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Por Dasso Saldívar
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Gabriel José
García Márquez nació en Aracataca, departamento del Magdalena, el 6
de marzo de 1927. Es el mayor de los once
hijos de Gabriel Eligio García Martínez y de Luisa Santiaga Márquez Iguarán, la hija
del coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía, uno
de los personajes más reputados del lugar. Gabriel Eligio y Luisa Santiaga debieron
casarse en Santa Marta y radicarse luego en Riohacha, tras un amor contrariado por los
padres de ella. Al reconciliarse las dos familias, Luisa Santiaga retornó a Aracataca y
dio a luz a su primogénito en casa de sus padres. Las
peripecias de este noviazgo darían origen, sesenta años después, a la novela El amor
en los tiempos del cólera. El pequeño Gabriel José, conocido familiarmente
desde entonces como Gabito, se quedó con sus abuelos en Aracataca, mientras sus
padres se radicaban en Barranquilla, donde Gabriel Eligio se dedicó a la farmacia y a la
homeopatía. |

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El abuelo Nicolás había participado como coronel
en la guerra civil de los Mil Días (1899-1902), en las filas del general liberal Rafael
Uribe Uribe. Éste será uno de los modelos, junto a aquél, del coronel Aureliano
Buendía. En octubre de 1908 ocurrió un hecho que tendría consecuencias definitivas en
la vida del abuelo y en la obra de su nieto: el coronel dio muerte en un duelo, por un
asunto de honor, a su copartidario Medardo Pacheco Romero. La persecución de los
familiares de éste obligó al abuelo a emigrar a Riohacha, Santa Marta y Aracataca, donde
se asentó con su familia y, mientras seguía ejerciendo de joyero, se empleó como
colector departamental y tesorero municipal. De las secuelas de aquella tragedia personal
(«tú no sabes lo que pesa un muerto», le confesaría al nieto) y del relato de sus
peripecias en la guerra civil, surgiría el interés del escritor por los temas de la
muerte y la guerra. Nicolás Márquez fue el personaje
fundamental de la infancia del escritor; solía contarle historias y enseñarle el mundo
circundante: las plantaciones de banano, los sobrevivientes de la guerra, los efectos de
la explotación bananera, la matanza de los trabajadores de la United Fruit Company,
ocurrida a manos del ejército en la estación ferroviaria de la vecina Ciénaga, en
diciembre de 1928. Un día lo condujo de la mano al comisariato de la compañía bananera,
hizo abrir una caja de pargos congelados y le enseñó el hielo.
La evocación de esta imagen, que recuerda una experiencia
similar de Rubén Darío en su infancia, daría origen a Cien años de soledad.
La relación con el abuelo no sólo le aportó el afecto y seguridad de que gozó en
su infancia, sino una dimensión narrativa, épica y reveladora del mundo. La relación
con la abuela y las tías, aunque igualmente dentro de una dimensión narrativa, supuso,
por el contrario, una visión hogareña, intimista y fantasmagórica de la vida.
Tranquilina Iguarán Cotes, una guajira descendiente de gallegos, se movía en un mundo de
fronteras difuminadas entre vivos y muertos, y sólo éstos merecían la atención de sus
relatos. Entre las numerosas tías del escritor, destaca Francisca Simodesea Mejía, quien
prácticamente lo crió y le transmitió una visión esmerada de la cultura folclórica. |
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Mientras el niño crecía con sus abuelos y tías
en la casona amplia y fantasmagórica, la misma que el escritor recuperaría en La
hojarasca y Cien años de soledad, Aracataca era un hervor babélico
en el cual confluían inmigrantes de diversas culturas y nacionalidades atraídos por la
explotación bananera. Muchos de estos personajes
darían origen a otros tantos de La hojarasca, Los funerales de la Mamá Grande y Cien
años de soledad.
