«Ángela Vicario, la hermosa muchacha que se había
casado el día anterior, había sido devuelta a la casa de sus padres, porque el esposo
encontró que no era virgen (...) Pero por más que volteaban el cuento al derecho y
al revés, nadie podía explicarme cómo fue que el pobre Santiago Nasar terminó
comprometido en semejante enredo. Lo único que sabían con seguridad era que los
hermanos de Ángela Vicario lo estaban esperando para matarlo.»
Gabriel García Márquez. Crónica
de una muerte anunciada,
Madrid: Mondadori, 1987, p. 27.
«El abogado sustentó la tesis del homicidio en
legítima defensa del honor, que fue admitida por el tribunal de conciencia, y los gemelos
declararon al final del juicio que hubieran vuelto a hacerlo mil veces por los mismos
motivos (...).»
Gabriel García Márquez. Crónica de una
muerte anunciada,
Madrid: Mondadori, 1987, p. 53