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Ilustración infantil

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La mayoría de las grandes obras de la literatura son deudoras del acierto pleno en la construcción de un personaje redondo, con vida propia, que capta el interés y aun la devoción de los lectores. Don Quijote, Hamlet, Ulises, Don Juan, Madame Bovary, Holden Caulfield… Si a los seres humanos nos apasionan las historias, es en buena parte por eso: porque en ellas se reflejan los conflictos y las aspiraciones de los hombres, de los lectores, encarnadas en unos personajes cercanos, convincentes, extraordinarios, que llegan a convertirse en modelos, ejemplares o no, del comportamiento humano. Es difícil encontrar grandes obras sin grandes personajes.

«Munia y la luna». Ilustración de Asun Balzola.

En la literatura infantil sucede lo mismo. Los cuentos de hadas nos regalaron el protagonismo de personajes inmortales —Caperucita, Blancanieves, Cenicienta, Pulgarcito— y después, a lo largo del siglo XIX distintos autores consiguieron crear, con la pluma —y a veces también con el pincel— otros protagonistas extraordinarios que han pasado al imaginario colectivo, aunque no siempre se dirigieran específicamente a los niños: Alicia, Robinson Crusoe, Huck Finn, Gulliver, Jim Hawkins, Heidi, Sherlock Holmes, Mowgli, Tom Sawyer, la Sirenita, Miguel Strogoff, el Patito Feo, Tarzán, etc. A lo largo del siglo XX fue creciendo esa nómina de héroes literarios infantiles de alcance universal: el conejo Perico, Peter Pan, Mary Poppins, el Principito, Guillermo, Babar, Frodo Bolsón, Pipa Calzaslargas, el pequeño Nicolás, Momo, Rudiger, Matilda, Elmer y Harry Potter, entre otros.

Llama la atención que la mayoría de los personajes citados pertenezcan al ámbito geográfico anglosajón o del norte de Europa, y muy pocos al mundo latino, mediterráneo. Habrá que dar la razón a Paul Hazard y su teoría «climática» de la creación literaria, expuesta en su famoso ensayo Los libros, los niños y los hombres: los países nórdicos, con sus días cortos, sus noches largas que invitan a la lectura o a la escritura, las atmósferas vaporosas y poéticas de sus paisajes melancólicos, son más proclives a la escritura de corte imaginativo y fantástico, a la invención de aventuras. Mientras que los países mediterráneos, coloristas, vitalistas, sensuales y de clima benigno y alegre, son más apropiados para vivir la aventura de la vida sin necesidad de imaginar mundos posibles. En cualquier caso, la realidad está ahí. Nuestros personajes infantiles, sin duda de gran categoría, pocas veces han alcanzado una aceptación universal.

Principales personajes españoles

«El vuelo del señor Popol». Ilustración de Judith Morales y Adrià Gódia.

Si establecemos una relación cronológica de los principales personajes españoles del siglo XX por décadas, comprobamos que, aunque tuvieron una indudable y merecida popularidad en su momento, han envejecido y raramente han traspasado fronteras temporales: son hijos de su tiempo y no han llegado, excepto los más recientes, al siglo XXI. Otro rasgo significativo es que la mayoría de ellos provienen de una literatura más cercana al realismo que a la fantasía.

Años 10: Platero, de Juan Ramón Jiménez, ilustrado por muy diversos artistas a lo largo del siglo, desde Fernando Marco a Juan Ramón Alonso. Sin entrar en la polémica de si es o no una obra infantil, el burrito Platero ha hecho las delicias de varias generaciones de niños. Los animales, sean salvajes o mascotas, siempre se han llevado bien con los pequeños.

Años 20: Pinocho, de Salvador Bartolozzi. Estamos, quizá, ante el más importante personaje español ilustrado del siglo. Un héroe quijotesco y muy español (más que el cocido, decía su autor), valiente, viajero y vitalista. Su imagen gráfica, sencilla, de líneas rectas y colores puros, cercana a la estética de las vanguardias históricas, resultó definitivamente renovadora en el panorama de la ilustración española del momento.

Años 30: Celia, de Elena Fortún, que ilustraron Boni, Molina Gallent, Palacios, Regidor y otros. De la misma década, también Cuchifritín, el hermano de Celia, que sobre todo ilustró Serny. Celia, la niña de la República, es un magnífico personaje, pero sólo literario, apenas ilustrado. Acerca el punto de vista infantil a los sucesos que se narran. Es una niña madrileña de clase media, llena de curiosidad, sinceridad, ironía y opiniones propias.

