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A estas alturas (altura por edad, que es un vocablo
demasiado aplastante) y después de tanto circunloquio, discusión y disquisición, la
intención o el mensaje supuestamente contenido en una obra plástica ilustración,
en el caso que nos ocupa parece ser un tesoro, consciente o inconscientemente
escondido en sí mismo, entre colores, líneas, símbolos, puntos de vista, composiciones
espaciales, perspectivas y trampantojos. Encontrarlo, si es que existe, es una auténtica
búsqueda que requiere un previo mapa, añejo y vigente, críptico y palmario, que no
encontraremos porque no hay que buscarlo; por lo visto hay que merecerlo.
Mi sensación en este momento es la de haber caído en la
falta que tantas veces he denunciado: voy a explicar el Arte de la forma más
disimuladamente hermética para que después de mí, como después de tant@s otr@s
explicadores, permanezca inexplicado, elitista e intocable, ya que considero que son
éstas las principales cualidades del Arte.
Quisiera dejar claro que al hablar de la intencionalidad en
la ilustración no represento a nadie, hablo desde la propia experiencia como ilustrador y
desde la experiencia tomada en conversaciones con compañer@s de profesión y robada como
atento espectador y analista de otros procesos creativos.
La primera afirmación de mi tesis sonará a despropósito,
pero para qué andarse con rodeos disfrazando con lentejuela lingüística algo que
considero de curso legal dentro de las actividades creativas:
El ilustrador@ no lleva ninguna intención específica al
ilustrar.
Soltar semejante desafuero tiene el propósito de suscitar
algo de polémica tan necesaria en el ámbito de la ilustración, por tanto hay que limar,
aquilatar y razonar la afirmación para que alguien la tome en serio.
Primero aquilatar la palabra intención: Intención
igual a mensaje. Mensaje expresado al ilustrar. Ilustrar una narración,
literaria o no, dirigida a un público generalmente infantil y juvenil.
Debo ser hipersensible porque con las múltiples
implicaciones de estas últimas dos líneas se me esponja la sesera.
Os traspaso mi ingenuo esquema mental al respecto, que
comienza por distinguir entre:
Intenciones/mensajes
básicos o fundamentales
Intenciones/mensajes conscientes
Intenciones/mensajes inconscientes
Intenciones/mensajes
básicos o fundamentales
| Que serían los derivados de las motivaciones
íntimas que nos han llevado a elegir esta profesión, o cuando menos a mantenerla como
tal. Es decir, si elijo una actividad eminentemente expresiva es porque tengo algo vital
que comunicar. Uno de estos mensajes profundos, que inevitablemente tengo que comunicar a
los demás, por ejemplo, podría ser la propia existencia. Consciente o inconscientemente ilustro
porque quiero estar, o lo que es lo mismo, me realizo ilustrando.
Éste es sólo un ejemplo, el lector@ puede indagar en la vida de cuant@s creadores han
sido y encontrará un cúmulo de fundamentos políticos, filosóficos, poéticos, etc. que
les han impelido a contarse a sí mismos a través de la palabra, del color, del sonido,
del |
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| movimiento... etc. La segunda
parte del juego consiste en rastrear en la obra la manifestación de esas pulsiones.
Siguiendo con el ejemplo antes citado, reconocemos la intención vital de ser de un
ilustrador en lo que llamamos estilo propio, este conjunto de formas y colores
característico con el que cada ilustrador@ expresa su existencia: soy si tengo nombre
(imagen en este caso) y si esta imagen es individual, reconocible e identificable. Todos
los jóvenes pintores de aquel tiempo ya pensaban en encontrar inmediatamente un sistema
de singularizarse... (1). |
Ésta es una de las primeras y fundamentales intenciones de
todo ilustrador y su estilo es la forma de expresarlo, hasta el punto de que es raro el
cambio de estilo dentro de una misma persona, siendo lo más habitual que aquél
evolucione al ritmo que lo hace ésta.
Existen más intenciones y mensajes básicos o
fundamentales, sólo he citado un ejemplo. Además de ser, hay que ser interesante,
válido... etc.
