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El modernismo es un
movimiento artístico que se desarrolló en Europa durante el final del siglo XIX y el primer cuarto del siglo XX. Las primeras alusiones de
este movimiento se dan en Inglaterra con los trabajos de Jonh Ruskin (1819-1900). Sus
ideas influyeron en el movimiento «Arts and Crafts» caracterizado por una vuelta a la
naturaleza y a sus formas onduladas e irregulares; con un predominio de las líneas, la
acentuación de las curvas y las formas vegetales, que se muestran trenzadas o
rítmicamente móviles en las que aparecen plantas, dragones, sirenas, pájaros,
impregnados de un colorido brillante y espectacular, y la alusión a las fuerzas de la
naturaleza, el agua o el viento.
El modernismo abarcó casi todas las artes,
pintura, escultura, artes gráficas, pero en el que más desarrollo alcanzó fue en la
arquitectura y en las artes decorativas; en arquitectura, son frecuentes los exteriores en
piedra, cerámica, hierros forjados, interiores profusamente decorados, paredes y
superficies curvas... Los maestros del modernismo buscaban la belleza en cada obra de arte
y analizaban creativamente los nuevos materiales fabriles y las posibilidades que les
ofrecía la industria.

El modernismo fue el estilo de una
burguesía que amaba lo visual, lo ostentoso, lo bello, lo palpitante, lo vital. Pero como
movimiento artístico significó algo más: fue como el broche de oro del fin de siglo, el
punto de convergencia entre todas las corrientes inmediatamente anteriores y el trampolín
desde donde se apuntaron buena parte de los manifiestos del arte contemporáneo. Más en
concreto, la abstracción que se conseguía a través de la estilización de las formas.
Y, aunque el movimiento haya sido considerado decorativo y superficial, bien es cierto que
no anduvo lejos de intentar transmitir una sensación: la de ver la obra de arte como algo
interno, subjetivo, como la decadencia y la soledad o la alegría y el vitalismo. Era una
proyección más del simbolismo: su fase más exuberante y refinada.

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