Años 40: El final de la década nos trae a Antoñita la fantástica, de Borita Casas, a la que dieron vida varios ilustradores, principalmente Zaragüeta. Es la niña de la postguerra, la chica imaginativa, espontánea, coloquial y alegre que se hizo muy popular en aquellos años difíciles. Como Celia, no ha quedado de ella una imagen especialmente característica.

Años 50: Marcelino Pan y Vino, de Sánchez Silva, al que puso rostro Goñi.

Años 60: La serie de Óscar, de Carmen Kurtz, ilustrada sobre todo por su hija Odile.

Años 70: Coleta, de Gloria Fuertes, surrealista personaje nacido en décadas anteriores, pero que cobra nueva vida gracias a la nueva y deliciosa caracterización que de ella hace Ulises Wensell. Los últimos 70 nos regalaron también los primeros ejemplares de la serie de Teo, del nombre colectivo Violeta Denou (formado por Asun Esteban, Carlota Goyta y Ana Vidal).

Años 80: Es la década de la intimista Munia, de Asun Balzola, un verdadero personaje en el que tiene tanta importancia el texto como la ilustración, y no hay muchos así. Surge asimismo el joven detective Flánagan, de Andreu Martín y Jaume Rivera. Nacen también Las tres mellizas, de Mercé Company, con ilustraciones de Roser Capdevila, que se hicieron muy populares como dibujos animados en la década siguiente.

Años 90: El indiscutible personaje del momento es Manolito Gafotas, de Elvira Lindo, ilustrado por Emilio Urberuaga. El descarado, charlatán y tierno Manolito, y su manera de entender la vida, quedará como un fresco costumbrista del fin de siglo.

A través de estos ejemplos y otros que vienen a continuación, puede afirmarse que nuestros escritores e ilustradores han sabido captar los rasgos de la infancia eterna, del niño eterno: rebelde; siempre dueño de un mundo propio e independiente de los adultos; crítico a través de su lógica aplastante; sensible, alegre, curioso, aventurero, imaginativo, un poco surrealista, noble y de gran corazón. Pero sin olvidar que ese «niño eterno» es también hijo de su tiempo y casi nunca —en el lenguaje, en las costumbres, en su visión del mundo— consigue trascender espacio y tiempo, llegar a ser modelo para generaciones posteriores, convertirse en clásico, en personaje universal.

Hacia una tipología de los protagonismos

Basándonos en los estudios de Cubells, cabe el esbozo de una posible clasificación tipológica de los personajes escogidos por los ilustradores españoles, que nos llevará a la enumeración de otros protagonismos infantiles desarrollados a lo largo del siglo. Seguramente muchos de ellos no tan redondos ni famosos como los anteriores, pero sin duda dignos de mención y con indiscutibles valores plásticos. Muy sucintamente, se pueden señalar dos grandes corrientes: la Fantasía y el Realismo. «Teo hace de canguro». Ilustración de Violeta Denou.

a) Fantasía:

Personajes tomados o inspirados de los cuentos clásicos. Junto a todos los fantasmas, duendes, monstruos, dragones, magos y princesas del mundo, destacamos el Peter Pan, de Miguel Calatayud; El traje nuevo del emperador, de Francesc Infante; y El temible Safrech, de Ricardo Alcántara, dibujado por Javier Serrano.

Personajes desmitificados. El secreto del lobo, de Fernando Alonso, ilustrado por José Ramón Sánchez; la serie «Nana Bunilda», de Mercé Company, ilustrada por Agustí Asensio; y La Cenicienta rebelde, de Javier Olivares.

Objetos que cobran vida. Siguen la estela de Andersen y su Soldadito de plomo. Ya hemos hablado del Pinocho, de Bartolozzi. Cabe citar aquí El muñeco de papel, de Mercé Llimona; y El caballito que quería volar, de Marta Osorio, con ilustraciones de Mayte Miralles.

Animales humanizados. Su origen está en las fábulas clásicas. Entre los históricos, Pipa, de Bartolozzi. Entre los modernos, las Memorias de una gallina, de Concha López Narváez, ilustrado por Juan Ramón Alonso. Y Coco, el cocodrilo tímido de Emilio Urberuaga.

Ciencia ficción, extraterrestres... No tenemos, por desgracia, ningún Principito. Pero entre los robots y supermáquinas españolas, podemos citar a Chuic, el robot nacido de un beso entre una computadora y un ordenador, de Juan Antonio de Laiglesia, ilustrado por D’arrac.

