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La historia fue un elemento
esencial en la concepción y desarrollo de muchas de las obras de Gaudí. Ya desde su
juventud es perceptible su interés por el pasado tan propio de la época
romántica, plasmado en su propósito de restaurar un monasterio de suma importancia
para la historia de Cataluña como el de Poblet. No era en absoluto una obsesión propia y
única: Cataluña vivía el movimiento cultural conocido como «Renaixença», que
pretendía volver al pasado glorioso del principado, cuando el comercio catalán florecía
en el Mediterráneo de la mano de la Corona de Aragón. Es en esta época cuando comienza
a producirse una revisión de la historia de Cataluña y se sientan las bases del futuro
nacionalismo, de la historiografía catalana y del prestigio de su lengua, que pugna por
destacarse frente a la ya ancestral influencia de Aragón y Castilla. La historia,
naturalmente, era uno de los cimientos de esa nueva Cataluña, industrial, gloriosa y
orgullosa tanto de su pasado como de su presente.

Este movimiento centrífugo, que acompañó
a muchas de las corrientes ideológicas de la Europa de aquel tiempo, no era ajeno a
Gaudí, ni a su actividad como creador; la arquitectura de la generación inmediatamente
anterior era calificada de historicista, pues empleaba estructuras neomedievales o
neorrenacentistas siempre con la vista puesta sobre el pasado esplendor. Quizá, entre
otros, el ejemplo más obvio de la influencia de estas concepciones en Gaudí sea la
edificación de la torre Bellesguard en un lugar sobre el que el rey de Aragón Martín el
Humano había hecho construir una casa en 1408: el conocimiento de estos
antecedentes y una concepción historicista que consideraba la herencia cultural como un
continuo en el tiempo, sirvió para la creación de un monumento de claras reminiscencias
góticas en las formas externas y la luminosidad del interior.

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