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Ilustración infantil

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La historia de la edición en España sólo se ha abordado hasta ahora de una manera parcial y fragmentaria, y por lo que respecta al libro infantil ilustrado está todo por hacer. La edición de libros para niños, a diferencia de lo que ocurre en otros países donde existe una importante tradición (Francia, Gran Bretaña) o donde la producción tiene un verdadero peso específico (caso de Estados Unidos, Japón y Corea), con ser muy significativa, no tiene el prestigio y la consideración que se da a la literatura para adultos (o «para adúlteros», como dice Ana María Matute).

«Selección de cuentos para niños». Ilustración de Ángel Díaz Huertas.

La historia de los primeros libros que se pueden considerar infantiles se remonta según algunos autores a 1850 con las casas de edición Hernando de Madrid y Bastinos de Barcelona, aunque existe una vía distinta que vincula las ediciones ilustradas con los pliegos de cordel, los carteles de ciego, las aucas y otras formas de la literatura popular, precursoras de las modernas historietas.

La historia de la literatura suele ir detrás de los escritores, sobre todo en razón de su «popularidad» o de su «éxito comercial». De un escritor, a veces, se conoce todo salvo sus libros. Y del editor, ¿qué se conoce? Es a un tiempo empresario y agente cultural, dos actividades que no siempre es fácil conciliar; vive generalmente a la sombra de sus libros, y en la medida en que sus proyectos resultan exitosos (hablamos naturalmente de éxito en las ventas) se tiende a verlo exclusivamente desde su faceta empresarial. Sin embargo, como promotor cultural, ¿qué es lo más importante de su tarea?: ¿descubrir nuevos autores?, ¿difundir obras interesantes?, ¿crear nuevos lectores? Para Ramón Gómez de la Serna «el verdadero editor es el que además de lo sensacionalista y lo editorial publica lo nuevo, lo que ignora su posible éxito, lo que según su buen olfato tiene alguna originalidad escondida». Según explica Ramón, él sólo puede ser amigo del editor arriesgado, nunca del que vive de rentas gracias a la publicación de autores fallecidos y traducidos. Ramón, que representó en las primeras décadas del siglo XX el espíritu lúdico y transgresor de las vanguardias, y que tanta influencia ha ejercido entre sus contemporáneos y en posteriores generaciones, fue amigo personal de Rafael Calleja y con esta casa editorial me gustaría empezar el breve recorrido por las publicaciones para la infancia y los libros ilustrados.

«La herencia de Salta-sillas». Ilustración de Romero Calvet.

Cuando en 1876 don Saturnino Calleja funda la casa de edición que lleva su nombre, abundan en los catálogos de las editoriales de la época las obras para niños con carácter didáctico y pedagógico: son adivinanceros, refraneros, libros de fábulas, cuentos moralizantes, textos piadosos, manuales de urbanidad. En los títulos se destacan a menudo las palabras recreo y recreativo, instrucción e instructivo, como en las Veladas de la Quinta, ó Novelas é historias sumamente útiles para que las madres de familia, a quienes les dedica la autora, puedan instruir á sus hijos, juntando la doctrina con el recreo, de la condesa de Genlis.
Los libros, en efecto, estaban dirigidos a las madres y a los educadores antes que a los niños, y seguían la divisa del «instruir deleitando», si bien ponían en el instruir todo el acento. Con el afán de difundir la lectura entre los más pequeños, Calleja decide inventar unos libros que les resulten a éstos más atractivos, para lo cual contrata a los mejores ilustradores, realiza adaptaciones de cuentos populares y los presenta en una gran diversidad de formatos abaratando los precios. La oferta de su catálogo, que en 1911 recoge más de 1000 títulos, vista desde nuestra época resulta francamente impresionante por su calidad y su variedad.

