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Cumplida su misión en Francia,
nuestro poeta regresa a Toledo, donde se ocupa de diversos asuntos familiares, al menos
desde abril de 1531. Entre esos asuntos, actúa como testigo en la boda de su sobrino
Garcilaso (hijo de Pedro Laso) con doña Isabel de la Cueva. Este matrimonio se había
concertado en la primavera de 1531 y era bien visto por la familia de Garcilaso, pues
posibilitaría el engrandecimiento de su patrimonio; pero no así por parte de la familia
de la novia, que hizo llegar sus quejas al Emperador por tal enlace.
Ese matrimonio suponía la pérdida del apellido familiar
como indica Carlos V en carta a su esposa fechada en Bruselas el 4 de septiembre de 1531:
«Serenísima señora: Como quiera que con el despacho que se hace en respuesta de lo que
de allá me está escripto respondo: a lo al comendador mayor de León mi secretario
escrivió que me dixese del casamiento que se avía comenzado a tratar con doña Isabel de
la Cueva, su dama, hija de don Juan de la Cueva, con hijo de don Pedro Lasso, porque con
el último correo que de allá vino por cartas de XXV del pasado escriben que se
continuaba y despachaba ya las facultades para la conclusión de ello, y porque por parte
del duque de Alburquerque y de don Alonso de la Cueva, hermano del dicho don Juan, y de
todos los del linaje de la Cueva me ha sido suplicado no dé lugar a que la dicha doña
Isabel, por ser la subcesora de aquella casa de donde dependen todos, se case de la manera
que el nombre y memoria de ella se pierda, y yo embió a mandar a doña Mencia de Bazán,
su madre, que no la case sin hazérmelo primero saber y tener licencia y mandamiento para
ello. Afectuosamente le ruego mande proveer que esto se cumpla y que en ninguna manera se
haga otra cosa, porque así conbiene al bien de todos y a nuestro servicio».
Pero la abuela materna, Guarda de las damas de
la Emperatriz, se empeña en esta boda según afirma en un documento fechado el 26 de
septiembre de 1531: «[
] y aunque mi nieta sea criada de la Emperatriz, mi señora,
yo sé que V. M. no mirara de su casamiento, sino que dejara a su madre hacer libremente
lo que quisiera, y así suplico a V. M. que quiera dar licencia para casar su hija, porque
muchos días antes que viniese la cédula de V. M. ella tenía concertado el casamiento de
su hijo de don Pedro Laso, el cual es deudo mío, que eran nuestros agüelos hermanos, y
así por esto como por ser cosa que nos está bien se asentó, y yo di luego cuenta de
ello a la Emperatriz, mi señora, por donde podrá saber V. M. cuanto tiempo a lo que digo
es».
La boda
tiene lugar, el 14 de agosto, en la catedral de Ávila. Tras diversas averiguaciones e
interrogatorios, queda mostrada la participación del poeta en la boda de su sobrino, lo
que motiva el enojo de Carlos V. Como consecuencia, Garcilaso es condenado a destierro.
Como quiera que Garcilaso había partido de Castilla en febrero de 1532 acompañando al
duque de Alba, don Fernando Álvarez de Toledo, para encontrarse con el Emperador en
Ratisbona con el fin de acudir a la defensa de Viena (este viaje puede recrearse en parte
a través de los vv. 1433-1504 de la Égloga II), la pena se le aplica en la ciudad
alemana y la cumple en una isla del Danubio, cercana a aquella ciudad, desde finales de
marzo de 1532: «Con un manso rüido / dagua corriente y clara, / cerca el Danubio,
una isla que pudiera / ser lugar escogido / para que descansara / quien, como estó yo
agora, no estuviera [
] Aquí estuve yo puesto, / o, por mejor decillo, / preso y
forzado y solo en tierra ajena» (Canción III, vv. 1-6 y 14-16). No le valieron ni
la mediación del duque de Alba ni la del marqués de Villafranca. Acabada la campaña,
Garcilaso sigue desterrado, pero se le asigna otro lugar: probablemente por petición del
duque de Alba, Garcilaso se dirigió a Nápoles, donde don Pedro de Toledo había sido
nombrado virrey. Y en esa ciudad continúa su destierro, al menos desde noviembre de 1532.
