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Gabriel García Márquez

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  Por Mercedes Serna


El mundo de Cien años de soledad tiene muchos puntos de contacto con la filosofía oculta, con la literatura alquimista y el saber hermético1. Los personajes de Macondo sobre los que recae la fundación y la destrucción del pueblo, Melquíades, José Arcadio Buendía y el último Aureliano, Aureliano Babilonia, creen en las ciencias ocultas.



Frente al carácter positivista y cientificista de Úrsula, se alza José Arcadio Buendía, fundador de Macondo, patriarca ansioso por descubrir los caminos científicos y que se siente deslumbrado por la tecnología primaria y hechicera de los gitanos. Es el pionero del grupo y el que lleva a éste al conocimiento, a través de las ciencias ocultas, de la alquimia y la magia. Melquíades le había regalado un rudimentario laboratorio de alquimia que habría de ejercer una influencia terminante en el futuro de Macondo.

Dicho laboratorio contaba con los instrumentos necesarios para realizar procesos alquímicos: un atanor primitivo, una probeta de cristal y un destilador. José Arcadio intenta la fabricación de la piedra filosofal pero fracasa en sus operaciones: «En azarosos y desesperados procesos de destilación, fundida con los siete metales planetarios, trabajada con el mercurio hermético y el vitriolo de Chipre, y vuelta a cocer en manteca de cerdo a falta de aceite de rábano, la preciosa herencia de Úrsula quedó reducida a un chicharrón carbonizado que no pudo ser desprendido del fondo del caldero»2.


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El proceso seguido por los alquimistas para conseguir la piedra filosofal era el de la transmutación de los metales que incluía el calentamiento de los mismos en un crisol de vidrio, denominado vaso de Hermes o huevo filosofal. Melquíades había dejado a José Arcadio todos estos instrumentos y también muestras de los siete metales correspondientes a los siete planetas3, las fórmulas de Moisés y Zósimo y una serie de apuntes y dibujos cuya recta interpretación daba con la fabricación de la piedra filosofal. José Arcadio fracasa porque no sabe interpretar los textos cifrados ni entiende el sentido profundo del ascetismo hermético. La alquimia pretendía la purificación del ser humano a través del saber hermético. La conjunción entre química y ciencia, la transmutación de la materia, del plomo al oro, relacionando cada metal con el signo del zodiaco, se identificaba con la búsqueda de sí mismo y con la misión de desentrañar los misterios de la vida.



El huevo filosófico es el símbolo alquímico de la totalidad, donde se forma el hermafrodita. El motivo preferido de la alquimia es el andrógino, cruce del estímulo sensual con la vindicación del espíritu. José Arcadio, por falta de entendimiento, no consigue el andrógino, meta de las investigaciones esotéricas y punto de unificación espiritual. Es la última pareja de Cien años de soledad quien alcanzará el símbolo alquímico de la totalidad. De la unión entre Aureliano y Amaranta Úrsula se nos dice: «A medida que avanzaba el embarazo se iban convirtiendo en un ser único»4.

Este ser único representa la unificación espiritual y amorosa y con ello la posibilidad de descodificar los manuscritos. Hay una total identificación entre el conocimiento intelectual y el descubrimiento del destino. Tal descubrimiento lleva implícita la muerte.

Melquíades es gitano nigromante y alquimista, visionario, muerto en el capítulo primero y resucitado poco después. Posee las claves de Nostradamus, es decir, que podía descifrar y predecir la historia de la humanidad. Melquíades escribe un mensaje cifrado que describe la historia de Macondo. El desciframiento de los textos correrá a cargo de Aureliano Babilonia5. Ya José Arcadio Segundo, hijo de Arcadio Buendía y Santa Sofía de la Piedad, se había dedicado a repasar los pergaminos de Melquíades. La legibilidad del relato coincidirá con la extinción de la estirpe.



Los jeroglíficos aparecen por primera vez en manos de José Arcadio como el resumen de los estudios del astrólogo Hermann von Richenau6, del siglo XI. Tales pergaminos forman parte del hermetismo y es en ellos donde Melquíades cifra y predice la historia de la saga (el lector de Cien años de soledad es otro descifrador). Pero no basta conocer una profecía, hay que descodificarla y saberla entender. José Arcadio está atento a las profecías de Melquíades pero no las entiende. Así, por ejemplo, lo que el profeta Melquíades pidió, como último deseo antes de morir, de forma simbólica, en lenguaje alquímico: «Cuando me muera, quemen mercurio7 durante tres días en mi cuarto», José Arcadio lo entiende mal, por leerlo literalmente, y se entretiene en hervir un caldero de mercurio junto al cadáver durante setenta y dos horas8.