La entrada de Rafael, hijo mayor del fundador, coincide con la etapa más creativa y seguramente más interesante de la editorial Calleja. Planea sobre las producciones de esa hora el espíritu de Ramón Gómez de la Serna, paladín de las vanguardias y de un nuevo humorismo «infantilista» que adora el juego y el disparate verbal. Da la sensación de que escritores y dibujantes forman un grupo bien avenido de amigos inteligentes y cultos que son los primeros que se divierten con sus creaciones para niños. Si en otras publicaciones anteriores se trataba a los niños como proyectos de señores y señoras encerrados en pequeños corsés, los humoristas del 27 hacen suya la declaración de Ramón de que el humorismo es ante todo una actitud frente a la vida y defienden la seriedad de la mirada infantil. Entre estos autores se encuentran los escritores Antoniorrobles, Manuel Abril y José López Rubio, y los dibujantes Tono, K-Hito, Francisco López Rubio y Bartolozzi.

En las cuidadas ediciones de Calleja, Bartolozzi publicará las aventuras de Pinocho y Chapete. El Pinocho de Bartolozzi, que nada tiene que ver —salvo su larga nariz— con el de Collodi, fue muy famoso en su época y pudo haber sido un gran rival de personajes tan populares como el gato Félix o Popeye, o los del mismísimo Disney, si su autor hubiera tenido acceso a una industria cinematográfica importante, lo que por desgracia no ocurrió. Mucho habría que hablar de Pinocho, tanto del personaje como de la revista que llevaba su nombre, modélica por la calidad de las colaboraciones, la variedad de secciones y el respeto con que se dirigía a los pequeños lectores.

«Cuentos escogidos». Ilustración de Salvador Bartolozzi.

Cuando Bartolozzi finalizó su relación con la casa Calleja —ya no trabajaba en ella Rafael, sino su hermano Saturnino, que dio una orientación más «comercial» a la editorial— inventó unos nuevos personajes, Pipo y Pipa, cuyas aventuras publicó la editorial Estampa. El promotor de Estampa, Luis Montiel, era el propietario de la casa Rivadeneyra, que a finales de los 20 fue la competencia más directa de Calleja y que acabó acogiendo a muchos de los antiguos colaboradores de ésta. En Rivadeneyra, K-Hito dirigió Macaco. Periódico de los niños, al tiempo que dirigía la revista humorística Gutiérrez.

Contemporánea de la segunda época de Calleja es la editorial barcelonesa Muntañola, que publica hermosos álbumes ilustrados, a un tiempo clásicos y modernos, con grandes formatos y cuidadas ilustraciones a toda página. Al parecer la editorial no pudo mantenerse activa mucho tiempo debido a su gran exigencia de calidad: se preocupó de que sus libros tuvieran un alto nivel de acabado y cuidó especialmente los aspectos visuales y gráficos, contratando a algunos de los más prestigiosos ilustradores de la época, como el uruguayo Barradas o los catalanes Feliu Elias, Apa; Obiols o Nogués.

Cualquier historia de la literatura infantil, por breve que sea, debe destacar la importancia fundamental que han tenido las revistas infantiles y juveniles. Era un producto muy asequible y mejor divulgado, que más que venderse muchas veces se alquilaba en los quioscos. Las publicaciones semanales fueron las verdaderas responsables de introducir a la lectura a muchos jóvenes y niños, y también a muchos no tan niños. Existían al menos dos categorías principales: de humor y de aventuras, y había otras específicamente destinadas a las niñas. Las más interesantes son las menos dogmáticas, las que dieron mayor libertad a sus colaboradores, las que incluyeron mayor número de voces distintas; como suele ocurrir en este frágil mercado, las de más larga vida fueron aquellas que pudieron mantener los precios bajos.

«De quand les besties parlaven». Ilustración de Joan Llaverías.

De igual forma que los cuentos de Calleja acabaron por equivaler a cualquier cuento; el TBO, fundado en 1917, sirvió para dar nombre a esa clase de publicaciones. Las historietas del TBO y de otras muchas revistas, como las de la editorial Valenciana, sirvieron para interesar a muchos lectores por la imagen gráfica, a pesar de su mal papel y sus frecuentemente penosas reproducciones. Esta literatura popular y gráfica, que se ha asociado a un mercado de lo barato, mereció la consideración de «cine para pobres», y no fueron únicamente los niños y los jóvenes quienes se aficionaron a ellas.

Si alguna vez se ha creído en serio aquello de que «donde hay un tebeo habrá un libro» (eslogan de una campaña de fomento de la lectura), lo bien cierto es que, en muchísimos casos, un tebeo ha llevado a otro tebeo.

