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Elegía a Garcilaso
Cómo Garcilaso le quitaba los velos
a su
armadura
y se prendía por las puntas de su
itinerario inmenso.
Él, que sabía adónde ir, siempre deseaba
y las calzadas, de fábrica de sal y peces
para que sus pies pudieran soñar a gusto.
Porque eso sería andar palaciego
en el cortejo de fresa, sin módulos y sin
distancias.
Eso sería abrocharse las estrellas
y sonreír, muy iluminado, como un rico
multimillonario.
Ponerse en el pecho el cebo de las aves
de mejor marca
esperando qué feliz al abrirse nos lo diría.
No hay otra clase de riqueza; y la buscarás
en las fuentes,
en las églogas, de muros de niño de pecho,
entre el índice y el pulgar del corazón
limitado.
A Garcilaso no pueden arrancarle motores
a la desbandada
porque la índole de su ardiente ejecución
indisciplina las carnes dentro del río;
no pueden faltarle las tumbas y los corderos
dentro de la platea de su rostro
porque
el
prurito de la sangre le impone penachos.
Garcilaso ama en secreto a una muchacha
que se pinta la cara con té muy cargado
y le ofrece a las ciervas heridas en toda su
largura indomable de riachuelos
las únicas pulsaciones con que las noches
efectuaron sus desafíos.
Yo me voy a arrodillar ante Garcilaso
para que sepa mi condición de crisantemo
entre
perfumes salvajes;
para que describa una ciudad iluminada
en las costillas de mi gozo;
para que, unido y fiel a los atriles marchitos
de los helechos,
Garcilaso me devuelva el pensamiento a
la hora en que son azules tres o cuatro
sílabas.
(Texto tomado de: «Nueva
Revista», Madrid, 1929, n.º 1. Antonio Gallego Morell, Fama póstuma de Garcilaso de
la Vega, Granada:
Universidad de Granada, 1978, pp. 213-214.)
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