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Por Luis Miguel Madrid
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A los
cuarenta años de edad, con la misma claridad con la que José Arcadio Buendía, a los
cuarenta años de edad, reveló a sus hijos el descubrimiento «de que la tierra era
redonda como una naranja» (p. 13)1,
Gabriel García Márquez mostró al mundo la novela de su vida, que resultó ser un
hallazgo excepcional repleto de círculos y simetrías hábilmente estructuradas en un
entorno de dualidades e imágenes reflejadas en sí mismas. Y también de contradicciones,
casi siempre transitando por los terrenos sin dueño del humor y la tristeza de un mundo
por nacer. Las reflejó en las casi 500 páginas que a los cuarenta años de edad entregó
a la Editorial Sudamericana con el título de Cien años de soledad descubriendo
que la literatura era redonda como una naranja.Mucho antes lo había intentado un columnista de 17 años con el
mismo nombre y el oficio aún sin diseñar. Desde «El Rascacielos»2 de Barranquilla comenzó a encontrar un
sentido a ese sentimiento que se desbordaba y que le sirvió para acabar las primeras
entregas deshilvanadas de aquella idea: La hojarasca, El coronel no tiene quien
le escriba, La mala hora, y algunos de los cuentos de Los funerales de la
Mamá Grande, donde quedaron reflejados en forma de libro algunas de las
historias, personajes y ambientes del borrador que por entonces se llamaba aún La casa. |
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El argumento final de Cien años de soledad está
configurado como un universo sin referencias. No se diseñó una definición tangible del
espacio y el tiempo, la concreción de sus datos baila alrededor de la ilusión o la
indefinición. Macondo nace de un sueño y también tienen la apariencia de sueño los
viajes que se realizan a su exterior. No hay apenas datos de los lugares que recorren
José Arcadio, Úrsula, Aureliano Segundo; dónde suceden las guerras del coronel o
Melquíades adquiere sus conocimientos. Sabemos que hay sucesos fuera pero la fuerza que
arrastra los lugares y momentos al centro del círculo de Macondo es mayor: «el tiempo no
pasaba... sino que daba vueltas en redondo» (p. 285). Y sucede así porque en
realidad nada importa demasiado, se trata de una espera triste a un Godot que
finalmente llega. Por ello, es una historia por entregas donde todos los factores
impuestos por la realidad no dejan de ser más que esbozos genéricos y no tienen más
valor que la portada de cada uno de los argumentos que suceden en particular a modo de
metáforas individuales de cada una de las caras de la tristeza que García Márquez supo
reconocer en el Caribe. La muestra más característica surge quizás del personaje más
emblemático: «Aureliano había llorado en el vientre de su madre» (p. 20). La soledad,
igual que el mundo en el que habita, también es circular y tan solo la muerte puede
quebrar su alambre. Así sucede en el caso del sueño de los cuartos infinitos de José
Arcadio, la mortaja de Amaranta o los pescaditos del coronel. Afortunadamente su
resolución, es decir, la muerte, no es tratada como un mal mayor, a sabiendas de lo poco
grande que por esperar queda. |

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Incluso
la felicidad predestinada está vetada en la penitenciaría de Macondo; una mala
interpretación de las barajas dirige la bala que mata a Aureliano José, que debería
haber conocido la felicidad y haber muerto de viejo en los brazos de Carmelita Montiel.Para provocar una visión paralela en la
evolución literaria y argumental, García Márquez parte de una maldición a modo de
pecado original, transformada en penitencia que abarca a la estirpe entera, la cual
quedará marcada por la espada de la derrota, que impedirá a cada uno de los Buendía
salirse del círculo vicioso de una tristeza solitaria. El conformismo y la frustración
son las características que cada generación repite en sus actitudes ante la implacable
vigilancia del destino amenazando con una justicia inevitable.