La guerra civil acaba con todo, por decirlo pronto; por supuesto, con todo lo que era literatura (es decir, imaginación) y con todo lo que era infantil (es decir, inocente). El hundimiento de la industria productiva no fue gran cosa al lado del daño que sufrió la industria de las ideas. Todo lo que se había construido con tanto empeño, hasta llegar a la I Exposición del Libro Infantil de 1935, que refleja uno de los momentos álgidos de esta industria, se vino abajo de golpe. Muchas editoriales cerraron, muchos artistas y escritores que habían colaborado con la causa republicana fueron represaliados y otros se vieron obligados a tomar el camino del exilio; también lo hicieron —y es imposible valorar la importancia de una pérdida de tal magnitud— muchos maestros y educadores vinculados a las Misiones Pedagógicas y a la Institución Libre de Enseñanza, cuya preocupación fue la de extender la educación a los rincones más olvidados y a las capas sociales más desfavorecidas, y que representaban el pensamiento y los métodos pedagógicos más avanzados. Desde un punto de vista de la cultura lo más importante no es lo que se perdió, con ser mucho, sino lo que no pudo nacer. Todavía hoy sentimos ese agujero como una presencia tan poderosa que se puede tocar. Los «Totó, Tití, Loló, Lilí, Frufrú, Pompoff y la señora Romboedro» (Manuel Abril), «Boliche, Curruquete y Don Tilín» (Enrique Castillo) o «Matonkikí» y «Cuchifritín» (Elena Fortuny) fueron sustituidos por Flechas, Pelayos, niños mártires, héroes patrióticos, vidas ejemplares. Vale la pena destacar en ese contexto el esfuerzo de Consuelo Gil Roësset, directora y luego propietaria de la revista Chicos (1938-1955), que se enfrentó a una censura mentecata, pero feroz y consiguió sacar adelante una publicación muy digna que contó con estupendos colaboradores. Su éxito se debió al tesón de su promotora, a su capacidad para reunir autores interesantes y a su preocupación por ofrecer un producto de calidad (la imprenta, los talleres Nerecán, la misma donde se imprimió Pinocho, eran considerados los mejores de España) a un precio asequible a los bolsillos de los niños: se empezó vendiendo a 10 céntimos, que era la cantidad asignada a los niños como paga.

En los años 60 la economía española mejora sensiblemente y esa mejoría se nota también en la producción y el consumo de libros para niños. Las épocas de recesión y crisis suelen afectar de forma inmediata a aquellos productos que componen lo que se viene a llamar el «mercado infantil», y los libros para niños, asociados tradicionalmente con la educación de las clases sociales acomodadas, nunca han dejado de ser vistos por una gran parte de la población como un lujo superfluo del que se puede prescindir.

Ilustración de Mercé Llimona.

Es un periodo de recuperación de autores y títulos, y sobre todo de la costumbre de editar para los niños. Hay una gran demanda de lecturas, no sólo por parte de los lectores sino también por parte de los propios educadores, y existe la voluntad de recuperar a un público que se considera alejado de la lectura y que por mucho tiempo ha subsistido con una dieta plagada de ideología y de doctrina, y de consignas ya obsoletas. Ahora los libros tratan de renovarse, de reinventarse; los editores miran con admiración lo que se hace fuera y pretenden crear aquí equipos de profesionales que lleven adelante proyectos semejantes y que garanticen una producción regular, con escritores e ilustradores dedicados exclusivamente a los pequeños lectores.

Desde el punto de vista de la edición gráfica resulta interesante la creación de la editorial Doncel (1958) y su colección «La Ballena Alegre», que presta una atención especial a las ilustraciones y que dio a conocer a numerosos artistas que luego obtendrían el reconocimiento internacional. La editorial Juventud, en su línea de recuperación de autores clásicos de la literatura infantil inicia en 1965 la publicación de las aventuras de un joven con vocación de clásico: Tintín. Tintín y Asterix son álbumes de historietas bien editados, y serán las referencias generacionales que impulsarán a muchos lectores al coleccionismo y a la creación de una biblioteca personal. En Cataluña, donde la edición de libros infantiles siempre ha gozado de un considerable nivel literario y artístico, se normaliza la producción en catalán con la ayuda de dos iniciativas muy importantes: la revista Cavall Fort (1961) y la editorial La Galera (1963).