La primera expresión artística del niño Gabito fue el
dibujo; luego, a los ocho años, cuando aprendió a leer y a escribir de la mano de su
maestra Rosa Elena Fergusson, empezó a sentirse atraído por los autores del Siglo de Oro
que le oía declamar a ésta en la escuela Montessori. La formación literaria de García
Márquez sería esencialmente poética hasta los veinte años, a pesar de que a los nueve
tuvo lugar la lectura más deslumbrante de su vida: la de Las mil y una noches,
que supuso de alguna manera una confirmación y una ampliación de los relatos
fantasmagóricos de la abuela Tranquilina Iguarán Cotes. Por la puerta que le señaló
Scherezada, el niño siguió leyendo a los grandes autores de aventuras: Emilio Salgari,
Julio Verne, Alejandro Dumas y los hermanos Grimm. |

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Cuando, después de la muerte del abuelo en 1937,
García Márquez salió de Aracataca para vivir con sus padres en Barranquilla, contaba
diez años y llevaba en su memoria los hechos, lugares, personajes e historias esenciales
que habrían de nutrir gran parte de sus cuentos y novelas. Por eso, tras la publicación
de Cien años de soledad, diría, como Proust, que todo lo que había
escrito hasta entonces lo conocía ya a los ocho años. Al terminar la
primaria en la escuela Cartagena de Indias de Barranquilla, en 1940 comenzó los estudios
de secundaria en el colegio jesuíta de San José. Al calor de la revista del colegio y
del ambiente intelectual y literario propiciado por los jesuítas, escribió sus primeras
prosas y versos: «Crónicas de la Segunda División», «Instantáneas de la Segunda
División», «Desde un rincón de la Segunda» y «Bobadas mías». Publicadas en la
revista Juventud y firmadas con los nombres de Capitán Araña, Gabito y Gabriel
García. Estas primeras prosas y versos sólo pretendían ser humoradas, con las que
ejercía el mamagallismo costeño con sus condiscípulos y criticaba el ambiente
monacal del colegio. A pesar de ser ya un lector ensimismado, el adolescente Gabriel se
sentía todavía más inclinado hacia el dibujo y la pintura: fue el encargado de las
ilustraciones de la revista Juventud durante esos años.
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En enero de 1943, la situación económica de su
familia lo obligó a buscar otros horizontes, y se embarcó por el río Magdalena hasta
llegar a Bogotá, para presentarse al concurso nacional de becas del Ministerio de
Educación. Gracias a la beca obtenida pudo continuar el bachillerato, como interno, en el
Liceo Nacional de Varones de la vecina Zipaquirá, donde llegó a empaparse de la
diversidad cultural del país. La soledad y el frío de los Andes lo empujaron al encierro
y a la lectura. Fue entonces cuando empezó a consolidarse su vocación de escritor. En
ello jugaron un papel destacado su profesor de literatura Carlos Julio Calderón Hermida y
el poeta Carlos Martín, el miembro más joven de la generación llamada de Piedra y
Cielo. Carlos Martín,
rector del Liceo Nacional de Varones durante 1944, aportó un aire de renovación y le
otorgó a la literatura un lugar de preferencia frente a las otras materias. Impuso la
lectura de las grandes novelas (Madame Bovary, Los tres mosqueteros, El conde
de Montecristo, La montaña mágica) en las horas previas al sueño y les habló a
sus alumnos de la importancia de los modernistas americanos y de los piedracielistas
colombianos. Hizo hincapié, sobre todo, en la vida y en la obra de Rubén Darío, que
tendría una influencia notable en García Márquez, e invitó a los jefes de Piedra y
Cielo a que lo visitaran en Zipaquirá.
