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Por César Cuadra
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Más allá de ese lugar común que es recurrir al tiempo
transcurrido, no podemos dejar de advertir cómo nuestra percepción de los cambios
está hegemonizada por una nebulosa de circunstancias que en la práctica resulta
francamente imposible o muy difícil de atravesar. De aquí lo paradójico que resulta
comprobar que muchas veces los cambios más radicales transcurran de un modo tan
imperceptible, que incluso no llegamos siquiera a reparar en ellos. Y a su vez, aquellos que se nos presentan como una verdadera
revolución, muchas veces apenas dejan un rastro en las secretas leyes de la historia.
Quizás por esto nos resulta tan reveladora la aproximación que hiciera Mario Vargas
Llosa a la situación de la novela latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX.
Para el novelista peruano la literatura y en particular la novela vive por
esos años un momento de extraordinaria agitación y empuje creativo, de liberación y
gran vitalidad, donde la intensidad llega a afectar incluso a la naturaleza del lenguaje
de la novela. Con su habitual eficacia Vargas Llosa estampa esa percepción en la
archiconocida frase de que la novela que se escribía en Latinoamérica «ha dejado de ser
latinoamericana y liberándose de esa servidumbre ya no sirve a la realidad; ahora se
sirve de la realidad». |

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Nacía pues una nueva frontera para el relato y se despachaba al pasado toda dependencia
de tipo realista o naturalista. No es difícil advertir que aquí está el punto de
arranque de la aventura narrativa garcíamarqueana, pues en ella es posiblemente donde
mejor se exprese el ansia de liberación del yugo de la realidad, donde mejor se
encarnen los gritos de rechazo a una modernidad evasiva al mundo latinoamericano. En plena
crisis de la edad industrial la narrativa de García Márquez muestra quizás mejor que
ninguna otra su resistencia a ella por medio de una estética premeditadamente evasiva,
ideología que, como se sabe, marcará gran parte de la producción novelística de la
segunda mitad del siglo XX. |
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El hundimiento de las estéticas realistas vino
acompañado por una especie de renacimiento en la narrativa latinoamericana: era el
triunfo del imperio de la autonomía del discurso y la obra respecto de los relatos
referencialistas y miméticos precedentes. Es en oposición a esos realismos reales o
referenciales que emerge el llamado realismo mágico, ése que «ya no sirve a la
realidad» sino que «se sirve de la realidad». No fueron pocos, como se sabe, los que
abrazaron esta bandera. Sin embargo, vale la pena no perder de vista que la emergencia de lo
real maravilloso en la literatura latinoamericana (bautizada así por Alejo
Carpentier) se vivió fundamentalmente en los países con escaso desarrollo industrial, es
decir, en países cuya organización económica y social era prácticamente agraria y
rural. Debe distinguirse, por tanto, de los surrealistas, que también exaltaban lo
maravilloso, ya que éstos lo hacen desde un contexto económico y social distinto,
donde su plataforma de lucha se dirigía hacia el mundo mecanizado propio de las
relaciones urbanas de la sociedad industrial. Debemos recordar, incluso, como lo hace Jean
Franco, que la propia expresión real maravilloso ya era usada en Europa desde
hacía varias décadas, por el futurista italiano Massimo Bontepelli1. |

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Sin duda fue necesario esperar unas cuantas
décadas para acercarse con cierta perspectiva a ese vuelco discursivo, o mejor, a esa
re-estetización de la narrativa latinoamericana. En este sentido, hoy es posible
reconocer, por ejemplo, que el realismo mágico fue, junto a otros modelos, el
motor que posibilitó la vindicación de la imaginación como forma de conocimiento o de
acercamiento a las cosas. Y establecer que eso mismo posibilitó un fuerte
debilitamiento de las anteriores formas de conocimiento de las cosas. O sea, el realismo
mágico, en sincronía con su tiempo, supo profundizar en la problematización del objetivismo
y el referencialismo del discurso, y en un sentido particular, en toda forma de verosimilitud
(con toda la cadena de conceptos y percepciones asociadas a esa categoría estética). Se
apreciará que el efecto de esto sin duda revolucionario es el que permite
comprender la brecha abierta entre realidad y literatura en el suelo de la
narrativa contemporánea latinoamericana. Así se explica, por ejemplo, el que alguien
pueda decir por ahí que «la literatura es mejor que la vida»2 o más específicamente, como lo hace Santiago Mutis, decir que es
mejor «sobre todo si podemos contar con el estilo de García Márquez, por las cosas que
nos suceden en ella»3. Son estas opiniones las
que mejor ilustran lo que sucede en torno a estas prácticas discursivas. Porque en
realidad, además de la discusión en torno a la oposición entre literatura y vida lo que
ahí se plantea es una cuestión de una determinada economía de los placeres en la
modernidad (el que sostiene a la lectura, no lo olvidemos). Pero también se plantea una
profunda inquietud hacia los contenidos de la experiencia estética. Ahí aparece de un
modo algo oblicuo la pregunta por la naturaleza de esa experiencia, es decir, se plantea
abiertamente la paradoja que opera entre la realidad literaria y la extraliteraria en la
edad moderna, pues para Santiago Mutis, lo literario es aquello que no se da en la
vida, y además, esto es en García Márquez «minucioso y preciso, realista y
asombrosamente concreto»4. No cabe duda pues
que el autor de Cien años de soledad había encontrado una manera eficaz
de volver problemático todo el campo de aquello que creíamos claro y bien definido entre
realidad y ficción, entre literatura y vida, etc. El colombiano había logrado de esa
manera confrontarnos y devolvernos a la radicalidad del problema de todo realismo, aunque
correrá el riesgo complementario: quedar encerrado en el nominalismo. |

