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A mediados del siglo XIX la ciudad de Barcelona
estaba superpoblada y constreñida en su crecimiento por sus murallas. En 1854 fueron
demolidas y se sacó a concurso un plan de ensanche. Cinco años más tarde se aprobó,
desde el Gobierno Central, el plan Cerdá, que preveía amplias manzanas, en forma de
retícula, con jardines abiertos y amplios bulevares.
Es en esta época cuando Cataluña y su
capital, Barcelona, empiezan su espectacular despegue económico. El vigor industrial
había tenido en este territorio mucha más fuerza que en el resto de España, con lo que
apareció una clase fuerte, una burguesía muy acomodada, que sería la promotora la
mecenas de las obras de arquitectos como Gaudí. Los protectores de Gaudí la
familia López, Eusebi Güell, Batlló o Milá fueron blasón de la burguesía
conservadora desde 1880.


El estilo ecléctico e historicista en
Barcelona fue sirviéndose de forma natural de los nuevos materiales y de una imagen para
la nueva burguesía catalana, refinada y caprichosa y con dinero suficiente como para
permitirse encargar obras a su altura. El estilo modernista iba a ser su imagen porque
representaba el lujo, el refinamiento; pero también la movilidad, la organización, el
cambio, el ritmo: algo análogo al comportamiento mercantilista de la clase. Y a ello se
sumaba la construcción de una Cataluña fuerte: de una nación modélica y diferente al
resto de España, pero que había de buscar sus señas de identidad en su mismo pasado
histórico.
El modernismo no afectó a las estructuras
y buscó en las artes industriales una nueva vía. De ahí la función ornamental del
hierro, del vidrio, del color, de la cerámica, que se convierten en protagonistas del
espacio. La Exposición Universal de 1888 impulsó decididamente este movimiento, los
terrenos de la antigua ciudadela militar fueron aprovechados para construir el parque que
hoy se conoce con ese nombre, donde se encuentran, además de arquitecturas modernistas,
numerosas esculturas.
En Barcelona hubo una larga nómina de
arquitectos y de obras de cuño modernista; entre ellos destacan Puig i Cadafalch, José
Fonseré, Josep Vilaseca, Doménech i Montaner, Francesc Berenguer, Enric Sagnier, Joaquim
Bassegoda i Amigó, Josep Plantada i Artigas, Jeroni Granell i Manresa, Antoni Gallissà i
Soqué, Pere Doménech i Roura y Ruiz i Casamitjana. Fueron nombres que contribuyeron a
dar un rostro a la nueva ciudad.
A finales del siglo XIX Cataluña estaba en plena
expansión económica, en plena industrialización y con un crecimiento demográfico
imparable. Los catalanes volvían la mirada al pasado. Y volvían los indianos de las
colonias con dinero suficiente para invertir... y crear.

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