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La imitación primigenia de
la naturaleza es motivo recurrente en la obra de Gaudí. Estructuras, colores, ritmos...
Para el arquitecto «el gran libro siempre abierto y que hay que hacer el esfuerzo de leer
es el de la Naturaleza; los otros libros han sido extraídos de éste y además contienen
las equivocaciones y las interpretaciones de los hombres».
Las alegorías de los vegetales, de los
animales, del movimiento, incluso de los fenómenos climáticos, están presentes en todas
sus obras maduras. Cuando Gaudí se plantea hacer un parque como el Parque Güell no se
plantea dominar la naturaleza, sino por el contrario, cómo emularla y presentar todos sus
caprichos. El viento, el agua y su fluir, el mar, acompañan a monumentos como La Pedrera,
que parece un gran bloque de piedra modelado por las fuerzas de la naturaleza. Gaudí se
fija en cómo la naturaleza vence a la gravedad y en qué formas son las más resistentes;
cuál es la forma de una cueva, de una montaña, de las orillas de un lago, de los nidos
de las termitas, de los hormigueros, de las guaridas que crean los animales que, como el
hombre, viven en sociedades... Su percepción de estos detalles y su filosofía natural
son excepcionales y se puede decir que casi únicas en la historia de la arquitectura.

Pero es esa vuelta a lo primitivo lo que
más sorprende, puesto que, en una aparente subversión de las figuras geométricas
(variantes de líneas y círculos) que han sido la base permanente de la arquitectura, no
hay más que un paradójico retorno a la sencillez. Otro ilustre catalán, Eugenio
dOrs, lo expresaría de modo admirable: «Todo lo que no es tradición, es plagio».
Gaudí fue, sin duda, el mejor plagiario de lo que él interpretó como la obra divina.

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