Evidentemente, Cien años de soledad
ha sido interpretada como una especie de parodia bíblica por diversos críticos que, como
Julio Ortega3 encuentran
un paralelismo estructural con el mito de Adán y Eva al observar sus elementos básicos
(prohibición, vida virginal, génesis, pecado, maldición, éxodo, apocalipsis...) de una
forma totalmente clara y reconocible. De manera más esporádica, existe una sátira de la
simbología cristiana: la virginidad, la santidad, la sexualidad, etc. |
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La recreación mitológica abarca toda la tradición hispanoamericana, desde la
antigüedad clásica, tradiciones africanas o autóctonas, incorporándolas a la realidad
desde la sencillez de una estética en la que lo aparentemente mágico no es más que una
muestra de la condición específica del mundo americano. La mezcla armoniosa de la
fantasía mitológica y las narraciones legendarias y folclóricas resulta especialmente
eficaz al transitar las historias de cada personaje como satélites bien hilvanados de la
historia general de Macondo. Cada uno de estos personajes tiene una fuerza especial en su
configuración, más basada en el poderío poético de sus acciones que en la perspectiva
psicológica o descripción detallada de sus actos y características. La unidad y
continuidad de los retablos se consiguen a través de personajes femeninos de la talla de
Úrsula, Amaranta o Pilar Ternera, que a cambio de su escasa participación en
iniciativas, guerras o negocios, marcan de una forma histórica el hilo de los
acontecimientos.
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La expresión de la realidad
de Cien años de soledad proviene de una lógica aldeana en la que se revuelven los
recuerdos y la fábula sentimental, herencia de los años que pasó su autor en casa de
sus abuelos en Aracataca. Es una manera de narrar que, como bien explica Teodosio
Fernández4, relaciona el
relato oral con la imaginación infantil, como testimonio de una mentalidad no coartada
por el racionalismo y de la que era manifestación el realismo mágico. A
ello se une la voluntad de crónica con estructuración novelesca, en cuyos argumentos
históricos muchos críticos (S. Levine, A. Rama, E. Carballo, etc.) encuentran el
fundamento de la novela. Tanto la interpretación metafórica sobre el universo
latinoamericano como la que identifica la historia de Macondo con la condición humana no
dejan de tener una sólida base fácilmente demostrable y compatible; la denuncia social,
el imperialismo, la injusticia y la opresión comparten vida y páginas con la tragedia,
el determinismo, la soledad, el pesimismo y la tristeza.Al fundir en un mismo redondel dos géneros, el poético y el
narrativo, García Márquez consigue recorrer el mismo camino literario a través de dos
senderos aparentemente antagónicos, los cuales se complementan para hilar un idéntico
entorno circular. Por medio de la exposición poética se descubre el sentido y el
sentimiento puntual de los personajes, aproximándolos al universo cotidiano de las
percepciones y la intimidad. Para acceder a este destino, García Márquez se apoya en una
gran variedad de recursos estilísticos que se alternan con el relato de acontecimientos,
la descripción épica de sucesos y la narración objetiva enmarcada en un tiempo y un
lugar. Sin embargo, son las teorías relacionadas con argumentos personalistas, poéticos
y vivenciales las que van adquiriendo mayor consistencia y apoyo de la crítica, una vez
superada aquella etapa donde la identificación y reafirmación nacional resultaba
imprescindible y también cuando la distancia nos está mostrando graves contradicciones
entre la actitud social y las propias manifestaciones de García Márquez (soledad es
lo contrario de solidaridad) y el fondo ideológico que se recoge ante la repetida
negación de un cambio a favor de la dignidad o evolución social hispanoamericana.
