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José García Nieto

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Por Juan Van-Halen Acedo [*]


En 1952 se publicó el primer número de Poesía Española, cuya segunda época se iniciaría en 1957. García Nieto abrió aquellas páginas a todas las tendencias y a todos los nombres, como testimonia desde su experiencia Gimferrer. García Nieto no entendió nunca la poesía como exclusión, y su atención a los poetas jóvenes es comúnmente reconocida. Otros se instalaron en el anatema, la capilla o el clan, otorgando o retirando credenciales y calificaciones poéticas a su gusto o acomodo. José García Nieto nunca lo hizo.

Ciertamente García Nieto fue un gran sonetista, acaso durante mucho tiempo nuestro primer sonetista, y a veces esta condición se ha aventado como un reproche. En una carta al poeta (Cartas literarias, Barcelona: Bruguera, 1977), Juan Ramón Jiménez escribía sobre Sonetos por mi hija: «¡Qué hermosos son! A veces me pregunto ¿en qué nos aventajan los llamados clásicos a nosotros? ¿En qué bellezas han ido más cerca de la belleza esos clásicos? Sonetos como esos suyos, el segundo, el cuarto, todos ¿no son como los de Garcilaso, Lope, Góngora, Quevedo, Calderón, o mejores, más enteramente mejores...?». Aún no hace mucho me sorprendí —mi capacidad de asombro es cada vez más escasa— ante algún juicio crítico que para alabar justamente el libro Memorias y compromisos, escribía: «donde por primera vez [...] renunció a tanto soneto y tanta décima, para utilizar un versículo noble, bien musculado, fuerte de dicción y de sentido», como si el soneto no fuese verso noble, y no estuviese bien musculado, y no fuese fuerte de dicción y de sentido, cuando el poeta lo consigue arbolar magistralmente como es el caso de los sonetos de García Nieto.

El soneto es el gótico de la poesía, y no debe sorprender que asuste a endebles arquitectos del verso. Muchos huyen del soneto como el ratón del gato probablemente porque alguna vez se han enfrentado a él y les salió cojitranco. No me fío de los hoy no escasos adversarios del soneto. Que enseñen por debajo de la puerta la patita de uno, que se vea si son capaces de conseguir escribir uno aceptable, y que luego denuesten el soneto lo que quieran. Si no, que callen para siempre. El soneto es intemporal; no pasa. Ocurre que hay poetas que no llegan. Carlos Murciano, otro gran sonetista, proclama: «Sonetos, todavía y siempre». Además, García Nieto alcanzó enorme aliento en el verso libre, en poemas extensos, en poemas que, en ocasiones, conforman libros, como El parque pequeño, Elegía en Covaleda o La hora undécima.

Por tanto afecto como me regaló, por tanto afecto como regaló a tantos, resulta muy dolorosa la cicatería de algunos ante una voz tan limpia, una de las obras más estimables de la poesía contemporánea, como es la de José García Nieto. Cuando el tiempo que, según nos recordó Muñoz Molina, Chaplin consideraba el mejor autor porque encuentra siempre el final adecuado, cuando ese gran rasero de vanidades que habrá de justipreciar los valores, hunda tanta creación poética de la mercadotecnia o de los clanes, entre lo que se salve del balance figurará la obra de García Nieto. En la para mí tan honrosa ocasión de ocupar esta cátedra desde la que él, en el limbo de su enfermedad, no pudo hablar cuando recibió de manos de Su Majestad el Rey el merecido Premio Cervantes de 1996, he querido dedicarle mi especial recuerdo y homenaje entre demasiadas deformaciones y silencios.

Pepe: allá donde estés con tu muerte a cuestas, habitando la edad de las respuestas, sé que te habrán alegrado mis palabras, aunque tú, que pasaste por la vida de puntillas, vencedor y, al tiempo, vencido, como todo ser cabal, y huiste de la autocomplacencia tanto como del bombo debido a los ajenos, nunca me hubieses perdonado dedicártelas en vida. No he podido consultarte, y eso me ha permitido jugar con ventaja. Con los muertos, salvo en el fabuloso caso de los espiritistas, no es posible dialogar.

 
* (Arriba) Fragmento del discurso de investidura del autor como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Alcalá de Henares, el 4 de febrero de 2002.
 
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