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Gaudí

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Las obras iniciales de Gaudí se apoyaban en una hibridación y reinterpretación de los estilos históricos: sobre todo los medievales —gótico y mudéjar—, asociados con el pasado nacional, muy de moda en la época y constituían lo habitual dentro del eclecticismo reinante.

La arquitectura medieval se convierte en un modelo constructivo sobre el que reflexionar, porque tras el Concilio Vaticano I —1869-1870— se entiende como parte importante del mundo cristiano: por su simbolismo y porque la sociedad está haciendo frente a nuevos conceptos y ateizándose ante nuevos planteamientos filosóficos y de análisis de la situación del hombre en el mundo, como los de Marx, Engels, Nietzsche o Freud.

El neogótico, el neomudéjar y otras relecturas arquitectónicas historicistas serán el blasón de una época que pronto va a descubrir nuevos materiales y que, fruto del nacionalismo emergente, enlazará lo antiguo con lo nuevo buscando una afirmación del pueblo catalán en su historia y, en el caso de España, retomando el concepto de la gran España del medievo.


También es tiempo de positivismo, de observación y de análisis: algo que se suma a la pulsión romántica que coexiste con los nuevos valores de la industria y de la tecnología. En arquitectura preocupan más las técnicas y las formas constructivas —lo funcional— que la estética, que tomará protagonismo con la llegada del nuevo siglo.

En Europa se asiste a una revolución científica y se desarrollan nuevas vías para la compresión del universo y sus formas. Un claro ejemplo es Haeckel, que publicó libros sobre la morfología de las especies y luchó por una interpretación biológica del universo. A esto se sumaban las obras teóricas de Viollet-le-Duc, el gran arquitecto francés encargado de restaurar numerosas obras, entre ellas la Catedral de Notre Dame de París. El gótico, con Viollet-le-Duc, adquiriría otra dimensión. No sólo lo restauró, sino que lo reinterpretó.

Gaudí era conocedor tanto de la arquitectura e ideas que corrían por Europa como de las españolas; de la vanguardia del momento y del pasado. Se interesó por la estética y por la filosofía. Gracias a todo ello, elaboró un estilo personal que evolucionó desde unas primeras obras neomudéjares, neogóticas, en las que ya apuntan sus rasgos característicos, hacia un naturalismo: una abstracción formal basada en la observación y en el estudio.

El devenir de los tiempos históricos y el auge de la gran burguesía catalana, que se sirvió del modernismo para dar una imagen de riqueza, se vino al traste con la Semana trágica de Barcelona y, en el contexto europeo, el desastre de la primera guerra mundial cuestionó los cimientos de una civilización que, basada supuestamente en el progreso, no parecía, a la luz de los horrores de la guerra, respetar lo humano.

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