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No existe una
obra literaria española con mayor repercusión en la música que Don Quijote de la
Mancha. El crítico Enrique Franco, en su artículo «El Quijote en la música
romántica»1, intenta una explicación:
¿Qué características ofrece El Quijote para
estimular en tan extensa medida a compositores, dramaturgos y coreógrafos de todo tiempo
y lugar? Ortega y Gasset, siempre clarividente, nos proporciona algunas luces: «No existe
libro alguno escribe cuyo poder de alusiones simbólicas al sentido universal
de la vida sea tan grande y, sin embargo, no existe libro alguno en que hallemos menos
anticipaciones, menos indicios para su propia interpretación».
Julián Marías nos avisa: «La unidad elemental de El
Quijote es la aventura; fiel a la técnica de los libros de caballerías, Cervantes
compone su novela como un encadenamiento de aventuras que sucesivamente acontecen a Don
Quijote y a Sancho. La fluencia de sus vidas está articulada por ellas, y por otra parte
se intercalan los episodios o relatos ocasionales, ajenos al verdadero cuerpo de la
narración Marcela y Grisóstomo, Luscinda y Cardenio, la hija del Oidor, el
cautivo, el curioso impertinente; pero por debajo de todo ello se va tejiendo la
figura total del Quijote, con el esencial complemento de Sancho, y en ella se va
decantando el poso de todas las aventuras que en rigor son tangentes a la pretensión en
que consiste la personalidad de Don Quijote, lo que pudiéramos llamar en un sentido
preciso el quijotismo».
El protagonismo dual de uno y otro personajes, la
riqueza de cuanto sucede en torno suyo, la vitalidad de unas historias recreadas por
Cervantes o imaginado por su genio hacen de El Quijote Marías anota que como
en cada gran novela un mundo cuya riqueza de perspectivas permite al músico dotado
de talento internarse por sus galerías para sacarles la punta de una expresión distinta,
mientras los menos o nada dotados de auténtica palpitación artística se entretienen en
la descripción, hacen historia cómica y hasta pintoresquismo más o menos localista;
algo reñido con la universalidad que alienta en la novela cervantina.
Nos encontramos, pues, ante una obra de gran
envergadura, imposible de integrar por completo en una partitura, pero repleta por otra
parte de situaciones, historias y escenas perfectamente abordables en grandes y pequeñas
formas musicales. Una obra que permite la música simplemente descriptiva y también la
música de gran aliento, que se remonte sobre la anécdota e intente captar sus valores
más trascendentes y universales. Un texto que permite a un tiempo un enfoque clásico o
romántico, impresionista o expresionista y que es capaz de adaptarse a la música serial
o a la electrónica. No es de extrañar, pues, que compositores de todos los países y
épocas se hayan enfrentado con las inmensas dificultades de una obra tan compleja y rica
en matices.
Las siguientes líneas pretenden ser un breve
repaso de las obras musicales que han abordado la figura de Don Quijote de la Mancha, sin
pretender una total exhaustividad. De acuerdo con Enrique Franco, conviene remitir al
lector interesado en mayores detalles al libro de Víctor Espinós El Quijote en la
música (1947); a La música en las obras de Cervantes (1948) de M. Querol; al Ensayo
de una bibliografía cervantina (1947) de Juan Sedó Peris-Mencheta; a Don Quijote
en el teatro de Felipe Pérez Capó y, por último, a La música en Cervantes y
otros ensayos, de Adolfo Salazar, editado por Ínsula en 1961.
Ya antes de aparecer la segunda parte del Quijote,
se estrenó en París, en 1614, Le ballet de Don Quichot, dansé par Mrs. Sautenir.