Intenciones/mensajes conscientes
En primer lugar, la palabra intención suena a
pretensión didáctica, ya sea la intención de divertir, socializar, culturizar, abrir la
imaginación, moralizar... Si nuestro trabajo se dirige a los más pequeños, además de
exacerbarse la natural asertividad y su casi consecuente proselitismo (soy así y quisiera
que todos fueran como yo), corremos el riesgo de poner a funcionar el paternalismo. En
este punto puedo poner la mano en el fuego afirmando que, en general, los profesionales de
la ilustración escandalizamos por el otro extremo: nadie nos puede acusar de
proteccionistas ni pedagogos, aunque es evidente que ha habido épocas en que algún tipo
de ilustración más que protectora era empalagosa.
Creo que, también en general, los profesionales de la
ilustración dejan que las intenciones didácticas expresadas por la cultura del momento a
través de estudios sobre la infancia, sus modos de percepción, normas de socialización,
estructuras mentales, censuras, etc. descansen en manos del editor. Expresado en lenguaje
llano, sería algo así como que si mi trabajo es conocido en el mundo editorial y me
reclaman para ilustrar un libro infantil es porque mis ilustraciones son adecuadamente
infantiles.
| Un profesional no se fuerza ni le fuerzan a
hacer dibujos con una intención concreta. Si se necesita ternura se elige un ilustrador@
cuyos dibujos comuniquen ternura. Si se necesita humor se elige un ilustrador@ cuyos
dibujos comuniquen humor, etc. De una cosa sí puedo dar fe, cualquiera de nosotros se
defenderá como gato panza arriba ante lo que considere una imposición o intromisión en
su trabajo; si un editor@ considera que las ilustraciones recibidas carecen de..., o se
exceden en..., habrá problemas. |
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No sólo en ilustración sino en muchas modalidades de
lenguaje, los creadores evitan la producción de mensajes con cualquier tipo de moralina,
aunque esté disfrazada con el mejor de los envoltorios. Calleja tuvo su mérito con su enseñar
deleitando, pero han pasado casi cien años y actualmente, cualquier tipo de
conductismo tiene mala prensa. Creo que hoy, la única postura activa ante los pequeños,
que no suele levantar ampollas, es la de conseguir desarrollar en ellos el máximo de
capacidades: sociales, emocionales, intelectuales..., etc.
La intención consciente, los mensajes que queremos enviar
al pequeño o gran lector, son reflejo de nuestras preocupaciones lingüísticas, no de
las necesidades del receptor del lenguaje. Entre nosotros hablamos de texturas, de trazos
más o menos sueltos, de las posibles aportaciones de otros lenguajes gráficos, de
pequeños guiños, de la vigencia o no, de la acuarela, de los modos y trucos para
camuflar o no el ordenador en el trabajo..., comentamos los aspectos innovadores
siempre desde el punto de vista plástico de los últimos premios, y
despreciamos las estadísticas que muestran las preferencias de los más pequeños. Todo
esto es lo que intentamos transmitir conscientemente, y conscientemente a contrapelo;
posiblemente la principal intención al ilustrar sea innovar, dar un paso adelante en los
dos conceptos que incluye nuestro sintagma paradigmático: lenguaje plástico. Si
hiciéramos lo que les gusta a los niños o lo que le gusta a la sociedad para sus niños,
todos dibujaríamos como en la factoría Disney.
Así, podríamos decir que hay una intención conjunta, de
la que somos conscientes y es la necesidad de una variedad de estilos y modos de
expresión plástica que incidirá en el desarrollo de las capacidades lingüísticas, de
la imaginación y el espíritu crítico de los más pequeños ante las imágenes.
Las intenciones conscientes encaminadas a crear en
los niños un recinto protector, una determinada línea de pensamiento, unos modelos de
conducta, una risa adormidera, etc. me saben a panfleto y cuentan con mi desinterés y
descalificación.
Intenciones/mensajes inconscientes
Podríamos pasar por alto este apartado dada la
incongruencia de la unión intencióninconsciente. Pero sí hay mensajes
vertidos en las ilustraciones de modo inconsciente y de ellos somos igualmente
responsables. Serían mensajes inconscientes todos aquellos que emitimos en las
ilustraciones sin darnos cuenta, bien porque forman parte tan intrínseca de nosotros
mismos que, como el propio olor corporal, nos resulta imposible identificar, y por tanto
somos incapaces de controlar; o bien porque forman parte de nuestra cultura y son tan
habituales en todos los medios que pasan desapercibidos.