Cualquier esfuerzo por cambiar el fatídico rumbo de la historia choca en los personajes
de Macondo con un determinismo fatídico que por añadidura aporta pesimismo y dejadez
escarmentada que se refugia en el silencio como mal menor. |

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Por otra parte, las
innumerables referencias biográficas parten de la voluntad obsesiva que García Márquez
siempre mostró (desde su regreso a Aracataca, en 1944) por contar todas estas historias
enlazadas de la casa donde vivió con sus abuelos hasta los ocho años. Tanta
necesidad evocativa se traduce en la proliferación de elementos biográficos relatados de
una manera descaradamente poética de la que ni él mismo se puede evadir, apareciendo
como personaje que luce su mismo nombre. La imagen y las propias declaraciones de García
Márquez se identifican de una forma más directa con esta nostalgia mítica y las
permanentes referencias a su infancia, el importante papel de su abuelo, el coronel, y las
historias que de niño fue escuchando y que sin duda fueron los cimientos con los que su
imaginación levantó de nuevo aquella casa para que se recordara siempre.El extraordinario éxito alcanzado por la novela
desde su aparición se debe quizás al momento propicio de su publicación, cuando toda
Hispanoamérica necesitaba con urgencia escapar de los modelos europeos y las referencias
propias, ya suficientemente anquilosadas. Por supuesto, de nada serviría el oportunismo
si Cien años de soledad no estuviera bien cubierta por una técnica que su autor
dejó madurar, desbordada de imaginación y recursos, utilizándolos con precisión y
suficiente ambigüedad sobre una estructura compacta gracias a una simetría que se apoya
en dualidades temáticas y formales. |

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Las fórmulas para aderezar ese entramado poético
disfrazándolo de historia son la magnificación de acontecimientos hasta emparentarlos
con el mito, el empleo sistemático de lo fantástico en el mismo plano simbólico que lo
real, la utilización de técnicas de enumeración y exageración con intención irónica
y humorística y sobre todo, el uso de metonimias y metáforas que desde la naturalidad de
un planteamiento igualitario entre lo real y lo referido remueve la conciencia estructural
de la novela. Para fijar esta fórmula estilística, García Márquez recurre a la
reiteración permanente del método, con lo que el lector termina identificando un plano
único con un estilo definido y original. Es por tanto esa nueva redistribución de los factores, la
utilización contradictoria de elementos y la configuración poética del relato lo que a
nuestro entender da la consistencia a esta obra, más allá del célebre comienzo:
«Muchos años más tarde, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano...»,
cuya estructura ya existía en Pedro Páramo: «El padre Rentería se
acordaría muchos años después de la noche que la dureza de su cama lo tuvo despierto»5. O el igualmente célebre
final, cuando Aureliano Babilonia descubre que los manuscritos de Melquíades contienen
toda la historia de la familia Buendía y que tanto recuerda al pasaje de La Ilíada en
el que Elena teje un tapiz que resulta reflejar escenas de la guerra de Troya.
Por otra parte, García Márquez ha sabido
aglutinar las características de lo que se llamó realismo mágico, abrigado por
«la imaginación desbordada de los esclavos negros africanos con la de los nativos
pre-colombinos y luego con la fantasía de los andaluces y el culto de los gallegos por lo
sobrenatural»6 que se
respira en el Caribe, describiéndola como allí se ve, con la parsimonia y templanza
necesaria para poder decir, muchos años más tarde: «lo escribí como se escriben los
versos, palabra por palabra»7. |

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Notas:
- Gabriel García Márquez. Cien años de soledad, Barcelona:
Mondadori, 1999 (2
.ª ed.).
Burdel de cuatro pisos en
Barranquilla, donde GGM tenía alquilado un cuartucho en la época que escribía la
columna «La Jirafa» para El Heraldo.
Julio Ortega, «Gabriel García
Márquez: Cien años de soledad» en Nueve asedios a García Márquez, ed.
de Pedro Lastra, Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1969.
Teodosio Fernández, «Entre el mito y
la historia: Las últimas obras de García Márquez», en Congreso Gabriel García
Márquez: Quinientos años de soledad, Zaragoza: Universidad de Zaragoza,
1997.
Juan Rulfo. Pedro Páramo, El llano
en llamas y otros textos, Barcelona: Seix Barral Editores, 1983.
Gabriel García Márquez. Conversaciones
con Plinio Apuleyo Mendoza. El olor de la guayaba, Bogotá: La Oveja Negra, 1982.
El olor de la guayaba,
op. cit.
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