El romanticismo presta una especial atención a la figura de Don Quijote. Destaquemos,
siguiendo el documentado estudio citado de Enrique Franco, obras tales como Don Quijote
de Manuel García (1827); Don Quijote en Sierra Morena de Ventura de la Vega y
Francisco Asenjo Barbieri (1861) o La ínsula Barataria de Arrieta y Larra (1864). La
venta encantada (1859) de Antonio de Reparaz cuenta con un libreto escrito nada menos
que por Gustavo Adolfo Bécquer, bajo el seudónimo de Gustavo García; Ruperto Chapí y
Carlos Fernández Shaw estrenaron en Madrid, en 1902, como La venta de Don Quijote. |

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Francia está también presente de una forma muy significativa. Guillaume-Julien
Navoigille firma una pantomima llamada El imperio de la locura o Muerte y apoteosis de
Don Quijote. Federico Marco Antonio de Venua estrena en Londres, en 1822, el ballet
titulado Las bodas de Camacho. En Montecarlo, el 19 de febrero de 1910 estrena
Jules Massenet su Don Quijote.El romanticismo alemán tiene un representante destacado en Félix Menselssohn
con su ópera Las bodas de Camacho, que se estrena en Berlín en 1827. También en
Berlín se representa en 1898 un Don Quijote de Wihelm Kienzl. El romanticismo
tardío nos proporciona con Richard Strauss las Variaciones sinfónicas sobre un tema
caballeresco.
Vale la pena recordar asimismo el Don Quijote de
Anton Rubinstein (Berlín, 1875), la ópera El nuevo Don Quijote (Vilma, 1847) del
polaco Stanislaw Moniuszko, el ballet del danés Augusto Bournevilla Don Quijote en las
bodas de Camacho, estrenado en Copenhague en 1857, la comedia musical Sancho Panza,
del suizo Jacques Dalcroze (Ginebra, 1897) y, por supuesto, el celebérrimo ballet Don
Quijote, de León Minkus, estrenado en Moscú el 14 de diciembre de 1869. Y ya en
pleno siglo XX, Maurice Ravel nos obsequia en 1932 con su Don Quijote
y Dulcinea.
Una mención especial merece El retablo de
maese Pedro de Manuel de Falla (1923). Basada en un texto casi literal del capítulo XXVI de la
segunda parte del Quijote, tiene la gran virtud de captar en una obra breve el
espíritu de la obra de Cervantes. Don Quijote asiste a una representación de títeres donde Don Gaiferos, Don
Roldán, el emperador Carlo Magno y la hermosa Melisendra, secuestrada por el Rey
Marsilio, escenifican una historia caballeresca. Don Quijote acaba participando
directamente en la trama y, por rescatar a Melisendra de los moros que la persiguen,
destroza el tenderete, para cantar al fin las glorias de la caballería y ofrendar su
triunfo a Dulcinea. No cabe una mayor fidelidad a la letra y una mejor interpretación de
la autenticidad del personaje.
No conviene terminar esta breve reseña sin hacer
un recorrido por la música española contemporánea de la mano de Manuel Valls Gorina en
su excelente libro La música española después de Manuel de Falla, publicado en
Madrid, en 1962.
Entre 1944 y 1948
señala Manuel Valls se produce una súbita explosión del tema quijotesco.
Joaquín Rodrigo compone en 1948 las Ausencias de Dulcinea, para bajo, cuatro
sopranos
y orquesta. Ernesto Halffter es autor de Dulcinea (1944) y de Canción de Don
Quijote (1947). Se estrena en cine y en teatro Dulcinea de Gastón Batty.
En 1943, Gerardo Gombau escribe Don
Quijote velando las armas, con el mismo título que la célebre obra de Oscar Esplá,
que es de 1925. En 1946 Juan Comellas estrena su Don Quijote a Dulcinea y de 1948
es La ruta de Don Quijote, de Rodríguez Albert. De unos años antes (1940) es Don
Quijote de Roberto Gerhard. Rodolfo Halffter, Manuel Palau, Conrado del Campo,
Arteaga, Peris, Carmelo Bernaola y García Abril son también dignos de mención.
La del alba sería... (1998) de
Cristóbal Halffter es, por último, precedente obligado del estreno del que hoy se trata
en estas páginas del Centro Virtual Cervantes.
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1. Tomado del Programa del ballet Don Quijote de Ludwig
Feodorovitch Minkus
(Fundación Teatro lírico, Teatro Real, Madrid, 1998, pp. 38-49)
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