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Gaudí

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La obra de Gaudí, como el movimiento modernista en el que se inscribe de forma original, se sitúa en el centro de las relaciones entre arte y técnica, artesanado e industria, ornamento y estructura, creación individualizada y serie, racionalidad constructiva y voluntad expresiva, estilos y nuevos lenguajes, urbanismo y domesticidad, etc., elementos que, en su conjunto, configuran las bases del diseño moderno.

Gaudí es más emblema que modelo en la historia del Diseño: su carácter individualista, su exuberancia plástica y su místico simbolismo no son rasgos que hayan favorecido que el diseño contemporáneo lo acepte como referente. Sin embargo, los diseños de Gaudí resultan, todavía hoy, de una extrema originalidad.

Maestro del racionalismo constructivo y del funcionalismo, Gaudí fue un arquitecto que se preocupaba de todas y cada una de las partes de sus proyectos, de todos y cada uno de sus detalles. Puso el mismo empeño en el diseño de las fachadas de sus edificios que en el de las salas que estos contenían; dedicaba el mismo tiempo al diseño de los pomos de las puertas de las habitaciones que al de las verjas de forja que circundaban las fincas.

A finales del siglo XIX, empezó a extenderse desde Inglaterra el concepto de la casa como obra artística, por lo que muchos arquitectos se dedicaron entonces a diseñar los elementos interiores, entre los que el mobiliario ocupaba un lugar relevante, de las casas que proyectaban. Gaudí no fue ajeno a esta tendencia:

Su dominio de los oficios del mundo de la construcción —de la albañilería a la forja, pasando por la ebanistería— facilita su conocimiento y su manejo de los materiales, de las formas y de los colores, que plasma en la perfecta ergonomía y sorprendente precisión de muebles, suelos y revestimientos, y que se justifican en relación al conjunto donde se incluyen, con el que armonizan a la perfección.

Gaudí consideraba los muebles como elementos estructurales introducidos en el interior de la casa y en contacto íntimo con sus ocupantes. En palabras de David Ferrer: «Esta preocupación estructural es propia de un arquitecto, y además, en su caso, de un arquitecto fascinado por las novedosas teorías de Viollet-le-Duc. Según ellas, la estructura es la base de toda arquitectura y ha de ser pensada exclusivamente atendiendo a la función que debe desempeñar. De igual manera, en el diseño de muebles son también esenciales las razones sobre el uso a que van destinados, así como las propiedades intrínsecas del material empleado para su construcción. La ornamentación, una de las obsesiones más arraigadas de la época, sólo puede aceptarse si forma parte intrínseca del elemento diseñado. Estos conceptos, que en el siglo XX formarían parte del credo funcionalista, integran la base teórica de los muebles gaudinianos y constituyen su más importante característica».

En su armonía, belleza, funcionalidad y comodidad radica, pues, el éxito de los muebles gaudinianos; éxito que se prueba con las numerosas reediciones que se han realizado de obras suyas como la silla y el espejo de la Casa Calvet; la silla y el banco de la Casa Batlló o los herrajes de la Casa Calvet, de la Casa Batlló y de la Casa Milá.

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