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En cualquier concepción
arquitectónica el papel de la luz es esencial. En Gaudí los valores plásticos de la luz
se identifican con el paisaje y el color del Mediterráneo:
«La luz que alcanza la máxima armonía es
la inclinada a 45º, la cual no incide sobre los cuerpos ni perpendicularmente ni
horizontalmente; esta luz, que es la luz media, da la más perfecta visión de los cuerpos
y la más matizada valoración. Esta luz es la mediterránea; los pueblos mediterráneos
son verdaderos depositarios de la plasticidad [
]. La arquitectura es, pues,
mediterránea, porque es armonía de la luz; y esta no existe ni en los pueblos del norte,
que tienen la luz triste, horizontal, ni en los cálidos, donde es vertical».

Pero en otro plano más abstracto estos
valores plásticos se combinan con los éticos y con los religiosos: la luz es, también,
expresión de Dios; la imagen terrena de la divinidad, que ilumina y descubre la verdad de
lo natural y sobre la que el creador humano tiene que leer para continuar la obra divina:
«La vista es el sentido de la luz, del espacio de la plasticidad; la visión es la
inmensidad, ve lo que está y lo que no está». El Templo Expiatorio barcelonés, magnum
opus de Gaudí que acoge, refinados, todos los matices y basamentos de su obra, es
reflejo de estos aspectos estéticos y teológicos.

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