La primera edición de esta obra se realizó simultáneamente por Bruguera (Barcelona),
Diana (México), Sudamericana (Buenos Aires) y Oveja Negra (Bogotá), en 1981. Tras su
publicación García Márquez fue denunciado sin éxito por algunas de las personas
implicadas en el suceso que dio origen a la novela.
Santiago Nasar es acuchillado por los gemelos
Pedro y Pablo Vicario para vengar el |

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| honor de
su hermana Ángela, la cual ha sido devuelta a la casa de sus padres por su
esposo, Bayardo San Román, la misma noche de bodas. Se trata de una fábula cuya estructura de crónica intenta justificar una
extraña sucesión de casualidades que actuando en contra de toda lógica y rozando lo
imposible, acaban por cumplir con un destino inexplicable.
Aunque en una primera lectura predomine la
sensación de duda ante la evolución de tantos detalles injustificables, existe otra
interpretación asentada en una especie de venganza general de Ángela Vicario ante la
permanente humillación de la mujer:
Mi madre fue la única que apreció como un acto
de valor el que hubiera jugado sus cartas marcadas hasta las últimas consecuencias.
Con su actitud de mártir, Ángela
Vicario se convierte en juez que condena una larga y penosa tradición de marginalidad. Su
deshonra es un disparo que acierta doblemente; hiere profundamente a Bayardo San Román
en el orgullo y mata a Santiago Nasar, prototipos ambos de macho dominante,
caracterizados por la altanería y el afán por cumplir con sus caprichos. Quizás esa
deshonra no aclarada sólo sea la excusa para castigar la soberbia y proporcionar venganza
a las víctimas de ambos:
Lo buscó en las tinieblas, lo encontró a
primera vista entre los tantos y tantos nombres confundibles de este mundo y del otro, y
lo dejó clavado en la pared con su dardo certero, como a una mariposa sin albedrío cuya
sentencia estaba escrita desde siempre.
Santiago Nasar dijo.

La concatenación de acontecimientos asociados de
manera imposible, las voluntades contrariadas, y, especialmente, la personalidad
encubierta de los protagonistas, hacen que el lector llegue a las últimas páginas con la
sensación de imposibilidad ante el desenlace anunciado. Durante el proceso narrativo hay
un espectacular cambio de papeles que afecta a toda la estructura presentada. Y es que los
aparentes héroes no lo son el estruendo de sus derrotas es calamitoso; la
víctima firma las sentencias y a los personajes de reparto se les asciende hasta ostentar
el papel de verdugos.
La poca entidad psicológica de Santiago Nasar se
refleja ante la evidencia de su muerte, cuando con ella se debería explicar el argumento:
«no entiendo un carajo», dice cuando le dan la alternativa de esconderse o defenderse, y
«que me mataron, niña Wene», respondiendo a Wenefrida Márquez cuando ya le habían
acuchillado y buscaba el cobijo de su casa para morir. Se trata en realidad de la
consumación de un destino fatal en el que interviene como circunstancia curiosa la
ignorancia de Nasar ante su propia tragedia:
No quiero flores en mi entierro, me dijo, sin
pensar que yo había de ocuparme al día siguiente de que no las hubiera.
En otros personajes, el destino actúa con la
misma evidencia inevitable:
Esto no tiene remedio, dice Pablo Vicario con
más resignación que ira. Es como si ya nos hubiera sucedido.
Sin embargo, existe en la Crónica... una
vuelta de tuerca que otorga alguna esperanza al hombre en su lucha desquiciada contra la
fatalidad, aunque sea a través de la contradicción que provoca Ángela Vicario al
enamorarse muchos años después del marido que la dejó plantada y que decide volver
gordo y calvo quizás tan sólo por ganar una batalla al destino, el señor
que vence todas las guerras en la obra de García Márquez. |