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Creatividad e idioma en la música de Cristóbal Halffter
Por Agustín Charles Soler |
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Digo con Picasso, con ser
personal
en un diez por ciento de la obra,
ya se posee una personalidad arrolladora.
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Mucho ha
evolucionado la música de Cristóbal Halffter desde que en el año 1951 proclamara y
diera nombre quizá sin querer a una de las generaciones de compositores más
fructífera de la posguerra española: «Considero el año 1951 importante, por lo menos
para mí lo es, porque es el año que terminé la carrera, también porque este año la
terminaron otros muchos (...). Lo primero que intentamos es ese querer recorrer el camino
que había apartado, que había aislado a la música española, recorrerlo nosotros por
nuestro paso (
)». Algo no ha cambiado en su quehacer cotidiano: la continua
necesidad de polemizar entendido el término como defensa de sus propias
ideas, y no sólo en la música, sino en cualquiera de las artes. Cristóbal
Halffter posee ese don de no contentarse jamás con lo establecido y, cada palabra, frase
o música es un toque de atención en contra de lo acomodaticio y fácil, reivindicando a
diario su papel y el de su creación en el mundo de hoy. Él es, ante todo, un apasionado de la vida y del arte, y su pasión se evidencia, más aún, cuando toma la
pluma. Pocos compositores españoles de hoy tienen la capacidad de comunicación de
Halffter, y aún menos la personalidad que envuelve a toda su obra. La frase con que
abríamos este escrito es y ha sido una máxima de su música pero, como ocurre con los
grandes creadores, hay que adentrarse en sus inicios y en sus primeras experiencias para
conocer, observar y entender mejor su trayectoria posterior.
La primera música de Halffter
(1951-1958) se hallaba impregnada de un lenguaje post-Fana, y de la influencia de la
música de Bartók y Stravinsky. La estética del Halffter de este período era meramente
nacionalista y vinculada directamente a la tradición musical familiar. Sería con Ernesto
con quien viajaría a París y Milán entre los años 1954 y 1956, y 1957 respectivamente,
y no sería hasta algo más tarde, en 1958, cuando su obra diera un claro cambio de rumbo.
Este cambio se iniciaba, fundamentalmente, de la mano de su otro tío Rodolfo
Halffter, quien le haría llegar información sobre el sistema dodecafónico a
través de una serie de partituras, entre ellas el Op. 31 de Schönberg que,
sumado a su paso por los cursos de Darmstadt le darían una nueva perspectiva del mundo de
la creación musical europea de la posguerra. Sería con la Sonata para violín solo
de 1959, cuando la música de C. Halffter iniciara su nueva andadura, y como cita Emilio
Casares en su libro sobre el autor, «(...) dentro del mundo de mediados de los cincuenta
era evidente que la única posibilidad de crear se movía en el círculo de la
música serial, por cuanto otras posibilidades más vanguardistas eran imposibles por
aquel entonces en nuestra patria (...)». La Sonata para violín solo era
precedida por el Concertino de 1956 y la Toccata de 1957, obras con las que
el compositor abordaba un nuevo modo de composición que desarrollaría en los años
siguientes. En estos años decía: «admiro el dodecafonismo (
). No es una forma
puramente racional y fría. Ha pasado hace mucho tiempo de ser un experimento para
convertirse en una forma de expresión musical (
) que en nuestros días no debe
extrañamos». Su propio tío Rodolfo, en una carta fechada en 1953 citaba «(...)
preguntas, querido Cristóbal si me he pasado al dodecafonismo. En efecto, mis últimas
obras no todas son dodecafónicas».
En otra carta posterior
Antonio Iglesias la ubica aproximadamente entre 1958 y 1959 Rodolfo vuelve a
citar: «Anuncias en tu carta el propósito de escribir una obra de orquesta que tenga a
Webern como modelo. Te comprendo perfectamente, pues la música de este maestro, por la
transparencia de su textura, entre otras cosas, está situada muy cerca de nuestra
sensibilidad latina». La obra de la que hablaba en dicha carta era sus 5 Microformas (1959-60)
para orquesta, una de las obras fundamentales de la música española contemporánea. |

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Si tenemos en cuenta que es en la década de los años 50 cuando se están realizando las
primeras obras seriales en la Europa de la postguerra el fenómeno schönbergiano y,
sobretodo el weberniano, se inicia a partir de los cursos de Darmstadt en los años
50 la obra es una primicia en el panorama dodecafónico y serial español del
momento. Sólo dos compositores exiliados, Roberto Gerhard y su tío Rodolfo Halffter,
junto un alumno del primero, Joaquim Homs, iniciarían su andadura serial al inicio de la
década. Las 5 Microformas, como podía esperarse fue un gran escándalo, puesto
que provenía de un compositor vinculado familiarmente con la más severa tradición de la
música española que únicamente tenía 30 años. Pero, como ocurriera con La consagración
de la primavera de Stravinsky, el escándalo, lejos de convertirse en un fracaso,
sería uno de sus primeros y más importantes éxitos como compositor.
