYAD Y RIYAD, AL ÁNDALUS (S. XIII)
BIBLIOTECA APOSTÓLICA VATICANA, ROMA
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MINIATURA DEL MANUSCRITO DE
LA HISTORIA DE BAYAD Y RIYAD, AL ÁNDALUS (S. XIII)
BIBLIOTECA APOSTÓLICA VATICANA, ROMA
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«Había llegado en ella al colmo de la perfección», era tan
bella y bien dispuesta que el califa acudía allí con frecuencia.
Poseía jardines bien regados y tierras de labor que reportaban al
fatá pingües beneficios. Las ruinas de esta almunia fueron excavadas
en 1910 por D. Ricardo Velázquez Bosco y destruidas más tarde por
las obras de un cortijo. Ocupaba un área de 4 hectáreas a los pies
de la Sierra de Córdoba, al oeste de Madinat al-Zahra’. Se niveló
el terreno mediante terrazas y se situó en la más alta el edificio
residencial, cuya estructura era más modesta pero similar al de
Madinat al-Zahra’, y bajo ella una gran alberca de la que aún se
conservan parte de los muros perimetrales. Otra almunia ha sido
localizada en la finca de Turruñuelos, al noroeste de Córdoba, con
nada menos que once hectáreas y media de extensión.
Las grandes mansiones
del interior de la ciudad también poseían sus jardines, que hoy
podemos imaginar gracias a un relato de Ibn Hazm en su obra
titulada El collar de la paloma. En unas líneas recuerda una fiesta
familiar que se celebró en sus casas del arrabal oriental de Córdoba.
Las mujeres pasaron el día en casa y por la tarde se trasladaron
a un torreón que había en la finca y que hacía las veces de mirador.
Poseía éste unos ventanales con celosías o ajimeces desde los que
se dominaba el jardín de la casa y se podía divisar toda Córdoba
y su vega. Tras contemplar el paisaje, las mujeres bajaron al jardín,
donde las más ancianas pidieron a una joven esclava que cantara
acompañada del laúd. La contemplación de la naturaleza era uno de
los placeres más arraigados en la sociedad andalusí, así lo demuestra
este relato y también la organización de los jardines de la ciudad
palatina de Madinat al-Zahra’.
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