«...¿quién vive?, preguntó estremecido de
que alguien lo había llamado en el sueño con un nombre que no era el suyo, Nicanor, (...)
y entonces la vio, era la muerte mi general, la suya, vestida con una túnica de harapos
de fique de penitente, con el garabato de palo en la mano y el cráneo sembrado de
retoños de algas sepulcrales y flores de tierra en la fisura de los huesos y los ojos
arcaicos (...) y sólo cuando la vio de cuerpo entero comprendió que lo hubiera llamado
Nicanor Nicanor que es el nombre con que la muerte nos conoce a todos los hombres en el
instante de morir...»
Gabriel García Márquez. El
otoño del patriarca,
Madrid: Mondadori, 1987, p. 263.
«Aquella mañana, sin embargo, se sentía a salvo de toda
vanidad. Los años de la gloria y el poder habían quedado atrás sin remedio, y ahora
sólo permanecían los de la muerte (...) mientras leía el periódico en la terraza, el
presidente dio un salto de asombro ¡Ah, caray! dijo. ¡He muerto en
Estoril! Su esposa, levitando en el sopor, se espantó con la noticia. Eran seis
líneas (...) y ahora decía que había muerto en Estoril de Lisboa, balneario y guarida
de la decadencia europea, donde nunca había estado, y tal vez el único lugar del mundo
donde no hubiera querido morir.»
«Buen viaje, Señor
Presidente» en Doce cuentos peregrinos,
Madrid: Mondadori, 1992, p. 24 y 44.
Acerca de la muerte en García Márquez
«El tema de la muerte domina toda la obra narrativa de
García Márquez, desde sus primeros relatos (...) La obsesión por el mundo de los
muertos en Márquez tiene unas raíces culturales y personales bastante bien definidas
desde la infancia. (...) propone dos tipos de miradas: la del mundo real hacia el vacío
de la muerte, y la del mundo de los muertos, mas real en ocasiones que la primera...»
Ángel de Esteban del Campo. «La
muerte en los Doce cuentos
peregrinos» en Cuadernos Hispanoamericanos, 539-40,
Madrid (mayo-junio 1995), p. 281-282.
«Dado que a cada hombre le corresponde una vida y su
respectiva muerte (...), el patriarca, como ser excepcional, se saltará a la torera este
requisito y morirá a primera vista, dos veces. (...) La primera muerte, el
enfrentamiento personal cara a cara casi un tête a tête del patriarca
aparece al final de la novela (...) La implacable lo llama por su nombre (...) y exige que
se cumpla la sentencia. (...) La segunda muerte que el lector conoce en
primer lugar se presenta detallada en las cabeceras de los seis capítulos. (...)
Dado que el dictador es un hombre público con derecho a su privacy, bien puede
tener dos muertes: una privada y otra pública.»
María Eulalia Montaner Ferrer. «El
otoño del patriarca: tres muertes distintas para un patriarca gay», en Cuadernos
hispanoamericanos, 535, Madrid (enero 1995), pp. 53-54.