Con motivo de esta visita, el joven García Márquez no
sólo tuvo ocasión de conocer a Eduardo Carranza y a Jorge Rojas, sino que escribió a
cuatro manos el primer reportaje de su vida, publicado en la Gaceta Literaria,
órgano de expresión del grupo de «Los Trece», al cual pertenecía él mismo. Eduardo
Carranza, que dirigía entonces el suplemento literario de El Tiempo de Bogotá, le
publicó, a finales de aquel año, un poema piedracielista titulado «Canción», que,
aunque firmado con el pseudónimo de Javier Garcés, puede considerare la primera
publicación literaria de García Márquez. Durante ese mismo año, apareció en la
misma Gaceta Literaria el primer texto lírico con cierta intención creativa que
se conoce del escritor: «El instante de un río». |

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Por entonces escribió también, de la mano de su
profesor de literatura Carlos Julio Calderón Hermida, su primer cuento. Lector y hacedor
de poemas modernistas y piedracielistas, Calderón Hermida se encargó, sin embargo, de
encaminar a su alumno por el rumbo de la prosa. Fue así como, hacia finales de cuarto de
bachillerato, García Márquez leyó en clase su primer cuento, «Sicosis obsesiva»,
título que refleja la influencia de las lecturas de Freud de esa época. Con un gran
acerbo de lecturas, una buena cosecha de poemas piedracielistas («La espiga», «La
muerte de la rosa», «Soneto a una colegiala ingrávida», «Si alguien llama a tu
puerta», «Tercera presencia del amor»); un excelente dominio del dibujo y la
convicción de que algún día sería poeta, García Márquez terminó el bachillerato en
Zipaquirá a finales de 1946 como el número uno de su promoción. Durante los
cuatro años que permaneció en Zipaquirá y el año que estuvo en Bogotá estudiando
Derecho en la Universidad Nacional, donde se matriculó en febrero de 1947, García
Márquez hizo diez viajes de ida y vuelta por el río Magdalena, experiencia que le
permitió ampliar su conocimiento de Colombia y que más tarde le serviría para ambientar
parte de sus novelas. Más que la carrera de Derecho, le interesaron entonces las lecturas
y el intercambio literario con sus compañeros de universidad, así como la vida social y
cultural que se vivía en los cafés literarios de la carrera 7ª.
A veces, cuando no tenía con quien hablar o un café
donde refugiarse del frío, se subía a un tranvía y, mientras éste le daba vueltas a la
ciudad, García Márquez leí la poesía universal y castellana. |
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Con todo, fue Kafka quien le aportó la luz y el
impulso necesarios para convertirse en narrador. Una tarde de mediados de agosto de l947,
leyó La metamorfosis en la pensión donde estaba alojado. El relato del autor
checo, en la traducción de Jorge Luis Borges, lo devolvió a la veta narrativa de su
abuela Tranquilina, mostrándole de paso la naturaleza y las reglas del arte de narrar. Al
día siguiente escribió «La tercera resignación», el primer cuento de Ojos de perro
azul que Eduardo Zalamea Borda le publicó en el suplemento «Fin de Semana» del
periódico El Espectador, el 13 de septiembre de 1947. Tras publicarle el segundo cuento, Zalamea Borda saludó
públicamente, desde su columna diaria en El Espectador, la aparición de
«un ingenio nuevo, original, de vigorosa personalidad». Poco
después, el 9 de abril de 1948, tuvo lugar el bogotazo que desencadenó la ola de
violencia que ensangrentó el país durante diez años, como consecuencia del asesinato
del dirigente liberal Jorge Eliécer Gaitán. La destrucción de la capital y el cierre de
la Universidad Nacional lo obligaron a regresar al Caribe. En la Universidad de Cartagena
terminó segundo de Derecho y cursó tercero, aunque sin aprobarlo. Hasta ahí llegaron
sus estudios universitarios. La verdad es que ya la universidad no le hacía falta: él
quería ser escritor y trabajar en el periodismo.