«La bambina invisible». Ilustración de Ulises Wensell.

Los años 70 son una época de crisis, crisis económica y crisis de los planteamientos educativos, que desemboca en una búsqueda de nuevos enfoques y temas y en la experimentación de formatos. Resultan novedosos los proyectos de Altea, Miñón, Santillana y Lumen, entre otros, que dan la oportunidad a algunos ilustradores de convertirse en autores de pleno derecho, por decirlo así, ofreciéndoles más espacio dentro del libro y mayor libertad de movimientos.
Surgen con fuerza una serie de nombres que a partir de este momento tendrán una presencia constante en las diversas colecciones que vayan apareciendo. En este periodo de renovación se da lo más original con una naturalidad que pasma, como en la «Serie Roja» de la «Primera Biblioteca Altea», dirigida por José Luis García Sánchez y Miguel Ángel Pacheco, donde los protagonistas son edificios públicos. Siempre por detrás de lo que se hace fuera, muy pendientes de la producción exterior y de las tendencias de moda, otros editores, como ocurre en el mundo del arte, en lugar de mirar a la tradición y reflexionar sobre ésta, copian modelos importados, o importan colecciones completas. Sin embargo, gracias a esa política, que tiene sus excepciones, pudimos conocer delicias como la colección de pequeño formato «Infantimágenes» de Parramón, traducida de Gallimard (o algo más tarde la colección «Ratón Pérez» de Anaya).

El verdadero «boom» de los libros infantiles se produce en los 80 («boom: expansión rápida en las actividades de los negocios y en los beneficios», según la Real Academia Española). Se editan un elevado número de títulos y la oferta es ciertamente diversa. Desde los 60 se está construyendo en un solar vacío, por decirlo con un lenguaje de la época, pero ahora se construye deprisa y se utilizan todo tipo de materiales. También una desmesura como Benidorm empezó en un desierto.
«Cuentos del teatro». Ilustración de José Ramón Sánchez.
No deja de haber en la producción de libros un gran eco de lo que se hace en otros países y progresivamente algunas editoriales van sustituyendo la idea de una línea editorial y un programa coherente por un formato atractivo, un diseño de colección vistoso o una marca popular que sirve casi para acoger cualquier cosa. De esta manera muchas editoriales ofrecen unos catálogos que apenas se diferencian entre sí y que en ocasiones son intercambiables. Abunda lo rutinario, lo repetido (en 1984 se contabilizan hasta 170 ediciones distintas del cuento de Caperucita Roja). Según la agencia del ISBN cada mes salen al mercado alrededor de 450 títulos nuevos, sin contar los libros de texto y de consulta. Las editoriales grandes inauguran colecciones infantiles, señal evidente de que editar para niños puede ser rentable. El mercado escolar se revela como objetivo primordial; el libro infantil se usa para el trabajo en el aula, se organizan campañas de lectura, se editan guías didácticas, se divulgan estudios especializados. Empieza a existir un trabajo crítico que trata de acercar la literatura infantil a los mediadores culturales y a un público interesado; junto con la oferta creciente se popularizan las reseñas y se promueven los valores de los libros para orientar a padres, bibliotecarios y educadores dentro de esta Babel de títulos y autores. El hecho más destacable es el inicio de las colecciones de bolsillo: Lumen y Laia sacan la colección «Moby Dick» y Labor su «Labor Bolsillo Juvenil». «Alfaguara infantil» (1977), dirigida por Michi Strausfeld (más tarde creadora de la colección infantil de Siruela) da a conocer a ilustradores que van a ejercer una gran influencia, como Tomi Ungerer y Arnold Lobel. La popular colección «El barco de vapor» de SM arranca en 1980.