Personajes de humor y disparate. Entre los históricos, el magisterio de Lola Anglada y su versión de Alicia. Entre los modernos, los incalificables Batautos, de Consuelo Armijo, ilustrados por Marta Balaguer; y la curiosa Familia Mic, de Pacheco, con ilustraciones de Ana López Escrivá.

b) Realismo:

Protagonismo en la vida cotidiana. Este es el sitio de los costumbrismos (Celia, Antoñita, Manolito), y de otros protagonistas proclives a los conflictos o historias familiares, escolares o, en ocasiones, de corte psicológico. Por ejemplo, el inolvidable Jujú, protagonista de El polizón del Ulises, de Ana María Matute, ilustrado por Hugo Figueroa. Y también Las fotos de Sara, de Gabriela Rubio; y Mateo, de Peixe.

Seres humanos «intencionados» o con una misión que cumplir. Son los héroes históricos, los héroes aventureros, etc.: el Colón, de Segrelles; el ya citado Óscar... Entre los álbumes ilustrados actuales, destaca Leopold, el joven empeñado en volar, manuscrito y dibujado por Francis Meléndez.

Animales y mascotas. Además de Platero, está Polvorón, de Vallverdú, con ilustraciones de Narmas; y El primer pájaro de Piko-Niko, de Fernando Krahn.

Protagonismo grupal. Un buen ejemplo fue la ambiciosa serie de los Blok, de Montserrat del Amo, ilustrada por Rita Cullá.

Algunas tendencias

«Las tres mellizas». Ilustración de Roser Capdevilla.

Cabe señalar que el advenimiento de la democracia en los años setenta trajo consigo nuevos valores, más refrescantes y plurales, muy beneficiosos para la literatura infantil española. Sin embargo también han surgido en las últimas décadas del siglo nuevos moralismos, como el reciente movimiento denominado de «lo políticamente correcto» y otros, que imponen visiones reductoras y cerradas, tanto en los textos como en las ilustraciones, a
las nuevas generaciones lectoras; igualmente han aparecido nuevos didactismos, comerciales y oportunistas, para utilizar la literatura infantil como instrumento de planes educativos, al margen de su calidad intrínseca y del insustituible papel del placer de la lectura.

Analizando los personajes humanos desde el protagonismo masculino y femenino, pueden apreciarse a lo largo del siglo, dicho con mucha precaución, dos características:

Si en las primeras décadas había, desde un punto de vista cuantitativo, un protagonismo mayor de los chicos, esta tendencia se ha ido invirtiendo, de manera que en las últimas se percibe un mayor protagonismo femenino en la literatura infantil española.

Asimismo, especialmente desde los años ochenta, se han suavizado, tanto en el texto como en las imágenes, los marcados estereotipos tradicionales de chico (activo, dominador, creativo, lógico) y chica (pasiva, frágil, ordenada, intuitiva).

A lo largo del siglo, desde el punto de vista de la ilustración, puede decirse que hemos ganado en algunos aspectos, como en las inmensas posibilidades de los medios de reproducción, así como en la especialización de los artistas, que conocen muy bien, además de las técnicas, a los mediadores y destinatarios de sus obras. Tenemos muchos y muy buenos ilustradores de todas las corrientes artísticas imaginables, de manera que el panorama se ha hecho difícil de abarcar y hay casi infinitas posibilidades de elección.

Sin embargo, también hemos perdido algo. A principios del siglo pasado, no había ilustradores de libros infantiles. Simplemente, los mejores artistas ilustraban los mejores libros, también los infantiles, aportando su indiscutible magisterio.

Por fin, el gran problema del momento actual es la primacía de lo económico sobre lo cultural. Manda, más que nunca, la cuenta de resultados editoriales. Y eso dificulta que los ilustradores españoles puedan recibir encargos especialmente atractivos y expresar lo mejor de sí mismos a través de obras de verdadera calidad como son los álbumes ilustrados, los libros más bonitos jamás soñados. ¿Podemos soñar que el nuevo siglo será diferente?

Bibliografía

Bravo Villasante, Carmen, y García Padrino, Jaime. Homenaje a Salvador Bartolozzi. Amigos del Libro, 1984.

Cubells, Francisco. Corrientes actuales de la literatura infantil y juvenil. Amigos del Libro, 1990.

Fernández, Victoria. Aquellos encantadores héroes. El País, 22 de diciembre de 2001.

Orquín, Felicidad. Aquellas princesas de las trenzas doradas. Punto de Encuentro, enero de 1996.

Urdiales, Alberto. Decir con dibujos. Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, n.º 42-43, mayo de 2001.

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