Aun así, el período transitorio
previo a su música serial llevaba consigo el aprendizaje y la consolidación de una serie
de modelos musicales fundamentados en el carácter de la música de Bartok y Stravinsky,
que tenían que ver con el proceso de estructuración de la forma y el ritmo, elementos
que Halffter reconoce como integrantes de su propio discurso musical anterior y actual, si
bien mantiene en ellos un significativo grado de libertad creadora: «(...) cuando estoy
trabajando suelo sentir atracción por ciertos pasajes, acordes, compases enteros, que no
tienen una razón de ser concreta, pero que sin embargo responden al carácter mismo de la
obra que estoy haciendo y que son introducidos en el discurso musical sin que al cabo del
tiempo pueda explicar yo mismo el por qué de su existencia».
Más tarde, en los años 60, su
referente sería Schönberg, y lo sería de forma exclusiva, si bien el propósito de lo
que él mismo llamaba latinizar el serialismo era su máxima. Evidentemente, es
cuestionable cualquier intento de latinizar no sólo el serialismo sino cualquier
otra música, puesto que la significación de dicho término, utilizado en este caso para
dar a entender un estilo y carácter específico, no deja de ser por eso mismo confuso. Lo
es en la medida de que precisamente el método serial nace como un medio de alcanzar un
alejamiento de las estéticas más o menos nacionalistas, y como sistema que permite
y fomenta la máxima impersonalidad relacionada con el material musical de
base, si bien el propio Stravinsky nos demostraría en su obra serial cuán poderosa puede
ser la huella de un verdadero creador. Lo que pretendía Halffter era acercar el aspecto
expresivo de la música serial a cauces cercanos al espíritu nacional, si bien el marcado
acento que posee la cultura hispana lo hacía difícilmente aprehensible. Aun así
Halffter no abandonaría el uso del nacionalismo, aunque lo desarrollaría en obras
paralelas que se alejaban ideológicamente del pensamiento musical puro que
demandaba el serialismo, Jugando al toro (1959), El ladrón de estrellas
(1959), etc.
Una obra posterior de gran
importancia en su catálogo sería Formantes (1961). Esta pieza introducía por
primera vez en su obra el azar, parámetro fundamental en el desarrollo posterior de su
música y hoy todavía vigente. Esta era la lógica evolución, puesto que ya se
encontraba inmerso dentro de un panorama internacional en el que los conocimientos
adquiridos le hacían cuestionar los problemas de la forma y su planteamiento obra a obra.
Aun así, esta pieza mantenía
todavía un lenguaje serial. De hecho será con esta obra con la que Cristóbal Halffter
se introduzca en el ámbito creativo europeo en igualdad de condiciones que sus colegas
internacionales. Sería un camino sin marcha atrás y en continua evolución, evitando a
toda costa la autorrepetición con respecto a la obra inmediatamente anterior. Esta pieza
se enmarca, como el caso de Bernaola con Espejos variados, Luis de Pablo con Módulos
I y II, Barce con Objetos Sonoros, dentro de un campo composicional que
se encontraba en pleno auge en la música occidental contemporánea. Sería durante el
mismo año de la composición de Formantes cuando viajaría a Tokio, conociendo a
Xenakis y Berio, de los cuales el último era uno de los creadores que más interesaban al
músico. La acomodación al azar no resultaría compleja para Halffter, puesto que de uno
u otro modo tenía una relación intrínseca con su forma de ver y pensar la música.
Existía en él un modo de trabajar en el que la intuición y libertad creativa eran, por
encima de todo, una condición sine qua non para la realización musical. Otra obra
posterior, In expectationes resurrectionis Domini (1962), ya no utilizaría
el sistema serial en pro de procedimientos libres. La pieza, como en muchas otras de su
catálogo, se alejaba de los procedimientos utilizados en obras anteriores, si bien
permanecían intactas ciertas formas de azar que podemos encontrar en muchas de sus piezas
posteriores.
Al azar
se une a un aspecto innato en la personalidad del autor: la expresividad. Esta
expresividad debe ser entendida no como expresionismo, sino como una
exteriorización vinculada al aspecto más visceral del término. En sus obras existe una
necesidad de transmitir la sustancia emocional del texto por encima de todo. Esa
característica se mantendrá en la mayor parte de su obra posterior no sólo en la
obra que posee texto cantado, reflejada de forma intermitente y a menudo relacionada
con textos de poetas ilustres.
Un caso muy significativo es el del Concierto
para violonchelo y orquesta núm. 2 (1985), en el que cada uno de los movimientos va
rubricado por un fragmento de poemas de Federico García Lorca.
