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Hace más de 50 años salió la primera edición de La
trayectoria poética de Garcilaso (Madrid: Revista de Occidente, 1948), el estudio
magistral de Rafael Lapesa; en este libro el gran poeta renacentista de España encontró
por fin a su lector ideal. Como lo insinúa el título, es un estudio diacrónico de la
composición de los distintos poemas de Garcilaso; anteriormente la lectura de Garcilaso,
basada en sus raíces clásicas e italianas, había sido más bien sincrónica. La raíz
hispánica cancioneril, hasta entonces ignorada, es precisamente lo que Lapesa se propuso
estudiar antes que nada. En su libro llegó un lector particularmente sensible al proceso
histórico de la formación del poeta.
Para reconstruir este proceso Lapesa tuvo que
empezar estableciendo objetivamente la fecha de cada poema. Reconociendo la imposibilidad
de fechar doce de los sonetos, nos da una cronología, precisa o aproximada, de los poemas
restantes, y en esta cronología se basan los tres capítulos principales del libro: I. La
raíz hispánica, II. La asimilación del arte nuevo, y III. La plenitud. El primer
capítulo es el que está más repleto de descubrimientos, de modelos no anotados por el
Brocense y Herrera: no sólo poetas castellanos del siglo XV sino sobre
todo Ausiàs March, el gran poeta de Valencia. La asimilación implica conflicto entre dos
artes de amar, y «Garcilaso encontró en Petrarca y Ausiàs March mentores que lo guiaran
en la expresión de su lucha interior» (72). Los tres capítulos de Lapesa no representan
tres etapas cerradas sino un proceso dialéctico de conflictos, de transiciones y de
acumulaciones: rasgos cancioneriles aparecen en algunos sonetos petrarquistas, se
encuentra a menudo la combinación italiana de petrarquismo y clasicismo, y reaparecen
vagos ecos de Ausiàs March incluso en la Elegía II. Lapesa no hace separación
entre el poeta y su poesía: en el proceso mismo de composición poética se funden la
persona y su escritura. La trayectoria poética de Garcilaso, al mismo tiempo que
estructuralmente es un estudio de intertextualidades, humanamente es la historia del
desarrollo de una personalidad literaria, de cómo Garcilaso va aprendiendo a elaborar sus
lecturas convirtiéndolas en poesía propia.
No se detuvo en el año 1948 la actividad de don Rafael
como lector de Garcilaso; siguió haciendo valiosos estudios y tomando nota de nuevos
datos e interpretaciones. Finalmente, en 1985, publicó lo que, con la desgracia de su
muerte en el año 2001, quedará siendo la edición definitiva de su Garcilaso:
Estudios completos, la cual contiene una edición corregida y aumentada de La
trayectoria poética de Garcilaso. Se le agrega un nuevo Apéndice III (199-210), en
el cual examina (9) «cuestiones polémicas ante las cuales era ineludible tomar
postura». Estas cuestiones tienen que ver, en gran parte, con la relación entre la
poesía y la realidad humana de Garcilaso. También se aporta una importante sugerencia
lexicográfica para resolver el problema textual más discutido de toda la obra
garcilasiana: el problema de la ninfa «degollada» de la Égloga III. Lapesa (de
acuerdo con otros estudiosos) demuestra que «degollada» no quería decir única y
exclusivamente «decapitada», sino «herida en la garganta». Debemos suponer, entonces,
que Garcilaso escribió en primer lugar esta palabra. Pero existe en una fidedigna
tradición manuscrita otra lectura, «ygualada», con i griega. Esta lectura más
difícil, defendida como auténtica por el Brocense y por Alberto Blecua, es sin embargo
para Lapesa «absurda» (209), y al mismo tiempo es fácilmente subsanable para un
humanista: tenía que ser una errata por «yugulada», latinismo o italianismo evidente.
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Además de este apéndice de La trayectoria, el nuevo volumen publicado en 1985
contiene dos estudios independientes que son también importantes para nuestra lectura de
Garcilaso. «Poesía de cancionero y poesía italianizante», publicado primero en 1962,
nos explica la interpenetración, durante todo el Siglo de Oro, de las dos tradiciones
matrices de Boscán y Garcilaso. Estudiando ejemplos tomados de Cetina y de Castillejo, de
Jorge Manrique y de sonetistas del siglo XVI y de Lope de Vega, Lapesa (225, 238) afirma que «A pesar
de que las divergencias nunca se borraron por completo, el intercambio entre las dos artes
fue constante». Así es cómo, con mentalidad no excluyente sino comprensiva, don Rafael
deconstruye, con una sutileza digna de los post-estructuralistas, la canónica oposición
binaria entre poesía octosilábica y poesía endecasilábica.
El otro estudio, titulado «El cultismo
semántico en la poesía de Garcilaso» y publicado por primera vez en 1972, se dedica a
una cuestión lexicográfica de gran importancia para el lector de Garcilaso: el cultismo
semántico, o sea de significado y no de significante, es a menudo tan sutil que no nos
llama para nada la atención. Muchos lectores descuidados ni habíamos entendido que este
poeta introducía a una palabra corriente española un sentido latinizante o
italianizante. Este estudio magistral, extendido más tarde a la poesía de Fray Luis de
León, es mucho más que una seca lista de palabras: es una lección sobre cómo hemos de
leer los sintagmas de Garcilaso, estando atentos siempre a una combinación extraña de
palabras familiares que apunta a un subtexto latino o italiano. Así Lapesa nos hace
pensar en cómo funcionaba la mentalidad de un poeta renacentista, suspendida
(«diversa») entre palabras españolas y sus cognados latinos al ir redactando un texto
diglósico, de doble filo. Al nivel de la palabra, esto es lo que significaba en el fondo
la imitatio renacentista.
Así de enorme es la deuda que con Lapesa tenemos
Garcilaso y sus lectores.
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