Se tiene, no obstante, constancia de su presencia en Mantua y en Bolonia en agosto de ese
mismo año.
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DE NUEVO EN ITALIA: NÁPOLES
Desde octubre o noviembre de 1532 hasta octubre
de 1534 Garcilaso permanece en Nápoles, en la corte del nuevo virrey, don Pedro de
Toledo. Será en esta ciudad donde Garcilaso escribirá sus obras más logradas, asistirá
a la Academia Pontaniana y frecuentará tanto a humanistas italianos como a españoles a
los que comunica sus poemas. Su estancia en Nápoles se ve interrumpida por un viaje a
España, entre abril y junio de 1533, lo que le permitirá reencontrarse en Barcelona con
Boscán que está ultimando su traducción de El Cortesano de Baltasar de
Castiglione (para la que Garcilaso redacta unas páginas preliminares), y resolver
negocios y asuntos familiares en Toledo; y un segundo viaje más a España, entre el 15 de
agosto y octubre de 1534, a cuya vuelta pasó por Avignon (12 de octubre) donde visitó la
recién descubierta tumba de Laura, la amada de Petrarca. Allí escribirá la Epístola
a Boscán («Doce del mes dotubre, de la tierra / do nació el claro fuego del
Petrarca / y donde están del fuego las cenizas», vv. 83-85) .
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REVUELVE AMOR MI PENSAMIENTO»
Nápoles también ofrece a Garcilaso alguna
relación amorosa, como la que parece haber inspirado el Soneto XXXIII (de donde
procede el verso del epígrafe), y algún que otro poema más: Sonetos VII, XIX, XXVII,
XXX, XXXV
La Elegía II es una excelente poetización de ese amor que no
tiene nombre propio:
Daquí iremos a ver de la
Serena
la patria, que bien muestra haber ya sido
de ocio y damor antiguamente llena.
Allí mi corazón tuvo su nido
un tiempo ya, mas no sé, triste, agora
o si estará ocupado o desparcido;
daquesto un frío temor así a deshora
por mis huesos discurre en tal manera
que no puedo vivir con él unhora.
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ALCAIDE DE REGGIO El 31 de octubre de 1534 Carlos V nombra a Garcilaso de la Vega alcaide del
castillo de la ciudad de Reggio, cargo que desempeñaría hasta 19 de marzo de 1536. Desde
allí participará en la campaña del norte de África: la toma de La Goleta (en la que
resulta herido en la boca y brazo derecho) y Túnez, donde el ejército imperial entra
victorioso el 22 de julio de 1535. El verso garcilasiano ha servido también para poetizar
esos hechos de armas: Sonetos XXXIII y XXXV y la excepcional Elegía II:
Aquí, Boscán, donde del buen troyano
Anquises con eterno nombre y vida
conserva la ceniza el Mantüano,
debajo de la seña esclarecida
de César africano nos hallamos
la vencedora gente recogida:
diversos en estudio, que unos vamos
muriendo por coger de la fatiga
el fruto que con el sudor sembramos;
otros (que hacen la virtud amiga
y premio de sus obras y así quieren
que la gente lo piense y que lo diga)
destotros en lo público difieren,
y en lo secreto sabe Dios en cuánto
se contradicen en lo que profieren.
Yo voy por medio, porque nunca tanto
quise obligarme a procurar hacienda,
que un poco más que aquellos me levanto;
ni voy tampoco por la estrecha senda
de los que cierto sé que a la otra vía
vuelven, de noche al caminar, la rienda.
Mas ¿dónde me llevó la pluma mía?,
que a sátira me voy mi paso a paso,
y aquesta que os escribo es elegía.
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