Aquí no podemos dejar de citar una
obra muy importante de su catálogo, la Sinfonía para tres grupos
instrumentales de 1963. La pieza, que utilizaba la combinación de tres grupos
instrumentales repartidos por el escenario, a modo de tres orquestas, mantenía una
importante analogía con Gruppen, de Stockhausen, que también utilizaba tres
grupos instrumentales. En esta obra la disposición orquestal era parte fundamental,
acercándose al planteamiento del concerto grosso barroco, y suponía para el autor
una clara puesta al día en cuanto a avances técnicos, algo que le permitiría codearse
con los grandes nombres de la composición internacional. En el momento de su concepción
el avance de la música española y el camino recorrido en un breve espacio de tiempo
hacía que existiera en los compositores de vanguardia un gran salto con respecto a tan
sólo 10 años antes: «(...) entre nosotros podemos encontrar obras que intentan la
resolución de los problemas de la música estereofónica, de la música aleatoria, de la
música abierta, de la música con una multivalencia formal de la música
electrónica y todas las tendencias que el arte de los sonidos presenta en la Europa de
hoy, obras con un valor auténtico, donde cada uno de estos problemas está planteado
desde dentro y tomando el problema como algo auténticamente nuestro».
Del año 1964 sería Espejos
para cuatro percusionistas y cinta magnética. En esta obra, Halffter iniciaba el uso
de una nueva serie de materiales aparte de la electrónica que serían muy
importantes en el desarrollo de su obra posterior. Uno de ellos era el uso de anillos, y
de ellos T. Marco decía: «(...) el principal hallazgo de Cristóbal Halffter ha sido la
técnica de anillos. Es éste un procedimiento que se generalizó en la música
electrónica y que básicamente consiste en la recurrencia continua de diversos períodos
musicales que se pueden superponer con distintas frecuencias temporales en sus retornos».
Otra obra importante, Secuencias para orquesta (1964), cerraría este período.
La primera obra del período de
consolidación siguiente serían los 3 Brechtlieder de 1964-65. El período serial
empezaría a partir de ese momento a disgregarse paulatinamente obra a obra, hasta
transformarse en un lenguaje en el que lo expresivo resultaría trascendental. Así
aparece ya en estas piezas, en las que resulta evidente la influencia del Pierrot
Lunaire de Schönberg. En obras posteriores el método serial sería cada vez menos
riguroso, dejando lugar a otros procedimientos como el de la obra Anillos de
1967-68, en el que el título resulta lo suficientemente explícito, si bien ya en obras
anteriores, como Líneas y puntos (1966-67) la técnica serial era prácticamente
inexistente. La obra que culminaría y cerraría el ciclo sería la cantata Yes, speak
out (1968) para barítono, soprano, dos coros y dos orquestas con dos directores. Esta
obra, encargada por la ONU y estrenada en Minneapolis el 22 de noviembre de 1922, se
desarrollaba ya por derroteros muy alejados del sistema serial, y los elementos que en
aquella aparecían eran los que todavía hoy se mantienen en su música. |

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Habría obras posteriores en las que se plantearía ciertos aspectos de desarrollo del
material musical de forma explícita, una de ellas es Fibonacciana de 1969, que
hace referencia al uso de la serie de Fibonacci, pero el alejamiento de los
procedimientos de elaboración del material musical de forma rígida será notable a
partir de 1965, prefiriéndose formas de realización musical vinculadas a procedimientos
de acción libre que le permitan una realización musical más expresiva.
En toda su obra posterior existe la
necesidad de libertad de acción: «(...) en cuestiones de sistemas compositivos a
priori soy muy poco sistemático, pues si me interesa por razones musicales
saltarme una regla establecida, lo hago y lo justifico por las mismas razones». Así
pues, hay una evolución posterior jalonada de obras con importantes éxitos y que son
básicas en su catálogo, si bien parten en su mayoría de la base de la realización
musical desarrollada durante los años 50 a 70, por otro lado los más intensos en
descubrimientos y puesta al día de procedimientos que marcarán toda su obra posterior.
Observando su obra con perspectiva,
la mayor parte de ella ha sido escrita para agrupaciones orquestales, quedando la música
de cámara y solista relegada a un segundo plano. El propio compositor dice: «(...) mi
pensamiento musical ha encontrado siempre mejor plasmación en la música orquestal que en
la de cámara». Esto influye y tiene mucho que ver con una de las ideas que sostienen el
tejido musical de su obra desde los años 70 hasta la actualidad, lo que el compositor
define como micropolifonía, término utilizado por el compositor húngaro G.
