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500 años de Garcilaso

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CANCIÓN V

ODE AD FLOREM GNIDI

              Si de mi baja lira
tanto pudiese el son que en un momento
              aplacase la ira
              del animoso viento
y la furia del mar y el movimiento,

              y en ásperas montañas
con el süave canto enterneciese
              las fieras alimañas,
              los árboles moviese
y al son confusamente los trujiese:

              no pienses que cantado
seria de mí, hermosa flor de Gnido,
              el fiero Marte airado,
              a muerte convertido,
de polvo y sangre y de sudor teñido,

 

Herrera, pág. 260


              ni aquellos capitanes
en las sublimes ruedas colocados,
              por quien los alemanes,
              el fiero cuello atados,
y los franceses van domesticados;

              mas solamente aquella
fuerza de tu beldad seria cantada,
              y alguna vez con ella
              también seria notada
el aspereza de que estás armada,

              y cómo por ti sola
y por tu gran valor y hermosura,
              convertido en vïola,
              llora su desventura
el miserable amante en tu figura.

              Hablo d’aquel cativo
de quien tener se debe más cuidado,
              que ’stá muriendo vivo,
              al remo condenado,
en la concha de Venus amarrado.

 

Herrera, pág. 261

 

              Por ti, como solía,
del áspero cabello no corrige
              la furia y gallardía,
              ni con freno la rige,
ni con vivas espuelas ya l’aflige;

              por ti con diestra mano
no revuelve la espada presurosa,
              y en el dudoso llano
              huye la polvorosa
palestra como sierpe ponzoñosa;

              por ti su blanda musa,
en lugar de la cítera sonante,
              tristes querellas usa
              que con llanto abundante
hacen bañar el rostro del amante;

Herrera, pág. 262
 

              por ti el mayor amigo
l’es importuno, grave y enojoso:
              yo puedo ser testigo,
              que ya del peligroso
naufragio fui su puerto y su reposo,

              y agora en tal manera
vence el dolor a la razón perdida
              que ponzoñosa fiera
              nunca fue aborrecida
tanto como yo dél, ni tan temida.

              No fuiste tú engendrada
ni producida de la dura tierra;
              no debe ser notada
              que ingratamente yerra
quien todo el otro error de sí destierra.

              Hágate temerosa
el caso de Anajárete, y cobarde,
              que de ser desdeñosa
              se arrepentió muy tarde,
y así su alma con su mármol arde.

Herrera, pág. 263
 

              Estábase alegrando
del mal ajeno el pecho empedernido
              cuando, abajo mirando,
              el cuerpo muerto vido
del miserable amante allí tendido,

              y al cuello el lazo atado
con que desenlazó de la cadena
              el corazón cuitado,
              y con su breve pena
compró la eterna punición ajena.

              Sentió allí convertirse
en piedad amorosa el aspereza.
              ¡Oh tarde arrepentirse!
              ¡Oh última terneza!
¿Cómo te sucedió mayor dureza?

              Los ojos s’enclavaron
en el tendido cuerpo que allí vieron;
              los huesos se tornaron
              más duros y crecieron
y en sí toda la carne convertieron;

Herrera, pág. 264
             

              las entrañas heladas
tornaron poco a poco en piedra dura;
              por las venas cuitadas
              la sangre su figura
iba desconociendo y su natura,

              hasta que finalmente,
en duro mármol vuelta y transformada,
              hizo de sí la gente
              no tan maravillada
cuanto de aquella ingratitud vengada.

              No quieras tú, señora,
de Némesis airada las saetas
              probar, por Dios, agora;
              baste que tus perfetas
obras y hermosura a los poetas

              den inmortal materia,
sin que también en verso lamentable
              celebren la miseria
              d’algún caso notable
que por ti pase, triste, miserable.

(Texto tomado de Juan Francisco Alcina, 1999.)

 

Herrera, pág. 265

 

Herrera, pág. 266

 

 


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