Gracias al apoyo del periodista Clemente Manuel Zabala,
ingresó como redactor y columnista en el diario El Universal de Cartagena, a la
vez que seguía escribiendo y publicando en El Espectador los cuentos de Ojos de
perro azul. |

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Pronto García Márquez hizo amistad con los
escritores e intelectuales de la ciudad, especialmente con Héctor Rojas Herazo y Gustavo
Ibarra Merlano, con quienes leyó y comentó las obras de Homero, Sófocles, los clásicos
del Siglo de Oro, Hermann Melville, Nathaniel Hawthorne, William Faulkner y Virginia
Woolf. Al calor del reencuentro con su tierra caribe y al impulso de estas lecturas,
especialmente de La casa de los siete tejados, Moby Dick, Mientras agonizo, La señora
Dalloway, Antígona y Edipo Rey, empezó a escribir, a mediados de l948, La casa, una
novela que pretendía abarcar todo el mundo de la casa natal, de su infancia, de
sus abuelos, de Aracataca y del Caribe, pero luego la abandonó al darse cuenta de
que era una obra muy ambiciosa para su escasa experiencia literaria. Entonces, mientras
hacía periodismo y escribía algunos cuentos, se puso a escribir La hojarasca, su
primera novela, que es una derivación del tronco común en que se convirtió el proyecto
de La casa. De ésta saldrían también más tarde El coronel no tiene quien le
escriba, La mala hora, Los funerales de la Mamá Grande y Cien años de soledad.En La hojarasca no sólo aparece por primera vez bosquejado
el pueblo mítico de Macondo, cuyo referente real es Aracataca, sino que está prefigurado
todo el universo literario de García Márquez hasta Cien años de soledad. Con
esta novela el escritor se convirtió, a los 22 años, en un creador y en un narrador
original enraizado en su cultura caribe, al mismo tiempo que nace en él un periodista de
vigorosa personalidad, cuyos primeros artículos y comentarios quedan registrados en El
Universal, entre mayo de l948 y diciembre de 1949. |
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Mientras residió en Cartagena, García Márquez
estuvo en contacto permanente con los escritores e intelectuales de Barranquilla, la
ciudad más próspera y activa del Caribe colombiano en ese momento. Su amistad con
Álvaro Cepeda Samudio, los periodistas Alfonso Fuenmayor y Germán Vargas y el pintor
Alejandro Obregón, entre otros, sin duda favoreció su desarrollo intelectual. El Grupo
de Barranquilla estaba vertebrado por el escritor José Félix Fuenmayor y el dramaturgo y
narrador catalán Ramón Vinyes, a quien García Márquez incluiría en Cien años de
soledad como «el sabio catalán». En realidad, Vinyes guiaba las lecturas y
comentaba los textos de sus amigos y pupilos, haciéndoles hincapié en los escritores que
había que leer, sin perder nunca de vista a los clásicos griegos y latinos,
especialmente a Homero. Fue él quien le recomendó que escribiera como hablaba. Asimismo,
al colombiano le fue provechosa la idea pregonada por el catalán de crear la aldea
genuina donde cupieran cifradas la geografía, la historia y la cultura de América: es el
mismo Macondo mítico que ya García Márquez venía intentando perfilar desde La
hojarasca. Con
sus amigos del Grupo de Barranquilla compartió proyectos como Crónica,
semanario que García Márquez dirigió con Alfonso Fuenmayor y armó él solo, desde
abril de 1950 hasta enero de 1951.
Crónica daba cabida a los relatos, poemas y
artículos de los miembros del grupo. El mismo García Márquez publicó allí los tres
mejores cuentos de Ojos de perro azul: «La mujer que llegaba a las seis», «La
noche de los alcaravanes» y «Alguien desordena estas rosas». Estos tres relatos no
sólo muestran a un García Márquez maduro, cuya imaginación se nutre del mundo cultural
del Caribe, sino que marcan el comienzo del estilo sobrio y sugerente de El coronel no
tiene quien le escriba, La mala hora, Crónica de una muerte anunciada y El general en su
laberinto. Es una influencia directa del cine neorrealista italiano, de la novela y el
cuento policíacos y de la lectura de autores como Camus, Hemingway, Capote y Dos Passos. |
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Durante los cinco años que residió en
Barranquilla, el escritor regresó temporalmente a Cartagena e hizo algunos viajes a
Aracataca, su pueblo natal, y a ciertos pueblos de los departamentos de El Cesar y La
Guajira, que tuvieron consecuencias definitivas en su obra. Fue en Cartagena donde se
enteró, por una carta de su madre, que los hermanos José Joaquín y Víctor Manuel Chica
Salas habían asesinado en Sucre a su gran amigo Cayetano Gentile Chimento, por un asunto
de honor, la mañana del 22 de enero de 1951. Este aciago suceso, con su entramado de
casualidades, motivaciones y consecuencias, daría origen treinta años después a Crónica
de una muerte anunciada (1981).Un mes después
del asesinato de Cayetano Gentile, la familia de García Márquez decidió dejar Sucre e
instalarse en Cartagena. Las dificultades económicas obligaron a su madre a vender la
casa de Aracataca donde había nacido el escritor, y éste la acompañó con ese fin en
marzo de 1952. El viaje le mostró que Aracataca, su gente y su pasado, sus padres y
abuelos con sus venturas y desventuras, la explotación bananera de la United Fruit
Company y la ruina y la soledad en que había quedado su pueblo, debían ser el venero
primordial de su obra. Esta experiencia lo terminó de colocar, pues, de forma consciente
en el camino que quince años después lo llevaría a Cien años de soledad.