Ligeti, y utilizado para definir la superposición de un gran número de líneas
melódicas que, en su unión, forman una macroestructura de gran riqueza sonora y
tímbrica. Para Halffter ésta es la ampliación de la idea schönbergiana barroca
en realidad de construcción a partir de melodías en contrapunto, siendo la
armonía una consecuencia de la suma de aquellas. Esto comporta un trabajo monolítico
vinculado directamente a la sonoridad del cluster grupo de sonidos agrupados
cromáticamente. Esta sonoridad es utilizada muy a menudo por Halffter en su obra
orquestal. Así la encontramos en su primer Concierto para violonchelo y orquesta
(1974), en el Concierto para violín y orquesta (1979), en Paráfrasis (1984),
en su segundo Concierto para violonchelo y orquesta (1985), en el Preludio para
Madrid'92 (1992), y también en su ópera Don Quijote (1996-1999), para citar
sólo algunos ejemplos. La incorporación y mixtura de los formantes, anillos y la
micropolifonía conforman, grosso modo, el discurso de la música actual de
Halffter.
A partir de haber establecido la
concreción del material musical a mediados de los años 70, el empeño de Halffter se
encaminó hacia otros derroteros ya alejados de la especulación propiamente dicha. De ese
modo puede entenderse la incorporación en sus obras de elementos ajenos, e incluso como
en el Tiento y batalla imperial o el Preludio para Madrid'92, la
recomposición de una obra del pasado convirtiéndola en propia. Una vez llegada la
madurez Halffter prefiere jugar con los elementos y combinarlos a placer, porque el fin
último de su música es el de la comunicación. No se trata de una comunicación fácil
ni tampoco de retornos gratuitos al pasado: él mismo siempre señala que para volver
primero hay que haber llegado. Se trata de mostrar un mundo expresivo que forma parte
como fragmento unitario en sí mismo, obra a obra de su creación global. Su
música actual es un work in progress en el que siempre está escribiendo la misma
obra, que sólo terminará cuando termine su vida.
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Don
Quijote: Una ópera de Cristóbal Halffter
Por José Ramón Ripoll |
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Imaginemos, como hiciera Borges, a un Pierre Menard escribiendo El Quijote cinco
siglos más tarde: palabra tras palabra, todo igual. El tiempo, sin embargo, hubiese
trastocado la imagen de la obra, y todo aquello que nos contó el autor original, se
hubiera convertido en una inalcanzable paradoja para el lector de nuestra época. El arte
se repite pero siempre es distinto, se somete a las leyes de su contemporaneidad, sin que
por ello deje de ser ahistórico y universal. La historia de Don Quijote se escribe en un
momento crucial de nuestro destino y su relectura, lejos de devolvernos al pasado, nos
remite a un presente continuado donde el mito es paradigma de un proceso dialéctico entre
amor y mezquindad, libertad y cárcel, ignorancia y conocimiento. Numerosas y
variopintas han sido las paráfrasis quijotescas desde que Cervantes diera a la luz su
obra. Ha servido de apoyo y generador de ideas a filósofos, pintores, poetas, novelistas
y músicos. De estos últimos, basten citar los casos de Purcell, Telemann, Pasiello,
Glazunov, Ravel o Massenet; o de los españoles Chapí, Falla, Guridi o Gerhard.
Ahora, el compositor madrileño
Cristóbal Halffter estrena Don Quijote, ópera dividida en un prólogo, seis
escenas y un breve final, concebida para ser representada sin interrupción en un solo
acto, con libreto del escritor y crítico Andrés Amorós. Plantearse hoy día escribir
una ópera es una empresa delicada, de gran envergadura y un reto personal ante los nuevos
recursos expresivos que la última tecnología nos ofrece. Retomar un género tan
frecuentado por los compositores del pasado es, cuando menos, peligroso para un artista
contemporáneo. Halffter, heredero de una gran tradición, ataca su trabajo como Pierre
Menard, ante la partitura y ante el plantel quijotesco. Para ello ha escogido un
protagonista principal, que no es Don Quijote, sino Miguel de Cervantes, e inspirándose
en su vida, en poemas de la época y en las aventuras de nuestro hidalgo caballero, nos
plantea un desarrollo musical y literario complejo y emotivo a la vez. La trama si
es que se nos permite usar este término son los libros: libros que simbolizan la
resistencia intelectual y moral del hombre ante la barbarie y la destrucción; libros que
encierran el derecho a la imaginación, la condición primigenia de la humanidad frente al
sometimiento y la estrechez de miras.
Cordura y locura, vida y muerte,
fantasía y realidad se dan cita en una ópera singular que viene a coronar la carrera de
un artista entregado a la música que cumple setenta años por estas fechas, significando
uno de los acontecimientos musicales más importantes de la vida cultural española. Todo
ello, resuelto con un hábil lenguaje sonoro, donde tensiones y dinámicas ahondan en el
interminable mosaico espacial de Don Quijote a través de los tiempos.
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| «Don Quijote», de Halffter |
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