Las tendencias que se manifestaron en los 80 se han ido acentuando y son las que marcan el panorama de los últimos años. Resulta difícil valorar lo que está tan cerca, pero es innegable que han proliferado las colecciones de libros de bolsillo, que han demostrado ser una fórmula de gran éxito, mientras que se editan pocos álbumes ilustrados, casi siempre fuera de colección, y muy frecuentemente para servir como objeto de regalo en Navidades. Los libros de bolsillo, si bien han servido para divulgar a muchos autores haciéndolos circular por colegios y bibliotecas, desde el punto de vista de las ilustraciones no dejan de ser a menudo una idea lamentable. Es cierto que no todos los libros de bolsillo son iguales, hay diferencias entre colecciones, pero en realidad ¿de qué sirve contratar a un maravilloso dibujante si el trabajo resultante se ofrece luego a un tamaño reducido y no pocas veces con escasa exigencia en cuanto a la reproducción?

«Buhitos, narices y volcanes». Ilustración de Carlos Ortín.

Por otra parte, las editoriales contemplan la clasificación por edades como el punto de partida de la producción, y desde este criterio son los libros para primeros lectores los que utilizan las imágenes de manera más importante; progresivamente, según los libros van dirigidos a lectores de mayor edad, el espacio que se concede a las ilustraciones
decrece. En el punto más bajo de esta escala la ilustración utiliza sólo el lugar de la portada y cumple únicamente una función de reclamo. Personalmente echo en falta ediciones con «mérito artístico» (valga el eufemismo) como las que en los años 20 hicieron Calleja o Muntañola, destinadas a los niños y a sus padres, y a cualquier lector interesado por los libros ilustrados, y planteamientos coherentes del estilo de los que han mostrado, por ejemplo, las colecciones de La Galera o de L’abadía de Montserrat, que sin grandes alardes, pero de una manera rigurosa, han ofrecido calidad y han contribuido a formar un gusto visual en los lectores. Se puede afirmar que no hemos cuidado suficientemente, ni aprovechado, nuestro potencial de ilustradores, y si de algo estoy convencido es de que no es posible hacer ediciones ilustradas con algo más que dignidad sin contar con el criterio de estos profesionales.

En el panorama actual conviven editoriales que de alguna manera responden a los planteamientos que observamos en alguna de las tres etapas de la antigua editorial de Saturnino Calleja; una primera más didáctica, pegada al mundo escolar; una segunda más creativa y artística, y una tercera eminentemente comercial. Ejemplo de la primera podría ser tal vez el que representan algunas pequeñas editoriales que editan por convencimiento y con calidad en las lenguas de las comunidades autónomas; ejemplo de la segunda opción serían proyectos como El mago de Oz, de Javier Pagola para Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, los libros de Isidro Ferrer para Imaginarium o el Pedro y el lobo, de Pepito Medina en edición de su autor; ejemplo de la tercera opción lo dan la mayor parte de las grandes editoriales que se mantienen fieles al libro de bolsillo y las que viven de las reediciones. Es difícil conciliar la actividad empresarial con la de agente cultural, ya lo dijimos al principio, y en el fondo no dudo de que todos los editores lo intentan; sólo que lo de «agente cultural», que suena tan raro, se presta a todo tipo de interpretaciones. Hay quien se sabe agente cultural, y realmente lo es, como se es agente secreto o agente de seguros; y hay quien no tiene remota idea de qué demonios significa eso y no se molesta en averiguarlo; juega y se entretiene con los libros, y es lector antes que nada: edita lo que le gusta y hace cada libro distinto (Kókinos), se convierte en escaparate de nuevos ilustradores (Kalandraka), publica libros arriesgados del panorama internacional (Lóguez), rescata los clásicos modernos de nuestra tradición (Olañeta).

«El tren». Ilustración de Federico Delicado.

Es preciso dejar pasar algo de tiempo para averiguar si estas y otras editoriales, que representan opciones que tratan de escapar a la norma, son capaces de mantenerse en el mercado; para ver cómo evolucionan. Lo cierto es que el mercado actual lo configuran productos muy heterogéneos, que por supuesto no tienen la misma presencia en librerías o bibliotecas. Considerada en su conjunto, la producción tiende a ser muy conformista y está contagiada por los vicios que afectan al mercado del libro en general (que son demasiados para exponerlos en un espacio tan breve); en nada se parece a la que quería Ramón Gómez de la Serna: audaz y abierta a lo nuevo, y no dirigida por comerciantes que aspiran únicamente a obtener la mayor rentabilidad de sus productos.

Notas:

*Editor de Media Vaca.

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