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José García Nieto

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NUEVO ELOGIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA

II

Me he parado en el tiempo y alguien aquí se para.
He mirado a lo alto y otra cabeza yergue
su frente que ahora imita la luz de primavera.
Lo que aquí se detiene conmigo es el lenguaje:
semilla rumorosa y elevación del fruto.
Lo que aquí se detiene conmigo es la palabra,
esa torre, cruzada de fe, que se revela,
ese corcel que pasta mis campos de ternura
o levanta sus cascos a las constelaciones
en la noche infinita que enmudece contigo
o puebla de cadencias el cuerpo de los astros.
Tú eres mi testimonio, mi cruz y mi linaje;
mi estirpe, mis paredes o mis portales eres,
mis tejados que esperan tu ruido con la lluvia,
mis hogares que hablan con la leña quemándose;
la madera que toca la amistad de los puertos,
las alas que en las alas encuentran compañía,
la fuente que mil fuentes escogidas enlaza,
el río que recibe los ríos y los nombra
finalmente y se queda solo con sus orillas.
Te adueñaste del mundo limpiamente y cantando,
solamente diciendo: «yo traigo la esperanza».
Lo que no era nombrado no existía.
La tierra prestó la emocionada cueva de sus oídos,
el pálpito impaciente de un corazón unánime
que esperaba en la sangre las claves sucedidas,
que respira, respira, y alguien escucha y sabe.
Tu mirada profunda contempló lo mirado;
después sola te fuiste sin volver la cabeza.

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Te dejaste riquezas, ramos de territorios,
arenas marineras y desiertos y bosques
donde el desconocido pájaro entretenía
umbrías vegetales que no alcanzaba el sol.
Todo lo que miraste se cubrió de hermosura,
quiero decir, de nombres, que fueron pulso y orden,
y designios futuros, y amor y sal del tiempo.
Fraternidades únicas llenaron los espacios.
Tu ausencia no lo era, porque ya estaba el puente
tendido sobre el tiempo. Podías recrearte
en todo lo entregado más que en lo recibido.
¡Qué soledad de pronto si todo enmudeciera,
si el eco no llevara lo que tú le regalas!
Pero nadie está solo, nadie tiembla en el miedo
si alguien dice su nombre en un rincón del mundo.
Ahora cierras los ojos y te ves bautizando
las gracias y los símbolos y el mar y sus primicias,
los campos que la luna nevaba estremeciéndolos
y el monte inaccesible con nieve verdadera...
Ábreme puertas, puertos, viajes y travesías.
Pásame en esa barca de oro con cuadernas
que, estrechadas y acordes, establecen la música;
llévame al aire como la casa de Loreto
para que fecundemos el porvenir sonando.
Contigo voy cubierto de una ajustada tela;
el hábito me hace y tú me lo has tallado:
eres amor y él viste como Ausias March decía.

 
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