Aureliano Babilonia se había dedicado al estudio de los pergaminos acompañando a José Arcadio Segundo en su soledad. Había leído los seis tomos de la enciclopedia, vive absorto en una realidad escrita. Aureliano conocía la librería del sabio catalán —quien confunde la realidad con el mundo libresco— por indicación misteriosa de Melquíades. Aureliano puede por fin contemplar el epígrafe de los pergaminos: «El primero de la estirpe está amarrado a un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas». Lo que el lector lee no es el manuscrito mismo sino la descodificación o, mejor dicho, una variante más del texto.

El texto original está escrito en sánscrito (lengua sagrada) y la primera versión en castellano en verso9. Lo que nosotros leemos es una prosificación del poema en castellano que descifra Aureliano del sánscrito, hecha por el autor implícito. Y en definitiva lo que leemos cada uno es una versión distinta, bisagra de una larga cadena de reescritores y descifradores del universo. La idea del universo como texto apocalíptico, que recoge la historia de la humanidad, guarda relación con la cábala judaica y cristiana y con la idea medieval del libro (la Biblia) como la historia de la humanidad escrita por Dios en lenguaje cifrado.


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La tendencia de la filosofía oculta a la lengua cifrada, según Alexander Roob10, se explica por el profundo escepticismo frente al poder expresivo de la lengua de Babilonia con su alfabeto impío. Lo que importa es preservar el saber de los abusos del profano. Del saber que fue revelado por Dios a Moisés, en lengua cifrada, que guarda Hermes Trismegisto en la Tabla Esmeralda y que, junto con él, una élite, Zoroastro, Platón, Pitágoras, transmitió a través de jeroglíficos. Narrar, leer e interpretar equivale a vivir. Las hojas del libro son el tiempo, las letras los hombres y el contenido es el designio divino o el conocimiento del destino. La relación lectura escritura y muerte se encuentra en textos borgianos, donde los personajes suelen morir como Aureliano al final de la lectura.

Como si se tratara de un texto hermético, García Márquez recoge en su obra un conjunto de creencias occidentales premodernas11 —la alquimia, la magia, la astrología, el hermetismo— que tiene como objetivo atender al mensaje de la revelación. Como los textos herméticos, en Cien años de soledad surge el interés por alcanzar el conocimiento supremo, la búsqueda de nosotros mismos y de nuestro destino.

Cien años de soledad nos previene de la ciencia —ésta no comprende la mística de la vida— y cree en el eterno retorno. Todo se repite eternamente y todo es pasado. Como dice el también seguidor del hermetismo, T.S. Eliot, en Four Quartets: «Time present and time past / Are both perhaps present in time future / And time future contained in time past. / If all time is eternally present / All time is unredeemable».


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Notas:
  1. De Hermes Trismegisto, mensajero de los dioses y figura fabulosa contemporánea a Moisés, deriva la hermenéutica o interpretación de textos. Los textos herméticos se consideraron tan sagrados como el Génesis, ambos escritos en clave. El hermetismo del neoplatonismo florentino asimiló la Cábala judía. La literatura alquimista despliega un lenguaje alegórico que ha ejercido gran influencia en el romanticismo, en el idealismo alemán y en la literatura moderna: Blake, Yeats, Joyce, Rimbaud, Brecht, Breton o Artaud. 
  2. Véase la edición de Jacques Joset a Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, Madrid: Cátedra, 1995, p. 87
  3. Identificación entre macrocosmos y microcosmos que ya se encuentra en el texto lapidario del siglo V Tabula Smaragdina: «Es verdadero, verdadero, sin duda y cierto:/Lo de abajo se iguala a lo de arriba, y lo de arriba a lo de abajo, para consumación de los milagros del Uno». Así, a la esfera de Saturno corresponde el plomo, metal grosero; a Júpiter, el cinc, a Marte, el hierro, a Venus el cobre, a Mercurio el mercurio a la Luna la plata y al Sol el oro. 
  4. Ob. cit., p. 550.
  5. El nombre Babilonia está claramente relacionado con el mito de la torre de Babel. Es el único que descifra el texto. 
  6. Ob. cit., p. 83. 
  7. El mercurio es uno de los principios de la alquimia, junto con la sal y el azufre. 
  8. En otra ocasión, implícitamente, se nos volverá a avisar de lo grave que puede ser mal interpretar los textos. Ob. cit., p. 260. 
  9. Así es y como se indica en el texto: «Habían transcurrido más de tres años desde que Santa Sofía de la Piedad le llevó la gramática, cuando Aureliano consiguió traducir el primer pliego. No fue una labor inútil, pero constituía apenas un primer paso en un camino cuya longitud era imposible prever, porque el texto en castellano no significaba nada: eran versos cifrados. Aureliano carecía de elementos para establecer las claves que le permitieran desentrañarlos..» Ob. cit., p. 495
  10. Véase su estudio Alquimia y mística, London: Taschen, 1997, p. 12.
  11. Borges se basó para escribir algunos de sus textos en la concepción gnóstica y hermética que aspiraba al conocimiento intuitivo de las cosas divinas. 
 
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