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Gabriel García Márquez

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El humor y la ironía en García Márquez

«Tiempo después, evocando aquel día como uno de los más duros de su vida, dijo con un humor ácido:
—Yo era el único colombiano que no tenía un presidente ante quien quejarse.»

Gabriel García Márquez. Noticia de un secuestro,
Barcelona: Mondadori, p. 213.

«Los viejos compañeros de parranda de Aureliano Segundo pusieron sobre su caja una corona que tenía una cinta morada con un letrero: Apártense vacas que la vida es corta. Fernanda se indignó tanto con la irreverencia que mandó tirar la corona a la basura. En el tumulto de última hora, los borrachitos tristes que los sacaron de la casa confundieron los ataúdes y los enterraron en tumbas equivocadas.»

Gabriel García Márquez. Cien años de soledad,
Barcelona: Mondadori, 1987, p. 430.

«Ya sé qué estás pensando. Lo de siempre: que es un cursi. (Se encoge de hombros): ¡Bah! Yo también. (Se ríe) ¿Sabes qué me dijo el muy bárbaro? Que Mozart no existe, porque cuando es malo parece Hadyn y cuando es bueno parece Beethoven.»

Gabriel García Márquez. Diatriba de amor contra un hombre sentado,
Barcelona: Grijalbo-Mondadori, 1995, p. 59.


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Acerca del humor y la ironía en
García Márquez

«Las características de la narrativa de García Márquez en esta novela-sátira [El otoño del patriarca] son las del carnaval, es decir, de la literatura carnavalesca: elementos narrativos incompatibles (citas bíblicas, anécdotas, parodias, múltiples voces definiendo al dictador), todos ellos en yuxtaposición, en polifonía en un ambiente propio de fiestas, de carnaval...»

Isabel Rodríguez-Vergara. El mundo satírico de García Márquez,
Madrid: Editorial Pliegos, 1991, p. 44.

«Otro elemento nuevo en esta ficción (en la realidad ficticia) es el humor. Aparece como antídoto de fuerzas que, sin él, ahogarían la vivencia, impedirían que la historia tuviera poder de persuasión. La maestría con que el humor es usado en el relato es tan grande como la importancia estilística que este componente tiene en la ficción: sin él, o más bien, sin su forma particular de humor, El coronel no tiene quien le escriba, sería, por su severo realismo, una historia “irreal”.»

Mario Vargas Llosa. García Márquez: Historia de un deicidio,
Barcelona: Barral Editores, 1971, p. 329.

 
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