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Pongamos un ejemplo: Por motivos que no hacen
al caso, he tenido la suerte de estar obligado a ver las imágenes de Caperucita Roja
publicadas en España. Seguro que no las he visto todas, pero las trescientas que vi deben
de ser un buen porcentaje. Si hubiera que ordenarlas por épocas en dos o tres grupos de
imágenes y etiquetar su intencionalidad con un sencillo calificativo, se podría decir
que las del primer tercio del siglo son niñas normales, los treinta y
tantos años siguientes nos regalan con niñas cursis y barbies y el último
tercio del siglo nos muestra niñas variadamente raras; pero cuando
intentas unificar más, descubres que ¡hasta mediados los setenta no aparece ninguna
Caperucita fea! |
| Como inmediata consecuencia
¿podrían ser éstas las posibles elaboraciones subliminales en la mente infantil
espectadora de los primeros setenta años del siglo XX?: |
La fealdad no existe o lo que es peor, no es
digna de ser protagonista.
Lo modélico es lo bello, por tanto lo feo
es malo.
Si me identifico con lo bello-bueno y un
día descubro que soy fea...
Podemos seguir especulando sobre las posibles incidencias
de un mensaje tan dilatado en el tiempo, pero no hace al caso; lo que intento evidenciar
es la importancia del feísmo como mensaje visual para la infancia, y creo que en
eso estamos casi todos de acuerdo. Fue la de los setenta una de las décadas que más
innovaciones aportó dentro del mundo de la ilustración, pero no creo que la intención
de añadir personajes feos a la iconografía infantil fuera estudiada
conscientemente desde un punto de vista compensatorio, ni siquiera creo que fueran
calificados de feos, antes bien, serían simpáticos, rompedores o liberados
de clichés estereotipados y obsoletos.
Como ejemplo de intención inconsciente por ser
culturalmente aceptada, podríamos aportar los mensajes negativos que se denuncian en la
vapuleada corriente de lo políticamente correcto y los que se intentan combatir en
educación con el estudio de los ejes transversales: las imágenes con
mensajes racistas, fomentadores de violencia, sexistas, antiecológicos, consumistas; y
que están todavía vigentes, porque los conceptos que las originan están todavía
vigentes en nuestra cultura:
- Después de las recomendaciones, que antaño hiciera el
Ministerio de Educación a las editoriales sobre el cuidado de estos aspectos en los
libros de texto, hemos seguido encontrando en ellos imágenes francamente discriminadoras(2).
- Los estudios críticos de Adela Turín(3) no han sido analizados, comentados o publicitados
suficientemente entre l@s ilustradores y me atrevería a decir
que permanecen desconocidos entre muchos de ellos.
Dudo de que un análisis crítico especializado, tan
necesario en todos los actos del ser humano, fuese bien recibido en nuestra profesión.
En la última mesa redonda a la que he podido asistir, y
aunque el tema tocaba todos los aspectos de esta profesión, una ilustradora ponente
intervino para hacer una única aportación: La ilustración es un arte, y como todas
las artes debe ser libre. Muchos ilustradores harán suyas estas frases. Pedir
libertad para la propia expresividad es asegurarse la exclusión de un análisis
posterior, y de rebote, sortear la eventualidad de un autoanálisis previo. Personalmente
lo aplaudo, el inconsciente debe fluir con entera libertad; pero también reclamo el
análisis posterior y las consiguientes críticas y alternativas.
Espero con esto haber aclarado lo lejos que está el
ilustrador@ de incidir conscientemente en la educación infantil y lo importante de la
ilustración en esta educación; y espero haber dado tantas razones y ejemplos de todo
ello como para que, a partir de ahora los libros ilustrados sean verdaderas necesidades,
con tesoro incluido.
Después de terminada toda esta disertación me aplaudo a
mí mismo, como siempre, y me elogio en previsión de lo pueda venir a continuación, que
será la callada por respuesta, pero se me antoja tan plano y lógico lo que acabo de
escribir, que pienso si no habré entendido mal el encargo: Categoría de intención:
¿Qué es lo que el ilustrador@ pretende provocar en el niñ@?, (las
arrobas son mías). Quizá la propuesta quería decir: ¿Cómo se traduce una intención /
mensaje a colores y formas? Si fuera así, ya tenemos tema para la próxima exposición
virtual.
Notas:
* Ilustrador
1. Nieva, Francisco: Las cosas como fueron,
Madrid, Espasa-Calpe, 2002.
2. Vázquez, Asunción y Urdiales, Alberto. 
3. Turín, Adela: Los cuentos siguen contando, Madrid,
Horas y horas, 1996. |
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