En este sentido fueron definitivos asimismo los viajes que, entre finales de 1952 y
mediados de 1953, hizo por Valledupar, Villanueva, La Paz, San Juan del Cesar, Barrancas,
Fonseca, Manaure, los pueblos de donde provenían su madre y sus abuelos, mientras vendía
enciclopedias y libros de medicina. Su compañero y guía fue su compadre Rafael Escalona,
el mítico compositor de música vallenata, quien en uno de esos pueblos le presentó a
Lisandro Pacheco, el nieto del hombre a quien había matado el abuelo del escritor en un
duelo. Las costumbres de las gentes, los mitos y leyendas que recogió en estos pueblos,
así como las historias que le contaron los viejos coroneles de la guerra civil, se
convirtieron, junto a las experiencias familiares y los hechos y los personajes de
Aracataca, en el subsuelo más fértil de sus cuentos y novelas, especialmente de Cien
años de soledad. |

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A su vuelta a Barranquilla trabajó unos meses
como jefe de redacción del diario El Nacional, que dirigía su amigo Álvaro
Cepeda Samudio, hasta que, a principios de 1954, se trasladó a Bogotá para trabajar en El
Espectador, gracias a la mediación del poeta Álvaro Mutis. En el diario bogotano
entró como redactor de planta y comentarista de cine. Con el éxito de «Balance y
reconstrucción de la catástrofe de Antioquia», García Márquez comenzó su carrera de
reportero estrella de El Espectador. Luego vinieron sus otros grandes reportajes:
«El Chocó que Colombia desconoce», «De Corea a la realidad» y «La verdad sobre mi
aventura», un relato en catorce entregas sobre el náufrago de la Marina de Guerra
colombiana Luis Alejandro Velasco, que años después se reeditaría en libro con el
título Relato de un náufrago (l971). La revelación de las verdaderas causas del
naufragio (el exceso de mercancía de contrabando) le acarreó al reportero y a su
periódico represalias políticas del régimen militar de Gustavo Rojas Pinilla, lo que
aceleró poco después su salida del país.En mayo
de 1955 publicó por fin La hojarasca y al poco tiempo El Espectador lo
envió como corresponsal a Europa. Entonces ya era considerado uno de los mejores
escritores colombianos del momento. Su encuentro con Europa fue en Ginebra, donde
estuvo sólo una semana para cubrir la conferencia de los Cuatro Grandes: Eisenhower,
Bulganin, Eden y Faure. La ciudad suiza le dejó referencias fructíferas que utilizaría
décadas después en el primero de los Doce cuentos peregrinos (1992). De
Ginebra viajó a Italia a cubrir la XVI Exposición de Arte Cinematográfico de Venecia, y
luego se trasladó a Roma para estudiar guión en el Centro Experimental de Cine. García
Márquez apenas permaneció en el Centro, pues pronto se desentendió de los estudios a
causa del ambiente puramente libresco y académico. |
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A finales de diciembre de este año se trasladó a
París hasta que El Espectador fue cerrado por el gobierno de Rojas Pinilla a
principios de 1956. Con el reembolso del billete de regreso se quedó en una buhardilla
del Hotel de Flandre, en el Barrio Latino, donde se aplicó durante meses a la escritura
de La mala hora (1962) y El coronel no tiene quien le escriba (1961).
