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Gaudí

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Gaudí es indiscutiblemente uno de los genios del arte del siglo XX. Su hacer se funde con su manera de entender la arquitectura como un arte integrador, simbólico y total dentro de un mundo natural.

Su obra conforma una comunicación entre los diferentes estilos artísticos que reinterpreta en su primera época. En su madurez la superará merced a un aprendizaje paulatino, al auxilio de las nuevas técnicas y a la libertad formal y decorativa de la que la arquitectura modernista del momento hacía gala. A todo ello se suman unas férreas convicciones vitales: Gaudí entendió su vida como una arquitectura.

Sus formas crean un sentimiento, y es lo que pretenden: funcionan casi literariamente; pueden ser leídas como una poesía (o como una prosa) de lectura ascendente y descendente; pero que se puede leer también de izquierda a derecha y en profundidad. Gaudí encuentra su esencia en cada una de las formas que hacen el todo: no parece haber nada casual ni aleatorio en su obra; nada al azar, sino que conforma una unidad como su modelo: la naturaleza. Sus obras pueden ser comunidades que se ven afectadas si falta alguna de sus formas o de sus habitantes. Y junto a lo formal hay un sentimiento, una razón que se hunde en la conciencia colectiva, el sustrato de una deidad; una concepción elaborada por una inteligencia superior, llamada a ser perfecta. La obra de Gaudí es un palimpsesto, en donde se funden lo nuevo y lo antiguo; lo original y lo tradicional; lo bello y lo útil; lo evidente y lo arcano; lo personal y lo colectivo; lo catalán y lo universal...

Aunque parezca una paradoja, su arquitectura no sólo conoce los volúmenes y la geometría habitual. Por difícil que sea de entender, la arquitectura gaudiana se yergue como una de las más volumétricas y tridimensionales de la historia. Porque su arquitectura no está plagada de la geometría euclidiana, sino que, por el contrario, la geometría que emplea es reglada, como lo son la mayoría de las formas que se desarrollan en la naturaleza: espirales, conos, parábolas, etcétera.

Gaudí concebía también la arquitectura como suma de estructura y función, pero asimismo pensaba que podía transmitir otras variables. Por ello sus edificios resultan una gran escultura de símbolos en cuya decoración tienen cabida otras artes. En el origen de ello está, acaso, la conciencia de un hijo de calderero que luchaba con el bronce y el fuego para lograr la tridimensionalidad. Gaudí lucha contra la gravedad, contra el espacio y los aprovecha al mismo tiempo para recrear magnos trabajos, al servicio de su religiosidad y de una especie de adoración a la perfecta obra de la naturaleza. Por eso, cuando hace el Parque Güell conserva casi toda su flora; no quiere molestar ni alterar el ritmo de la naturaleza, sino servirse de ella para crear algo reinterpretado y así honrarla. Por eso proyecta cuevas, crea corredores que parecen naturales y se sirve del sol para que su obra refleje y destaque. O proyecta una casa, La Pedrera, como una gran montaña. O hace un osario en la Casa Batlló. Y, a medida que su obra culmina, se vuelve más animista, como si lo único que necesitara el hombre fuese a Dios y a otro Creador: la naturaleza. Y sus modelos están en muchas de las formas y de los constructores de la naturaleza —animales—, o en sus fuerzas, pues a la perfección se llega tras un largo proceso evolutivo.

Una larga nómina de colaboradores fieles, entre los que destacan Jujol, Rubió, Matamala, Sugranyes, se sumarán para siempre al nombre de Gaudí. Sin ellos, y sin otros muchos como D. Eusebio Güell, que creyó ciegamente en su hacer, tal vez, la obra de Gaudí no podría contemplarse en estos momentos.

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