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Aquí abrimos un paréntesis para ilustrar algo de
todo esto. Tomemos, por ejemplo, las palabras pronunciadas por el rey Carlos Gustavo de
Suecia en diciembre de 1982 en el momento de la entrega del Premio Nobel a García
Márquez. Nadie podía estar en desacuerdo con ellas puesto que en realidad expresan
brillantemente lo que en aquellos años estaba en la atmósfera y en la percepción
colectiva sobre la narrativa garcíamarquiana. Este premio, dijo el rey, se le entregaba
por «sus cuentos y novelas donde lo fantástico y lo real se funden en la compleja
riqueza de un universo poético que refleja la vida y los conflictos de un continente».
Se aprecia que más allá de adherir o no a esa breve y exótica referencia, lo que ahí
se estaba diciendo era exactamente lo contrario a los postulados del realismo mágico.
Es decir, se hablaba de un universo poético que refleja la vida y conflictos de
un continente, de modo que invirtiendo los papeles, aquí no es la realidad la que
sirve a la novela sino que es la novela la que sigue siendo encadenada a la
realidad. Se aprecia que los riesgos de reducir las contradicciones o disolver las
paradojas, es lo que acecha a toda lectura, más si se trata de la obra de García
Márquez, donde siempre nos estamos enfrentando, como en esos antiguos viajes míticos, a
las Escila y Caribdis que aquí se llaman realidad y literatura o realidad
y ficción, como si fueran bestias que acechan y esperan a todo lector cuando
quiere ir más allá de las aguas del relato. Es contra nuestras propias ilusiones que
debemos librar estas batallas, pues ellas, al igual que aquellas bestias míticas, no
descansan hasta no haber destruido a sus presas. En nuestro caso se trata de no perecer
ante eso que tan modernamente hemos construido como realidad. Sin estas batallas
resulta impensable e inimaginable esto que hemos venido aludiendo en torno al realismo
mágico. Se cierra el paréntesis. |

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Llegamos, pues, a uno de los núcleos de la
modernidad literaria de la obra garcíamarquiana. Porque no cabe duda que en su
pertenencia a esa forma de vivenciar el lenguaje literario como metáfora de las cosas
5, se encuentra la materialidad elemental de la
edad moderna. Se tendrán que esperar nuevas condiciones de plausibilidad para que el
lenguaje llamado literario que ya se escribe de otra manera sea leído de
otra manera 6, en su multidimensionalidad, en su
doble articulación, en su actividad, en fin, en todo aquello que han empezado a mostrar
las actuales corrientes posteriores al formalismo y se asocian a los discursos de la
posmodernidad. En un sentido análogo puede hablarse de esa vía de escape de la era
industrial, que es la vuelta a un espacio rural y agrario donde las relaciones humanas
aparecen descontaminadas del envilecimiento ideológico de la edad moderna. Toda la obra
de García Márquez realiza el esfuerzo brutal por devolverles a los hombres su capacidad
de asombro, por re-encantar el mundo cotidiano, por re-ligar a los hombres entre sí, sin
más apoyo ideológico que el que el de la propia estética moderna. Quizá por esto hoy
podamos advertir con tanta claridad que esos esfuerzos se inscriben en un suelo que se
hunde, pues en la medida en que la seducción que es la que hace descarrilar al
yo alcanza mayor eficacia, mayor es el cautiverio del lector en la metafórica y
autónoma realidad retórica del relato. Aquí resuenan de golpe las palabras de Jorge
Guzmán cuando al hablar de Cien años de soledad dice que es «una narración que
no está controlada por la religión, ni por una determinada idea restrictiva de realidad,
sino por la lengua latinoamericana, (...) lo que el libro contiene no requiere
justificación»7. |

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La metáfora, la autonomía y la autorreferencia
viajan juntas en nuestra modernidad literaria. Todas estas marcas se alimentan de lo
mismo: de una fractura en la forma de vivenciar el lenguaje (y en él del mundo). Es por
esto que lo que llamamos realismo mágico no sólo nos muestra la precariedad y
el ilusionismo de los realismos precedentes, sino también, bajo un renovado idealismo,
nos devuelve al sueño que el viejo Platón puso en las conciencias occidentales cuando
decidió expulsar a los poetas de su República por considerarlos mentirosos.
Quizás estemos condenados de antemano a este extraño juego de repeticiones. Quizás no
tengamos más opción que expandir imperecederamente el campo de acción de un mundo cuyos
espejos no terminar de multiplicar esa misma imagen fragmentada, autorreferente y esquiva
que nos mantiene cautivos en nuestras soledades. |

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Notas:
- Massimo Bontempelli, «La aventura novecentista», (Florencia
1938), en Jean Franco, Historia de la Literatura Hispanoamericana, Ariel:
Barcelona, 1981, p. 361
.
Santiago Mutis, «Gabriel García Márquez ¿un escritor para
niños?» en Metáfora, 11, Cali (mayo 1997) pp. 47-49. Nótese el contraste que hace el propio García Márquez: «Ninguna
aventura de la imaginación tiene más valor literario que el más insignificante episodio
de la vida cotidiana» en Mario Vargas Llosa, Historia de un deicidio, Barcelona:
Barral Editores, 1971, p. 133.
Santiago Mutis, op. cit.
Idem.
Sobre la condición metafórica de la obra garcíamarquiana, véase
su entrevista «Cien años de soledad es una metáfora de América Latina» en Métafora
cf. cit. pp. 47-49.
Sobre las nuevas condiciones del discurso literario véase de
César Cuadra «De revoluciones y Signos» en Revista Pluvial, 1, Valdivia,
Chile, (primavera 2000), pp. 94-103.
Jorge Guzmán, Diferencias Latinoamericanas, Santiago de
Chile: Universidad de Chile, 1983, pp. 126-127.
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