Durante el verano de 1957 viajó a Alemania Oriental, Hungría y la URSS en compañía de
sus amigos Plinio Apuleyo Mendoza y Luis Villar Borda. A su regreso a París escribió una
serie de reportajes sobre los países visitados bajo el título genérico de «90 días en
la Cortina de Hierro» (1959), donde subyace una previsión de la caída del comunismo
más de tres décadas después. Un hecho
fundamental en su obra literaria fue la contemplación del cadáver embalsamado de Stalin
en el mausoleo de la Plaza Roja de Moscú, pues en ese instante empezó a gestarse
inconscientemente la figura del eterno y omnipresente dictador de El otoño del
patriarca (1975). Esta génesis tuvo su complemento en los hechos que, en enero de
l958, dieron origen en Caracas a la caída y fuga del dictador venezolano Marcos Pérez
Jiménez. En la revista caraqueña Momento, donde entró como redactor y
reportero de la mano de su amigo Plinio Apuleyo Mendoza, a finales de diciembre de 1957,
García Márquez dio comienzo a su segunda etapa de grandes reportajes. A los tres meses
de estar en Momento viajó a Barranquilla para casarse el 21 de marzo de 1958 con
su novia de toda la vida, Mercedes Barcha Pardo, con quien tendría dos hijos: Rodrigo,
nacido en Bogotá el 24 de agosto de 1959, y Gonzalo, que nacería en México el 16 de
abril de 1962. |
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Tras
el triunfo de la revolución cubana el 1 de enero de este año, García Márquez y Plinio
Mendoza viajaron a La Habana para asistir, junto a periodistas e intelectuales de
todo el mundo, a la «Operación Verdad», los juicios públicos mediante los cuales Fidel
Castro juzgó a los criminales de guerra del depuesto dictador Fulgencio Batista. El
escritor asistió con especial interés al juicio y condena a muerte de Sosa Blanco, y con
esta experiencia bosquejaría años después una primera estructura de El otoño del
patriarca. Durante los dos años siguientes se convirtió en corresponsal de Prensa
Latina, la agencia de noticias de la Cuba revolucionaria. |

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Posteriormente viajó a México, donde se
reencontró con Álvaro Mutis, que lo ayudó a ubicarse en la capital azteca. Allí se vio
obligado a aceptar la dirección de las revistas Familia y Sucesos para todos,
dos publicaciones de acontecimientos de sangre y cotilleos familiares. Luego trabajó en
las agencias de publicidad Walter Thompson y Stanton Pritchar and Wood, y más tarde se
dedicó exclusivamente a escribir para el cine de la mano de algunos escritores y
cineastas mexicanos, como Fernando Benítez, Vicente Rojo, Jomí García Ascot, María
Luisa Elío, Emilio García Riera, Luis Alcoriza y Arturo Ripstein. En aquellos años
desempolvó el viejo proyecto de La casa, la novela-río, y en 1965 empezó a
escribir Cien años de soledad. Trabajando todos los días de nueve de la
mañana a nueve de la noche, la tuvo concluida en septiembre de 1966, cuando la envió a
la editorial argentina Sudamericana, que acaba de pedirle sus libros anteriores para
reeditarlos. La novela se publicó en Buenos Aires el 30 de mayo de 1967 con un enorme
éxito inmediato de crítica y de público. Tres meses después el escritor viajó a la
capital argentina y fue testigo del fervor popular con que era leída su novela. Gracias al éxito de su novela mayor, el escritor pudo ver cumplido
el sueño de dedicarse sólo y exclusivamente a escribir, para lo cual dejó México y,
tras un corto viaje a Caracas, donde conoció a su colega Mario Vargas Llosa, Bogotá y
Lima, se trasladó a Barcelona a finales de 1967.
En la ciudad condal escribió dos de sus libros más
célebres: La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y de su abuela
desalmada (1972) y El otoño del patriarca (1975). Al término de esta novela
retornó a México, donde reside desde entonces, con estancias alternativas en
Barcelona, París, La Habana, Bogotá y Cartagena de Indias. Al son de la publicación de
la revista Alternativa, que fundó y dirigió de 1974 a 1979, volvió al
periodismo militante sobre grandes temas y figuras mundiales: el golpe de Pinochet en
Chile, los refugiados vietnamitas, la revolución angoleña y la intervención de los
cubanos en África, la revolución sandinista, Omar Torrijos y algunos dirigentes de la
resistencia a las dictaduras sudamericanas. Después de seis años de silencio como
novelista, en 1981 publicó Crónica de una muerte anunciada, su novela
más leída y apreciada después de Cien años de soledad. Cuando la academia sueca
le concedió el Premio Nobel en 1982, hacía tiempo que García Márquez era el escritor
más leído del momento. |
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