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Ilustración infantil

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La preocupación teórica que existe en todo el mundo por los géneros literarios, no incluye de una manera afortunada el cuento, que sigue ocupando un lugar secundario. La situación es particularmente grave en lo que concierne al cuento infantil.

«Ricitos de oro». Ilustración de Arnal Ballester.

Es tremendamente delicado ilustrar (ilustrar que es, la letra vuelta imagen y el ojo que ve lo que se dice) para niños, cuando pensamos que detrás de nuestro discurso está tratar de entrar en su imaginación para imponerle la socialización del mundo adulto, esto sin olvidar el enigma central del creador de este tipo de cuentos, ¿es posible que un emisor adulto halle el código adecuado para la mentalidad receptiva infantil?

El cuento en la educación es un vehículo excelente para despertar la mentalidad, impartir instrucción moral, el interés por la ciencia, la historia, la geografía, los estudios de la naturaleza... también un precioso instrumento para estimular la sensibilidad artística y literaria y avivar el sentido crítico. Sin olvidar que el libro infantil surgió siglos atrás como instrumento destinado a la enseñanza.

La ilustración está más dirigida cuando va destinada a textos formativos, porque aquí se excluye la función exclusivamente de diversión que entraña el cuento infantil.

El niño, al percibir a través de las imágenes del cuento   —este conjunto de dibujos, de símbolos— y asimilarlos, establece una relación definitiva. A través de esta percepción, el niño asimila el universo de los símbolos integrados en un texto que está formado por más signos, en una estructura específica y que el lenguaje manifiesta y transmite, de manera que por el lenguaje-imagen, el niño asimila la cultura, la perpetúa o la transforma.

Las imágenes reproducen el mundo en la medida en que lo evocan, representan, también por medio del discurso, un suceso y la experiencia que el lector hace de este suceso, de manera que para el lector la imagen-discurso representa una recreación de lo mismo. La literatura infantil refuerza la asociación simbólica de determinados signos con determinados significados. Hay una necesidad de síntesis gráfica atractiva, sin traicionar sus reconocibles atributos, de reducir conceptos muy complejos a líneas muy accesibles, resaltando lo medular de un poema, de un cuento, de una leyenda o una fábula. Un cuento es un mundo lleno de sugerencias plásticas, sugerencias que van  más allá de los textos que recrean. No es exagerado si decimos que el cuento infantil sirve de instrumento de adoctrinamiento social.

Todo el proceso evolutivo del niño es un camino hacia la acomodación del yo al mundo y al otro. Alcanzar definitivamente esta acomodación supone una interacción y una comunicación con el otro, es decir, una integración socializante. Hasta que esto ocurre, el niño desarrolla, mediante una actividad subjetiva y espontánea que es consecuencia y atributo del yo desenfrenado, la imaginación. «Barbazul». Ilustración de Carles Arbat.

La imaginación o la fantasía es una actividad necesaria que significa para el niño la asimilación del mundo mediante los mecanismos de la repetición, del juego, de las imágenes...

La fantasía infantil, entonces, posee sus propias leyes específicas; a pesar de las teorías que defienden la isomorfía entre la mentalidad primitiva y la mentalidad infantil, considerando a la primera como la infancia de la humanidad. Es cierto que hay entre las dos un punto de contacto, razón por la cual los cuentos de hadas se han convertido en material de lectura infantil. Recordemos, sin embargo, que estos cuentos no fueron escritos para niños y solo se destinaron a ellos tras una labor de adaptación. Esto nos obliga a precisar, por una parte, la especificidad de la estructura de la fantasía infantil, y por otra, la adecuación de los cuentos maravillosos a las categorías receptivas infantiles.

Si nuestras observaciones son correctas y los elementos esenciales del género «cuento infantil» coinciden de verdad con los que hemos establecido para el género «cuento», todos los cuentos infantiles terminan con una nota optimista; los problemas se resuelven, en los casos en los que haya problemas y, aunque terminen con un castigo al malo, el final siempre constituye una reintegración, una lección aprendida.

La forma del cuento popular es la que caracteriza el cuento infantil, y es la más adecuada para la recepción infantil. El niño selecciona del cuento lo que simboliza para él algo personal y subjetivo; igual que el cuento popular satisfacía los deseos de la comunidad primitiva, el cuento infantil debe satisfacer sus deseos, apaciguar sus inquietudes, angustias, las preocupaciones de su mente infantil. De ahí el final feliz: otorgar al niño una fuerte dosis de realismo trágico, sería peligroso, podría causarle traumas insuperables.

«Caperucita Roja». Ilustración de Juan Ramón Alonso.

En el juego simbólico, el niño representa el drama de su existencia infantil. Su recurso fundamental, la fantasía, le permite hacer experiencias no solo de lo vivido, sino de lo no vivido y posible. El niño se distancia de su mismo juego, proyectando roles, conflictos y actitudes.

El niño que tiene conflictos interiores sin poder expresarlos, encuentra en los cuentos soluciones y esperanzas. El niño sólo asimila lo que cabe dentro de su experiencia.

El emisor del cuento infantil y del cuento popular comparte con su receptor las mismas propiedades mentales. Si el emisor que ilustra para niños ha olvidado o superado definitivamente su infancia, no podrá lograr esa comunicación, esa «comunión». Tampoco podrá lograrlo, se supone, el emisor adulto que transmita desde fuera de las esferas de esa experiencia común, como es el caso de los que ilustran textos para instruir.

La vida psicológica mental de un niño es un proceso evolutivo que parte de la inestabilidad para llegar a la estabilidad; de la inconsciencia de sí mismo a la conciencia; del egoísmo para desembocar en el altruismo; del aislamiento a la interacción efectiva y social... Es lógico suponer que la literatura infantil puede contribuir a la expansión del yo. Debe, en fin, estimular las facultades intelectuales y creativas que el niño posee.

La literatura infantil debe desarrollar una conciencia crítica sin la cual no hay libertad ni creación.

Los cuentos que parten de la perspectiva adulta imponen una aceptación coartando la libertad intelectual, la recepción libre. Si el cuento representa un mundo cerrado, sin posibilidades expansivas, la acomodación del niño estará condicionada por este mismo cierre. En cambio, si el mundo representado es un mundo de potencialidad, la acomodación del yo seguirá la vía de una creación. «El Sastrecillo Valiente». Ilustración de José Ignacio García.

No tenemos que olvidar que cada país tiene una política más o menos desarrollada que rige las publicaciones infantiles, lo cual significa que la obra literaria infantil manifestará, —si no explícitamente, por lo menos implícitamente—, las prohibiciones y prescripciones, en fin, el conjunto de símbolos e imágenes que definen una sociedad o cultura determinada. Por todo esto, es de suponer que, en el nivel de la recepción infantil, la lectura de un cuento supondrá la asimilación simbólica de una cultura por medio de un lenguaje-imagen.

La verdadera función de la literatura infantil es la de facilitar una asimilación de la realidad externa y la de estimular una acomodación libre y creativa.

Es decir, que una sociedad sin una visión filosófica de su identidad y de sus aspiraciones no será capaz de producir literatura infantil trascendental. La producción de la literatura infantil plantea la necesidad de tomar conciencia de la identidad social y de una misión filosófica del futuro social.

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